Opinión

ALEPH

Maternidades forzadas

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Ninguna niña de 13 años está preparada psicológica, física o emocionalmente para ser madre. Normalmente a esa edad, el cuerpo de una niña no ha terminado de formarse, su cerebro no ha madurado lo suficiente para enfrentar una tarea de tales dimensiones, sus emociones aún buscan el equilibrio. Más aún, no ha concluido procesos educativos o formativos que le den herramientas para tomar decisiones tan importantes como la de tener o no un hijo. Imaginemos si a eso le sumamos un cuerpo desnutrido y abusado desde temprana edad.

El “instinto maternal” es un gran mito sostenido y generalizado por una cultura de abuso sostenido, y no despierta por generación espontánea. Quienes trabajamos con madres niñas o adolescentes sabemos que, en casi todos los casos, son maternidades impuestas en un contexto que lo normaliza y lo permite. A eso le llamamos nosotros maternidades forzadas. Pregúntele a una niña de 10, 12 o 14 años (que ve a otras ir a la escuela, enamorarse y vivir de acuerdo a su edad) si quiere ser madre. Se sorprenderá de las respuestas, en buena parte debido a que la mayoría de esas niñas y adolescentes han sido violadas por hombres cercanos a ellas, lo cual implica, entre otras cosas, que recordarán al violador por el resto de sus vidas.

El año pasado (2014), solo en los grandes hospitales públicos, se registraron 71 mil casos de embarazos en adolescentes. Puede ser que sea por el crecimiento demográfico o porque ahora se denuncia más, pero esos números avergüenzan. El Observatorio de Salud Sexual y Reproductiva (Osar) vuelve a recordarnos lo que está en la base de hechos como este: el 89% de los casos de madres niñas y adolescentes son producto de violación por hombres de su entorno cercano. El 30% de ese 89% son los mismos padres biológicos. Y eso que esas cifras dejan fuera los casos de quienes no denuncian, los atendidos por comadronas, o los de las niñas que dan a luz en soledad.

Desde el derecho de pernada que se practicaba en las fincas guatemaltecas durante el siglo pasado hasta las maternidades forzadas de hoy, hay una variable que persiste: el cuerpo de las niñas y adolescentes les pertenece a todos, menos a ellas, y puede ser violentado cuando se desee sin pedirles permiso. Pero esto no repercute solo en las niñas y adolescentes, sino en sus familias, sus comunidades, su país, su continente, y más allá. Ellas corren un alto riesgo de muerte durante el parto, ven interrumpido su proceso educativo, padecen trastornos del desarrollo, son socialmente estigmatizadas entre los de su edad o tratadas como si ya fueran adultas por el resto. Sus bebés pueden tener bajo peso, nacer prematuramente, o padecer de deformaciones, entre otros.

Pero lo que más vemos, es que muchas de ellas rechazan a sus bebés porque no los desearon. Es rarísimo que una niña de 13 años esté dispuesta a asumir con gusto las responsabilidades y obligaciones que supone la maternidad. Y cuando otras y otros ven que pierde la paciencia con su hijo, la tildan de “mala madre”. Entonces la presión de grupo las hace tratar de cumplir a la fuerza algo para lo cual no están preparadas, y terminan estallando más de una vez. Esto genera una espiral de violencia que nos tiene, una generación tras otra, trayendo guatemaltecos y guatemaltecas al mundo por la ruta de la violencia y el rechazo, y no por la del cuidado, el respeto y el amor.

Dar a luz es una potestad de las mujeres, pero mientras ello implique violar a las niñas y privarlas del derecho a desarrollarse y elegir como adultas si quieren o no ser madres, podemos tener la seguridad de que nuestro país dará vueltas sobre sí mismo, y cada vez le quitará un pedazo más grande a la cola que se muerde. Aquí, la conjugación del verbo violar es perfecta para asegurar el fracaso: yo fui violada, tú serás violada, él será violado, nosotros seremos violados, vosotros seréis violados, ustedes serán violados, y Guatemala será violada en su posibilidad de futuro.

cescobarsarti@gmail.com