Vida

El monasterio de Poblet

(y las cabras de Aragón)

Los habitantes de la ciudad no tienen cielo. Los ciudadanos viven lejos del cielo, ignoran el amanecer y el crepúsculo.

Salimos de la ciudad, de su paisaje de casas altas, vanidosas e indiferentes. Deslizándose sobre el asfalto impecable se entrevé el campo a través de los árboles mientras el automóvil aumenta su velocidad. Las casas ahora se van espaciando.Vamos a Asturias, pero primero a Castilla. A partir de ahora se hace más evidente la presencia del cielo con su carga de presagios y nubes bajas.

A propósito del viaje que realicé, hace ahora un año, entre Zaragoza y Guadalajara, al llegar a Calatayud tuvimos el deseo de desviarnos de la ruta y descubrir el famoso Monasterio de Piedra, habitado por varias generaciones de monjes y cantado por poetas y literatos.

Dice la leyenda que quien pase por estos lugares y no retrase un poco el viaje a Madrid para refrescar los sentidos en el verdor del Monasterio, no es merecedor de las bendiciones del patrón de los caminantes. La desviación de Calatayud (el de la Dolores…) al Monasterio es de unos veinte kilómetros bastante empinados.

Curvas y más curvas. Paisaje seco y agrietado. Y de repente un rumor de cascadas, un inesperado vergel. Un bosque denso, que los arbustos esconden en los barrancos. Aquí está el Monasterio de Piedra, hoy hotel, en el que el huésped se siente tratado como un príncipe. Fue fundado en 1195 por monjes cistercienses del Monasterio de Poblet. Poco a poco el hombre explotó las grutas y los matorrales, desalojándoles de bichos y alimañas, construyó puentes de madera sobre los precipicios.

Moderó, sin dañarla, la impetuosidad de la Naturaleza. Pero lo más insólito es el propio lugar: verdes cabelleras enmarañadas por entre las que el cielo difícilmente se asoma. Dicen que la aridez de los montes de Aragón no tuvo otro fin que hacer resaltar la exhuberancia del parque del Monasterio cantado por el poeta Campoamor ?Si el arte es la octava maravilla/El arte natural es la primera…?.

El que sigue hacia Madrid, alcanza la autopista en Alhama de Aragón. En el descenso, se encuentra alguno que otro pueblo que viene a interrumpir la soledad de la carretera e invita al forastero a un restaurante con un suculento asado de cabrito aragonés, en el pueblo Nuévalos.

Entramos en un restaurante modesto. Llegan mientras hablamos dos o tres campesinos con boina vasca y por mirarlos no vi un escalón que nos separaba, de ahí que me he caído. Uno de ellos exclamó: ?¡Ay va, ya la tienes a tus pies!? Este comentario hizo reír a mis amigos. Una vez bebido el café nos marchamos, no sin antes probar la leche de cabra de Aragón, sin hervir, fuerte y sabrosa, que nos ofrecieron los campesinos.

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