Un ejemplo típico lo constituyen los acordes que se producen por la combinación de sonidos emitidos por las bocinas de varios vehículos, cuando casualmente coinciden en un crucero de calles o en un congestionamiento de tránsito.
En ese punto, suspendida toda otra acción en el espacio y el tiempo, sólo el sonido se mueve: el sonido de los bocinazos.
Desafortunadamente, es con ese expediente que automovilistas y camioneteros acaban ventilando su frustración, su enojo, su falta de previsión, su desesperación… y la resultante es una tremenda cacofonía que, las más de las veces, no se nos antoja muy musical que digamos.
El origen de la palabra bocina se remonta al término griego ?bukáne?, que designaba una trompeta o trompa en espiral (una de cuyas aplicaciones se daba en el teatro, para aumentar el volumen de la voz de los actores), y que pasó al latín como ?buccina?. De este vocablo se deriva la palabra ?rebuznar? que -con irónica propiedad, por cierto- significa bocinar repetidamente… (!).
En otros idiomas hallamos onomatopeyas como el sustantivo alemán ?Hupe? o los verbos en inglés ?honk, hoot, toot?; o expresiones que hacen referencia a objetos sonoros de la antigüedad, como ?horn? (el cuerno de un animal, empleado para emitir una señal sonora a distancia); u otras, de invención más reciente, como ?klaxon?.
Ciertamente, en el manual de instrucciones de un automóvil, ese aparato se encuentra bajo el elegante nombre de ?avisador acústico?. Su juicioso uso puede salvarle la vida a un peatón que no se haya percatado del automóvil que se le aproxima. Pero casi siempre, en nuestro medio, lo único que avisa una bocina de carro es que su piloto no salió con tiempo y que, según él o ella, así es como va a llegar más rápido a su destino.
Un jocoso aforismo italiano va aún más allá, cuando sintetiza lo que parece el pensamiento de muchos que andan bocinando por allí: ?El que bocina de primero lleva la vía?.
Por otro lado, mientras que en algunas sociedades, el uso no reglamentado de un claxon puede conducir a severas sanciones por parte de la policía, a cambio -por estas y otras partes del mundo- los primeros en mal aplicar bocinas, altoparlantes y sirenas (no precisamente para seducir con sus fascinantes cantos) son… los propios agentes policiacos.
En verdad, en Guatemala, tanto el uso como el abuso de la bocina ha devenido una alegoría de nuestro deplorable proceder social. Todo el mundo da de bocinazos y bocinazos, reclamando el derecho a pasar antes que los demás, y todos fingen no darse cuenta del estrépito que ocasionan, un estrépito cargante y, más que nada, estéril.
Apenas se aclara el paso, cada quien se escabulle por donde puede, todos olvidan la razón de su fastidio, olvidan su momentánea simpatía con quien les convenía, olvidan su antipatía para con los demás, y nada hacen por identificar el fondo de los problemas (hasta el siguiente semáforo). Allí siguen rebuznando -quiero decir: bocinando- en la eterna sinfonía de la queja, contra todo y contra todos.