Ya he escrito de sus nueve enterramientos y sus tumbas prisioneras de misterio. Un héroe de sobrehumana estructura, junto a la buena estampa que el caballero tenía, Hernán Cortés ya en las Indias debió haber tenido muchos amores. Los que constan en las cartas de relación escritas por él y en las crónicas históricas del padre Bartolomé de las Casas (nada favorable al conquistador). Hernán Cortés, el primer Marqués del Valle de Oaxaca, a punto de iniciarse a embarcar con sus vivaces diecinueve años no estaba sólo dispuesto a insólitas empresas de la conquista, sino también a violentas pasiones amorosas.
A los tres años de estancia en América, contrajo en Cuba legales nupcias con doncella española, doña Catalina Suárez de Marcayda. El padre de las Casas escribe: “Estando conmigo Cortés, me dijo que estaba tan contento con ella (su mujer) como si fuera hija de una duquesa”. Después, en Tabasco surge doña Marina, la famosa Malinche: hija de “señores y caciques” Painela, que se regaló al capitán, y que fue presuntamente bautizada por Cortés, católico sincero, siendo harto sabido que vino a constituirse en esencialísima aliada suya -según Bernal Díaz del Castillo- para el pleno dominio de aquellas insuaves tierras bellísimas.
Morena mujer, sumisa y arisca como una gacela “entremetida y desenbuelta(sic)”, según el juicio de aquel veraz cronista de la Conquista, “afectivo y sensual halago del capitán, “su intérprete excepcional también, cerca de las gentes nativas, en arduo sometimiento, hasta el punto de que con ella y mucho por ella -según ha escrito al César- don Fernando Cortés, nieto de la misma y del conquistador era una persona de gran fidelidad de la corona española. Otra fémina no única de aquellos tiempos de amores de Hernán Cortés era doña Leonor, nacida de doña Isabel, hija legítima de Moctezuma II, que se convirtió en nueva y fecunda emoción del español, puesto que la historia tiene traviesos cupidos.
Viuda de Hernán Cortés, “en madurez cansada”, la sutil inquietud de perpetuar legítimamente su ya histórico nombre, convoca al agitado corazón a nuevos alientos nupciales. Grandes linajes de Castilla buscan entronque con el místico personaje de Extremadura: “el más glorioso varón que tuvieron estos reyes siendo esposa elegida la alcurniada doña Juana de Zúñiga, vástago de don Carlos de Arellano, conde de Aguilar, y de su consorte, doña Juana de Zúñiga, de las grandes Casa de Plasencia y de Béjar”.
La estirpe de Hernán Cortés cuenta con varia descendencia de capitanes, duquesas y gentilhombres. El título con que ha sido premiado Cortés “granjeando a unos y conquistado a otros, abriendo puerta a la luz del Evangelio donde sólo existían tinieblas espesas…”.
En la intimidad de Hernán Cortés hubo otro amor, el de su madre, doña Catalina Pizarro y Altamirano, de cuyo entrañable querer está transida toda la existencia del conquistador de México.
Estas son las palabras que con filial amor Hernán Cortés escribe a su padre: “A mi señora madre no escribo, porque no lo podría hacer sin darle pasión, y esta sería para mí la cosa más recia de sufrir”, le dice por los años 1526 en misiva a su progenitor, en tiempos cuando ásperos y continuados azares de la conquista, hiriendo su piel del alma, ponían a prueba la íntima contextura de este español “como hecho de raíces de árboles”.
En 1530, cuatro años pasados de la carta aquella, ya en Nueva España, doña Catalina cercana al hijo, fue llamada por la muerte tras una larga vida agónica de maternales angustias en su vieja Extremadura. ¡Cuántos amores, luchas y triunfos los de Hernán Cortés en las lejanas tierras del Nuevo Mundo y cuánto amor materno que dejó en la otra orilla, la de España, aquella noble dama que le amó entrañablemente con emociones inagotables!