El día en que se entraron los ladrones, el animal no dijo ni pío. Era uno de esos canes que dan miedo al sólo verlos. Claro, regularmente destrozan parroquianos o patojitos, pero a los ladrones, ¡nada! En otras residencias, mejor han optado por criar gansos, porque el escándalo despierta a los vecinos.
El día del atraco, como muchos otros, nadie vio nada ni oyó nada (y si oyeron o vieron algo, a lo mejor dijeron ?bueno está que asalten a ese agarrado, tacaño y miserable?).
Perros y hierros, nada
Regularmente, los cacos aprovechan cuando los tenderos reciben el pan o barren la banqueta -en el caso de mi vecino, él lo hace siempre, porque su mujer se lo ordena.
Al pobre lo dejaron sin efectivo y con ganas de comprarse diez candados más para las rejas de la tienda. Hoy, parece uno de esos especímenes raros, detrás de diez capas de cedazo y con unas rejitas por donde lo más que cabe es un litro de cerveza. Su mujer es más precavida, como deben serlo las esposas, y ya no le cuenta a sus vecinas la cantidad de plata que ingresa. Unicamente abre las rejas de su autoprisión cuando realmente es necesario, y regularmente quienes beben cerveza lo hacen en la acera. Como ésta, cientos de tiendas de barrio se han vuelto jaulas para sus dueños.
Los barrotes son la mejor forma de ahuyentar o al menos hacerle más difícil la tarea a los amigos de lo ajeno. Quienes han salido ganando son los herreros, que cobran por una simple reja el precio de una baranda sevillana; así es el mercado, unos se aprovechan del dolor de otros.
Los criadores de perros también defienden su pedazo, y argumentan que éstos son para mantenerlos sueltos en la casa. ¡Vaya ocurrencia! Hace algunos días, uno de esos ?fieles amigos del hombre? desconoció a su dueña, mi amiga, y le rasgó la cara en dos.
En este caso, salieron en caballo blanco los cirujanos plásticos, que le cobraron un dineral por reconstruirle el rostro.
De las rejas no se salvan ni los santos. Imagínese, todavía es lógico que la mujer del tendero esté tras las rejas para no ser espiada o ?lujuriada?, aunque sea más fea que un adobe, pero tener a las santas imágenes detrás de barrotes, ¡por favor! Qué locura. Como en las iglesias no funcionan los perros de ataque ni los vidrios antibalas, muchos curas se las han ingeniado para proteger los tesoros colocando barrotes más gruesos que un brazo de gladiador. A lo lejos se ve el santo, que recibe las oraciones y las veladoras a distancia. Aquí sí se cumple el dicho ?ni tan lejos que no lo alumbre?. Y no es por egoísmo ni falta de fe, sino por seguridad. Además, como los diezmos de los templos son tan escasos, no alcanzan para comprar uno de esos sistemas de seguridad sofisticados, que además miden la temperatura y hacen ?¡píííí! cuando alguien toca la baranda.
¡Todo ha sido inútil!
Pero ni candados ni alarmas han detenido a los cacos. Se trepan a las paredes y arrancan hasta láminas de plata. Hace un par de meses, en medio de la confusión por un temblor de tierra, alguien se robó un Niño Dios barroco del Nacimiento de una céntrica iglesia. En otra, los pastores, San José y la Virgen veneran un pesebre vacío de donde se levantaron al Niño. En una oportunidad, casi dejan sin pies al Cristo de Las Misericordias, porque no pudieron sacarlo por el boquete abierto. ¡Santísima Trinidad! diría mi abuelita al ver esta ola de atracos descarados. Sí, Santísima Trinidad, como la que se robaron de la iglesia de San José.
Curiosamente, los sacristanes tienen ?sueño pesado? y raras veces se dan cuenta. Recuerdo cuando saquearon la capilla del Santísimo de la Catedral. Se subieron al techo y le metieron sierra a una ventana. Luego, se llevaron un ángel y dejaron incompleto el altar. Es increíble, pero sólo falta que alguien alquile grúas, cadenas, lazos y lagartos para esas fechorías.
Total, para el Gobierno es un robo más. Como el de la tienda de mi barrio, cuando hasta sacudieron cabeza abajo a la mujer del propietario para ver si no llevaba más plata entre sus trapos íntimos, así de simple también en las iglesias. Se roban las piezas valiosas y dejan tirado aquello que no vale una bicoca. Estoy seguro de que nadie se robaría una de esas imágenes recientes esculpida por perico el de los palotes, con mil y un defectos escultóricos, pero sí una como la Carmela, todita de plata, y para remate regalo de Teresona de Avila, o una rubricada en la base por no sé quién famoso.
¿Qué hacer? ¿Colocar copias? Por el momento, es mejor darle chance a herreros, forjadores y a aquellos que tienen que ver con balcones y verjas coloniales, porque aquí no funcionan perros, gansos ni policías.