Vida

Música y mensaje (II parte)

Presto non troppo: Nunca faltará quién le pregunte a un artista: ?¿qué mensaje tiene su música??

Nunca faltará quién le pregunte a un artista: “¿qué mensaje tiene su música?”.

Tampoco será a cualquiera a quien le planteen esa interrogante. Ni tampoco será cualquiera el que podrá responder sin ambages: “exactamente esto es lo que quiero decir con mi propuesta musical”.

Hay quienes sostienen que una determinada música es “de mensaje”, como implicando que existe otra, que no conlleva ninguna comunicación.

Hay otros, que se amparan en la idea de que una música contiene automáticamente un mensaje, porque toma prestados poemas célebres, citas bíblicas, o proverbios y frases hechas. Hay otros más, que pretenden que la música sólo puede dar un mensaje, cuando habla sólo de ciertos temas, o cuando los aborda sólo de cierta manera.

El caso es que al mensaje se le hace lucir como que si fuera un elemento separado de la música. Un discurso, un relato, un enunciado verbal, que se combina con lo musical, a fin de instalarle una información, un aviso o una encomienda, que -supuestamente- la música por sí sola no sería capaz de transmitir. Casi aparecería como que, si una música no tiene letra, eso significa que… no tiene mensaje. ¿Qué pasa, entonces, con el monumental acervo de obras de música instrumental que la humanidad ha generado a través de siglos y siglos? ¿Carecen de mensaje todas ellas?

En la música, como en la danza y en las artes plásticas, el mensaje no es cuestión de disponer de un texto previo (un pre-texto), al cual la expresión artística sirve como un pinche medio de locomoción.

La música, al igual que cualquier arte, es -ella misma- el mensaje. Lo que suele dificultar la percepción de esa identidad de forma y fondo (por falta de información, de exposición, de entrenamiento, o, más simplemente, cuando se carece de sensibilidad) es que los registros en los que se transmite el mensaje, en una obra musical, no son tan evidentes como en una obra literaria.

De lo anterior se deriva que la música posee la facultad de actuar subconsciente e irracionalmente sobre el ser humano con una penetración mucho mayor que ningún argumento escrito o hablado; pero, a la vez sucede que hasta el mensaje más obvio -para un autor o para un intérprete- puede devenir poco claro y poco transparente -para un escucha-.

Los músicos generalmente dejamos una parte de nuestra historia personal en las piezas que creamos, como compositores, o que recreamos, como ejecutantes. Mas, ¿cómo podría inclusive un conocedor atento adivinar las circunstancias íntimas de una canción o de una ópera con solamente estudiar su texto, por exhaustivo que fuera, sin escuchar la música?

Es ésa una de las virtudes del arte musical. Más allá de las asociaciones inducidas por la familia, las relaciones sociales, la instrucción escolar, la publicidad, los medios de difusión… (a cuales más absurdas y tergiversadas muchas de ellas), la música siempre nos ha propuesto un mensaje esencialmente no figurativo.

Su nivel de representación, típicamente mucho más abstracto que el de la pintura, la escultura, la poesía, el teatro, e incluso la danza (a cuyo servicio se ha encontrado durante milenios), lleva implícito este mensaje: no hace falta buscarle un mensaje…

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