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Se ejecuta al primer reo por medio de la inyección letal

El 10 de febrero de 1998 se escribía una nueva página en la historia penitenciaria del país: se aplicaba por primera vez la inyección letal para cumplir una sentencia de muerte.

Por Hemeroteca PL

Paramédicos proceden a retirar la jeringa utilizada para aplicar la dosis mortal al reo Manuel Martínez Coronado el 10/2/1998. (Foto: Hemeroteca PL)
Paramédicos proceden a retirar la jeringa utilizada para aplicar la dosis mortal al reo Manuel Martínez Coronado el 10/2/1998. (Foto: Hemeroteca PL)

El reo Manuel Martínez Coronado pagó con su vida por haber asesinado a Juan Arias Bautista, Rosa Miguel, Emilia Arias y a las niñas Francisca, Jovita, Arnoldo y Aníbal, de apellidos Arias Miguel, el 16 de mayo de 1995 en El Palmar, municipio de Quezaltepeque, Chiquimula.

La historia terminó para el reo Manuel Martínez Coronado, de 42 años: una dosis letal puso fin a su existencia a las 6:20 horas, cuando las autoridades judiciales dieron cumplimiento a la sentencia de muerte impuesta en su contra por haber masacrado a siete integrantes de una familia por un conflicto de tierras.

Un recurso de amparo interpuesto a última hora y la difícil ubicación de las venas en los brazos de Martínez no fueron suficientes para impedir que en Guatemala se ejecutara la primera condena a muerte mediante la aplicación de inyección letal, en el módulo ubicado en la Granja Penal Pavón.

El frío de la mañana dejó de sentirse para los reporteros nacionales e internacionales, desde el momento en que ingresaron a una reducida sala del módulo letal, donde serían testigos de la ejecución.

Solamente podía verse una ventana de vidrio de tres metros de ancho por uno de largo, aproximadamente, la cual estaba cubierta con un plástico negro.

Dieron las 6, y fue hasta entonces que el personal auxiliar de la granja penal movió el plástico negro que simulaba una cortina.



Manuel Martínez Coronado fue trasladado la noche anterior al módulo de inyección letal previo a su ejecución. (Foto: Hemeroteca PL)
Manuel Martínez Coronado fue trasladado la noche anterior al módulo de inyección letal previo a su ejecución. (Foto: Hemeroteca PL)


Martínez Coronado estaba en primer plano, acostado en la camilla, atado con tres cinchos en las piernas, uno en el estómago y dos en cada una de las muñecas. Sus botas de vaquero, bastante usadas, un pantalón de lona verde descolorido y una playera blanca eran su vestimenta.

Su rostro casi no se podía ver, pues estaba hacia el otro extremo, lo que sí se apreciaba era que respiraba profundo y a veces más rápido.

En la vena intravenosa del brazo derecho estaba colocada la jeringa de la cual se desprendían los conductos por donde habrían de pasar las sustancias letales.

Pero era evidente que en el brazo izquierdo intentaron insertar la aguja, pues se veían pequeñas laceraciones y puntitos de sangre.



Titular de la edición especial de Prensa Libre del 11 de febrero de 1998 donde destacaba las últimas palabras del reo Manuel Martínez Coronado. (Foto: Hemeroteca PL)
Titular de la edición especial de Prensa Libre del 11 de febrero de 1998 donde destacaba las últimas palabras del reo Manuel Martínez Coronado. (Foto: Hemeroteca PL)


En dirección de la cabeza del reo, pero más arriba, está una ventanilla pequeña con vidrio polarizado, donde observan el juez, el forense, el director de Presidios, el director de Pavón, paramédicos, el capellán, el abogado defensor y un pastor evangélico.

A eso de las 6.04 horas, se dio la orden para que sea oprimido el primer botón que serviría para inyectar la sustancia que adormecería al sentenciado. Con intervalos de cuatro a cinco minutos se aplicaron los dos siguientes tóxicos, los cuales paralizan en cuestión de segundos las funciones cardíacas y nerviosas del organismo.

De repente, empezó a escucharse el llanto de una niña, era la hija de Manuel Martínez, quien junto a sus dos pequeños hermanos y su madre lloraban mientras permanecían en un cuarto contiguo a donde estaba su padre. Ellos habían tenido que abandonar la sala minutos antes, atendiendo a que los reporteros gráficos cubrían la totalidad de la ventana.

La efectividad de las sustancias aplicadas se observó en el monitor colocado en un extremo derecho del cubículo, viendo de afuera hacia adentro. Ahí se proyectó una línea recta que registraba el paro del corazón.

Todo terminó

Una vez concluido el procedimiento de suministrar las dosis, ingresaron las autoridades encargadas de verificar el cumplimiento de la sentencia.



El denominado "módulo de la muerte" casi listo para ejecutar al primer reo por medio de la inyección letal. (Foto: Hemeroteca PL)
El denominado "módulo de la muerte" casi listo para ejecutar al primer reo por medio de la inyección letal. (Foto: Hemeroteca PL)


El forense Mario Guerra procedió a chequear los signos vitales y corroboró que el reo había dejado de existir. Inmediatamente desabrochó los cinchos que sujetaban el cuerpo a la camilla e inforrnó al juez que todo había concluido.

Luego, llegaron tres paramédicos vestidos de verde y quitaron, además de la jeringa, los electrodos que controlaban signos vitales.

Los presentes rodearon la camilla y hacían comentarios entre sí, sólo que no podía escucharse a qué se referían; lo impedía  el grueso vidrio que dividía un lugar de otro.

Entretanto, se comprobaba el color pálido y ensombrecido de la mano derecha del ejecutado. Luego, cayó el telón de la escena: cubrieron nuevamente la ventana con el plástico oscuro.

Entregan cadáver a familia

“¿Dónde está la esposa?, algún familiar que venga”, era el llamado que se hacía para que alguno de los emparentados con Martínez se acercara al lugar para recibir el cadáver.

Primero, aparece la esposa, Manuela Girón de Martínez, con quien contrajo matrimonio horas antes de la ejecución. Ella llega con su pequeña hija en brazos, con el rostro cubierto de lágrimas.

Hecho el papeleo, se acerca al módulo letal 1 el auto de la funeraria que trasladaría el cuerpo a la aldea El Palmar, Quezaltepeque, de donde era originario el ejecutado. 

También aparece la madre y un hermano de Martínez. A pocos metros, el padrastro Daniel Arias permanece en una celda donde deberá purgar 30 años de prisión por el mismo hecho delictivo.

La señora Manuel Girón se dirige a reclamar los restos de su esposo Manuel Martínez Coronado. (Foto: Hemeroteca PL)
La señora Manuel Girón se dirige a reclamar los restos de su esposo Manuel Martínez Coronado. (Foto: Hemeroteca PL)


¿Murió en 10 ó 18 minutos?

Para el forense Guerra, el deceso de Martínez, ocurrió en 10 minutos; pero su versión difiere de la expresada por el abogado defensor Antonio de Rosa y el pastor evangélico Guillermo Galindo, quienes aseguraron que sucedió en dieciocho.

De todas maneras, murió. Las últimas palabras que pronunció el condenado fueron: En Tus manos encomiendo mi espíritu.