Vida

Monterroso: autores bajitos

Leo un texto de nuestro celebrado autor guatemalteco Augusto Monterroso donde él dice: “Desde pequeño fui pequeño.

“Sin empinarme, mido fácilmente un metro sesenta. Ni mi padre, ni mi madre fueron altos. Cuando a los quince años me dí cuenta de que iba para bajito me puse a hacer cuantos ejercicios me recomendaron, los que no me convirtieron ni en más alto ni en más fuerte, pero me abrieron el apetito”.

Esto también era malo pues sus padres en ese tiempo estaban muy pobres. Aunque nunca ha pasado hambre dice que en su adolescencia había pasado buenas temporadas de desnutrición. Algunas fotografías -que no siempre tienen que ser borrosas- lo demuestran. “Cuando cumplí 21 años, ni un día menos, me di por vencido, dejé los ejercicios y fui a votar”.

De todos es sabido que los centroamericanos, salvo molestas excepciones -según Monterroso- no han sido generalmente favorecidos por una estatura extremadamente alta. Dígase lo que se diga, no se trata de un problema racial -asegura el autor- y añade que “la miseria y la consiguiente desnutrición, unidas a otros factores menos espectaculares, son la causa de que mis paisanos y yo estemos todo el tiempo invocando los nombres de Napoleón, Madero, Lenin y Chaplin cuando por cualquier razón necesitamos demostrar que se puede ser bajito sin dejar de ser valiente”.

Más adelante asegura que él mismo compone chistes a su costa, que después llegan a sus oídos como productos de creación ajena. Ya le han llamado “representante de los Países Bajos”, y cosas por el estilo. La desnutrición, según Augusto Monterroso, lleva a la escasez de estatura, conduce a través de ésta, nadie sabe por qué, a la afición de escribir versos.

También afirma: “así como en los francamente enanos está el ser rencorosos, está en los de estatura mediana el ser dulces y dados a la melancolía y la contemplación, y parece que la musa se encuentra más a sus anchas, valga la paradoja, en cuerpos breves y aun contrahechos, como en los casos de Pope y de Leopardi; y lo que Bolívar tenía de poeta, de ahí le viene”.

El otro día me encontré a Mario Monteforte Toledo y tampoco es un gigante, y si fuera a citar poetas bajitos afines únicamente en esto, el artículo mío no iba a caber en esta columna. Mejor voy a cambiar de tema y citar otro texto de Augusto Monterroso que se titula “La organización de la paz” y dice: “Para acabar con los numerosos conflictos que existían en la selva desde los tiempos del Viejo Testamento, los animales decidieron hacer algo y crearon la Organización Internacional de la Paz (OIP).

Dotada con un envidiable presupuesto, un cuerpo de funcionarios con gran experiencia y un bello lema en latín. La organización trabajó con tanta eficacia que pronto terminaron todos los conflictos y se estableció la paz definitivamente. Entonces los animales se vieron obligados a incitar conflictos para que la organización pudiera continuar infinitamente con su meritoria labor pacificadora”.

Lo que es característico de Monterroso son sus fábulas cortas. No creo que esto sea el efecto de que su autor sólo mide un metro sesenta. Su altura en centímetros no creo que sea la clave. La fama viene a coronar su vejez. La tarea de los poetas o escritores es mostrar las cosas de tal manera que nosotros podamos reconocernos en ellas o sea revelar el auténtico ser de las cosas. “El arte debe ser -decía Borges- como ese espejo que nos revela nuestra propia cara, (la cara del autor y la cara del lector).

En todo el mundo hay gente, a la cual le fascina lo que no conoce. En todo el mundo hay gente que lee a Borges. El nos hace ver con sus ojos los países, tiempos y culturas.

Nos muestra Europa y en su corazón Alemania, nos muestra Africa, nos muestra los reinos de Arabia, nos muestra la India, de la cual hay un refrán que dice que es más grande que el mundo.

Nos muestra todos los países y también el tiempo, todos los tiempos: la prehistoria mitológica de Grecia, las guerras de los romanos y de los bárbaros, los primeros siglos del cristianismo, el medievo del mundo árabe y del occidente, la época de Cervantes y de los conquistadores y la época actual con sus momentos sublimes y sus cosas banales. Y también no hace ver cosas que no hay y que no pueden ser calificadas de otra manera que llamándolas “fantásticas”, y éstas también forman parte del arte.

ESCRITO POR: