Opinión

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Las mujeres de Sepur Zarco

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Entre las mujeres pobres, hay muchas que son violadas. Entre las mujeres de clase media, hay muchas que son violadas. Entre las mujeres de clase media alta o alta, hay muchas que son violadas. Las primeras casi siempre callan porque piensan que nadie las va a escuchar. Las segundas casi siempre callan porque son las llamadas a sostener el orden. Las terceras casi siempre callan porque la reputación, la apariencia y la vergüenza están primero.

En lo que todas coinciden es en un silencio sostenido que responde a algo que conciben como un destino predeterminado, en la sensación de que nadie les va a creer, en el sentimiento de culpa y en el asco que sienten en sus cuerpos. En sociedades como la nuestra, donde el machismo nos cruza a todos, hombres y mujeres, la violación se convierte en un hecho social consentido y callado. Hace un tiempo, una mujer policía me dijo: “en este país, sobre todo en el interior, a las niñas que llegan a los doce años sólo no las viola y no les pega quien no quiere”. Y aunque no son todas, y aunque debamos reconocer las distancias que se marcan entre los centros urbanos y el área rural, entre las niñas educadas y las que no, además de otros factores, es importante salir de esa negación que no reconoce la violencia sexual en los cuerpos de las mujeres.

Una mujer me dijo hace pocos días que las mujeres que estaban dando su testimonio en el juicio por violaciones a esclavas sexuales en el destacamento de Sepur Zarco (sucedidas hace tres décadas), estaban montando un “show” pagado por la cooperación internacional para perjudicar a Guatemala. Mientras la oía decir esa y otras afirmaciones intragables, me preguntaba si esa mujer había leído algún libro de historia de Guatemala en su vida, o si algo había leído más allá de las revistas que dan en los salones de belleza. Me preguntaba también a qué hombre de su entorno cercano le habría escuchado decir eso y cuánto necesitaba afirmarse frente a él, o a qué identidad de grupo respondía con afirmaciones tan simplistas y sin fundamento. O me preguntaba también por qué la cooperación internacional es amada o satanizada, como menú a la carta, sin historizar las relaciones que hemos tenido con el Norte y Europa en los últimos siglos. O por qué salir a las calles por Cristina Siekavizza puede ser más válido que hacerlo por las mujeres indígenas de Sepur Zarco que padecieron violencia en sus cuerpos y sus vidas, cuando ambos hechos responden a una misma lógica de dominación.

Entonces recordé un libro que leí hace años: Malas, de Carmen Alborch. Ella habla de la rivalidad que nos ha enfrentado históricamente a las mujeres desde que se establece el patriarcado; habla de esa presunción de maldad que viene con nosotras desde que nacemos, según varias tradiciones culturales (como la de Eva haciendo pecar a Adán). Pero la parte que más me gusta es la que habla de esa posible y hermosa complicidad entre mujeres distintas, que también es milenaria. Mujeres que, incluso en ámbitos como el de la política y la justicia, se han encontrado y respaldado para que sus voces fueran escuchadas, respetadas y tomadas en cuenta.

No cabe ya negar lo que han vivido millones de mujeres en este país desde hace siglos. No cabe negar la violación sexual en sus cuerpos. No cabe decir que no existe cuando a diario lo vemos. No cabe negar las cabezas cubiertas de las mujeres indígenas que, 30 años después, aún tienen vergüenza de nombrar lo vivido. No cabe negar sus manos sudorosas y sus pies agrietados mientras recuerdan. No cabe decir que porque uno no lo ha vivido, nadie lo ha vivido. Las mujeres de Sepur Zarco existen. Son reales. Sus cuerpos fueron ultrajados. Esa es la más irreductible evidencia.

cescobarsarti@gmail.com