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Guatemala, viernes 25 de agosto de 2006

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Cultura

REVELACIONES
“Los compañeros”

Reeditan novela del Bolo Flores
Por: Margarita Carrera

F&G acaba de lanzar la cuarta edición de Los compañeros de Marco Antonio Flores, uno de los más destacados escritores latinoamericanos.

Si es verdad que me costó iniciar su lectura, una vez encarrillada en su brutal y desafiante estilo me fue fácil, aunque muy duro, continuar.

La novela está dividida en trece capítulos y gira alrededor de cinco personajes: cuatro hombres y una mujer: El Bolo, Chucha Flaca, El Rata, El Patojo y Tatiana.

Todos de la guerrilla guatemalteca; Tatiana, cubana, la amante. Cada capítulo, un mundo, aunque conectado con los otros capítulos. Todos, intensos; desde el principio lo deja a uno destartalado. La narración fluida, los hechos, agónicos. Las horripilantes torturas que padece uno de ellos hasta morir. El tiempo sin ningún orden cronológico: los años 60, con reminiscencias del 42.

Los personajes se turnan en su aparición. Flores es tan patán como el insigne Quevedo y no menos ingenioso. Con mucho de la picaresca de "La vida del buscón don Pablos"; también no poco de Ramón del Valle Inclán: el esperpento, a lo "Tirano Banderas".

De la caricatura a aberración, a la grosería, a la desnudez desalmada. Ningún lirismo en estos seres que entregan sus vidas a la guerrilla, incapaces de nobleza en sus relaciones, en las palabras.

Relatos "desmistificados”, "desacralizados". Vivencias que atrapan y hunden. Su lectura hiere; sobre todo si se es mujer. Machismo desbocado, en el que se esconde un Edipo: El Bolo, que odia y ama a su madre; que no conoce al padre. Ha de salir de las faldas que lo ahogan: "Madre, déjame vivir". "Qué voy a hacer, tengo que irme y sus lágrimas hediondas me tapan la puerta".

Se conmueve al ver sus canas. Pero si se queda, será un maricón. Pero si se queda, su madre lo aplasta. Por eso se refugia en el machismo más grosero y tenebroso. Lejos del idealismo quijotesco; campeando, revolcándose en la brutalidad insolente del gran Quevedo.

Lo hiperbólico en cuanto narra; más allá de la simple realidad, más allá de la caricatura.

Quevedo y Valle Inclán, sus maestros. Un manejo del idioma sencillamente extraordinario. Difícil para un lector no acostumbrado a lo tétrico. Se ha de bucear en cada una de sus palabras, de sus descripciones, de sus relatos: El Bolo, cuando era un patojo, agobiado por la madre, jugando con los otros patojos. Todos, "hijos de la Chingada".

Ya siento que viene a mi oficina y me tira las galeras de Alero: ¡las quiero ya! Sus botas y su caminar de macho. Lo reconozco en sus palabrotas, en sus relatos. Hay que alejarse de él. Te atropella, si no.

Mis vivencias se mezclan con las vivencias de estos seres desorbitados, groseros. Lo autobiográfico expuesto de la manera más cruda. Más amor que odio. ¿O mucho odio por falta del amor paternal en la infancia y adolescencia?

Nada de un lenguaje semejante al de Asturias, al de García Márquez. El Bolo es todos y cada uno de sus personajes, hasta la misma Tatiana. Se cuela en la sensibilidad femenina. Siente las vejaciones del Patojo cuando éste es torturado.

"¿Qué era tener papá? Yo nunca lo había necesitado, no sabía que existía, no sabía su nombre, ni su cara, ni su procedencia, ni sus generales, ni sus huellas digitales, no existía, para mí no existía eso que se llama así. Yo sólo tenía abuela, madre, tíasolterona y una hermanita que no tenía paloma...".

Ese el drama existencial del Bolo, que se hace guerrillero a la sombra del odio al padre.

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