La fecha y la hora: un sábado de abril, al iniciar la tarde. La ocasión: unos esponsales, a cuya ceremonia asistía un selecto grupo de familiares, amigos y allegados de los contrayentes. En esencia, nada digno de extrañeza ni elucidaciones excepcionales. Sin embargo, sobrevino un momento en el que, si una persona se ubicaba en el umbral de entrada de esa apacible iglesia rural, podría haber percibido simultáneamente tres músicas distintas, sin ninguna relación entre sí. Por un lado, dentro del oratorio, la música con la que suelen amenizarse diversas secciones del rito nupcial; en este caso, un pequeño conjunto a base de flauta transversal, guitarra clásica e instrumentos de cuerda. Por el otro, una festividad tradicional en un salón aledaño a la plaza que se extiende delante del edificio eclesiástico, animada musicalmente por una marimba. Al costado opuesto, una actividad social en las instalaciones de una escuela, con una discoteca móvil, su equipo de amplificación y sus altoparlantes.
Es de suponer que la música que sonaba en cada local -iglesia, salón o escuela- se escuchaba adecuadamente en lo interno de su respectivo recinto. Ahora bien, al exterior de ellos se seguía oyendo la marimba tanto como la disco-móvil, mas no así la música que se interpretaba en el interior de la iglesia. A cambio, una vez adentro del templo, se perdía el sonido de la marimba, pero la discoteca continuaba distinguiéndose claramente. En otras palabras, mientras que el grupo de cámara sólo se escuchaba en su propio ámbito, la marimba se rebalsaba hacia fuera de él, en tanto que la música amplificada penetraba incluso otros ambientes más allá de sus inmediaciones… Un caso, como tantos otros, de diferencias de proporción acústica o, quizá más apropiadamente, de ?desproporción? acústica. ¿Por qué había que estarse aguantando el parrandón que se tenían en la escuelita, no solamente en la plaza, sino inclusive adentro de la capilla?. Cualquiera que hubiera podido sentirse molesto por la música que acompañaba la ceremonia religiosa podría haber dejado de oírla con sólo salir del templo. En contraste, aun los que se encontraban encerrados dentro de los gruesos muros de esa arquitectura colonial estaban obligados a soportar el bullicio que emanaba de otra parte, en la que se llevaba a cabo un acontecimiento con el que no tenían ninguna vinculación en lo absoluto. No se trata de defender un determinado tipo de música ni una determinada clase de actividad, ni tampoco una determinada función social, que cada una de las categorías musicales cumple a su manera, tan válidas las unas como las otras. Antes que adoptar una posición cargante y preceptiva, lo que se busca es sembrar inquietudes para alimentar nuestra reflexión. ¿Qué es lo que ocurre cuando una manifestación sonora irrumpe latosamente en la intimidad de quienes no participan de ella, dándose una desproporción acústica – provenga de donde proviniere: un edificio público o privado… una escuela o un supermercado… un templo o un bar…?
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