No es que pudiera haberse dicho de semejante instrumento (con su elegante cajón, una regular colección de tubos, y toda una serie de piezas y mecanismos entrelazados) que se había quedado relegado a algún rincón oscuro; los órganos tubulares son como los árboles, que mueren de pie, en el lugar donde siempre han estado, desafiando al olvido.
En este caso, dentro del coro alto de su templo, rodeado de la antigua sillería, en compañía de algún que otro facistol y a la sombra de un hermoso retablo secundario que ya quisieran muchas capillas tener por altar mayor. Mas, su condición había venido a ser la de recuerdo inservible, un aparato aislado de una realidad humana que no quería saber nada de él.
El tubular
La alternativa, si se hubiera querido dotar a esta iglesia como a cualquier otra, de un buen instrumento moderno en lugar de reparar el de tradición, siempre habría implicado presupuestar y costear adecuadamente la instalación, el mantenimiento regular y el uso inteligente de un órgano electrónico de tamaño generoso y buena marca, como un Allen, un Hammond o un Wurlitzer.
Por dicha -para el arte de nuestra nación, para nuestra cultura y para nuestra memoria histórica- un grupo, entre quienes se cuentan personas cercanas a la institución religiosa, músicos, artesanos y colaboradores espontáneos, se echó encima la pesada faena de poner al día la maquinaria y los dispositivos del órgano tubular de La Merced.
Completada esta fase de trabajos bajo la dirección del maestro constructor inglés John Bailey, y gracias a la irreductible dedicación de la señora Alcira Goicolea y de otras personalidades, finalmente tuvimos oportunidad, a mediados del pasado mes de mayo, de participar en su re-estreno oficial y de celebrar su rehabilitación orgánico-musical.
Recital de inauguración
El recital, asaz sobrio, contó con la intervención del maestro organista Edgar Cajas, así como del coro Ars Nova bajo la dirección del maestro Jorge Pellecer y, aunque modesto, reflejó esas posibilidades, todavía lejanas pero resplandecientes, de la música en Guatemala.
De hecho, este órgano mercedario es más modesto que el tubular que se encuentra en el Santuario de Guadalupe y, todavía más, que el de la catedral metropolitana. Pero está allí: para significarse como instrumento musical de buena factura. Como base indispensable en la apropiada interpretación de la música sacra de la época colonial.
Como una invitación a nuestros músicos contemporáneos (no siempre bien informados ni lo suficientemente responsables), para que de una vez por todas rebasen la ejecución de cierta triste música “de iglesia”. Como una invitación, en fin, para que suenen los prodigios de una música guatemalteca más imaginativa y rica en manifiestaciones.