Hoy día, en franca marcha atrás, a muy pocos les interesa si aún existen tan siquiera… mucho menos, cuáles podrían ser sus bondades estéticas, técnicas o históricas.
Del puñado de ejemplares que sobrevivió a la destrucción causada por los sismos de 1976, han terminado de dar cuenta la negligencia, la ignorancia y la inercia de congregaciones por entero ajenas a la razón de ser de aquellos admirables instrumentos. Aun entre los tecladistas nacionales mejor dotados de recientes generaciones -capaces de manejar simultáneamente varios sintetizadores y operar sus numerosos controles y mandos digitales- priva el desconocimiento y la falta de afinidad con dichos aparatos y con su significación dentro del ceremonial religioso.
Órgano y armonio
Está claro que el órgano de tubos, en otrora indisolublemente asociado con la liturgia y la música de las iglesias cristianas, ha tenido que ceder, como tantas otras cosas, a los inexorables cambios de la modernidad.
Ya desde mediados del diecinueve, con la invención del armonio, y después, sobre todo con los instrumentos electrófonos, se buscó sustituir un mecanismo tan impresionante en su sonido (pero voluminoso e inamovible), por otro, mucho menos imponente (pero así también harto más práctico).
Ingenio musical típico del siglo XX, el órgano electrónico llegó para quedarse, como herramienta artística perfectamente válida por derecho propio, dentro de la música erudita contemporánea y, muy especialmente, dentro de muchos géneros de música popular.
A cambio, su malempleo como reemplazante pretencioso y facticio del órgano tubular, más se antoja la obra de charlatanes (sin otro criterio que el de hacer plata fácil, por más piadosos que quieran lucir), que la genuina contribución de fabricantes y músicos bien acreditados. Se combinan, entonces, la culposa tacañería material de la institución eclesiástica, la laxitud de los clérigos, la impericia de la feligresía y la astucia de los oportunistas.
Así, aun cuando los enormes órganos emplazados en templos y en diversos teatros han seguido suscitando el interés de compositores e intérpretes especializados en todo el mundo, su mismo gran sonido obliga al uso de coros y de ensambles instrumentales generosos y muy bien entrenados. Para Guatemala esto se ha traducido en la paulatina desaparición de casi toda práctica de música devocional de gran talla, para terminarse encaminando por el sendero de lo improvisado, lo poquitero y lo abaratado. Se ha parado valorando más ?la buena intención? de personas ?devotas?, sin condiciones musicales, que la capacidad de ejecutantes probos y talentosos.
Una crónica así de lastimera sin duda pintaría un porvenir muy oscuro, de no ser por pequeñas luces que surgen al final de largos túneles en esta patria. Una de ellas, de la que hablaré dentro de ocho días, se ha encendido con la re-inauguración del órgano tubular de la iglesia de La Merced.
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