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IDEASJorge Jacobs A.El seminarista

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El escándalo al conocerse lo licenciosa que era la vida religiosa del ex obispo Fernando Lugo ha ocasionado muchos más problemas a la Iglesia Católica de lo que cualquier involucrado se atreve a aceptar. Un amigo me contó esta historia. No puedo validarla porque la recibí de segunda mano. Quizá es cierta, quizá no, o quizá es algo así como la excusa de Rigoberta Menchú cuando David Stoll descubrió que su historia no era cierta. ¿En este caso sería: “es la historia de todos los seminaristas decepcionados”?

El seminarista, desde pequeño sintió una inclinación especial por dedicarse a la vida religiosa, de dedicar su vida a los demás. Admiraba a los religiosos que estaban a cargo del colegio. Se vislumbraba caminando por los pasillos de algún colegio de la orden, enseñando a los niños, asistiendo a los desamparados, apoyando a los pobres; en fin, viviendo para Dios.

Llegado el momento, comunicó a su familia su decisión de dedicar su vida al servicio de la Iglesia e iniciar su vida como religioso en una de las congregaciones existentes en el país. La noticia fue fuente de mucha alegría en el seno de una familia con larga tradición.

Ingresó al noviciado en un centro al sur de la ciudad. Luego de un exitoso año, hizo sus primeros votos temporales de pobreza, castidad y obediencia e ingresó al filosofado de la congregación. El seminarista sinceramente quería buscar a Dios y agradar a la Iglesia, pero pronto en su camino empezó a encontrar inconsistencias en algunos de los religiosos que lo hacían dudar.

En repetidas ocasiones comentó con sus superiores algunas de las muchas dudas que le saltaban a la mente. Las respuestas le dejaron en una peor situación. Le decían que no había que juzgar a los hermanos, que todos somos humanos y tenemos debilidades; que si bien es cierto había errores, éstos no debían pesar sobre su fe y sus creencias; que debía poner su mirada en Dios y la Iglesia, y no en los supuestos errores de algunos de sus miembros.

Conforme avanzaba en su camino, pasando por el tirocinio, que realizó en varios pueblos del altiplano, y luego en sus estudios de Teología, también en un centro de la congregación, en el sur de la ciudad, las dudas no iban menguando, sino crecían. El principal problema que encontraba era uno de coherencia: no había relación entre lo que muchos de sus superiores religiosos decían que había que hacer, e incluso entre lo que le decían a otros que debían hacer, con lo que ellos practicaban.

No le ayudaron las noticias de escándalos en otros países, como por ejemplo, el de los sacerdotes y religiosos acusados de pederastas en Estados Unidos. Fue un golpe todavía mayor el que, en lugar de condenar esos pecados de los religiosos, la Iglesia prefería encubrirlos.

Ya estaba a punto de terminar su largo camino seminarista cuando tenía que pasar de los votos temporales a los perpetuos. A diferencia de muchos otros, él lo tomaba muy en serio, pero los muchos años de aprendizaje le llevaron a la conclusión de que era imposible cumplirlos, que iban contra la naturaleza humana. En esas estaba cuando salió a luz el escándalo de Lugo, que no solo había quebrantado sus votos, como religioso y como sacerdote, sino que lo había hecho de manera tal que hasta a un feligrés cualquiera sería difícil pasárselo por alto.

Esa fue la gota que rebalsó su vaso. Con todo el dolor de su corazón escribió su carta de retiro de la congregación. No podía seguir con la farsa.

jjacobs@libertopolis.com

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