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02/06/13 - 00:00 Revista D

Raúl De La Horra “La Biblia sustenta mi ateísmo”

Muchos rehúyen conversar con Raúl De La Horra, quizás porque es demasiado sincero y directo, características que los guatemaltecos, por lo regular, no acostumbramos aceptar. Pero así como hay quienes lo esquivan, también hay otros que lo admiran, respetan y aprecian.

POR ROBERTO VILLALOBOS VIATO D FRENTE

De La Horra es un reconocido psicoterapeuta y escritor —su libro Se acabó la fiesta ganó el Premio de Novela de la Fundación Mario Monteforte Toledo (1995)—. También es aficionado a la magia y amante de los gatos. Decidió no tener descendencia para no privarse de las cosas a las que está acostumbrado. “No vale la pena tener hijos en una sociedad como esta, porque muy probablemente se van a estupidizar, pese a que uno trate de evitarlo; aquí, todo conduce a crear títeres y gente frustrada”, aduce.

Los padres de De La Horra nacieron en Torrelavega (Cantabria, España), pero se conocieron muchos años más tarde en Francia, tras huir de la Guerra Civil española. Ahí, sin embargo, vivieron la tensión por la ocupación de la Alemania nazi. “Mi papá ayudó a una familia judía para evitar que los nazis los capturaran y enviaran a los campos de concentración”, cuenta. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, uno de esos judíos consiguió un cargo diplomático en Guatemala e invitó a sus padres a hacer una vida en este país. “Vinieron y se enamoraron de los paisajes”, menciona. En noviembre de 1950, en la Ciudad de Guatemala, nació Raúl.

“No tuve una infancia dorada, pero tampoco fue trágica. Durante la adolescencia resentí las limitaciones de la cultura guatemalteca, que está llena de tabús y prejuicios. Crecí en una casa con otra mentalidad, y por eso no logré encajar con las personas de mi entorno”, indica.

En esta entrevista, De La Horra narra las experiencias de 28 años en los que vivió en Francia, la antigua Alemania del Este y Colombia —desempeñándose como psicoterapeuta, profesor de español y corrector de textos—. Se refiere, asimismo, a su faceta de escritor y mago; analiza los problemas de la sociedad, brinda sus puntos de vista acerca de la religión y explica su abierto ateísmo.

Sus padres eran ateos, pero a usted lo metieron a estudiar en el Liceo Javier —institución de jesuitas—. ¿Cómo fue eso?

En efecto. Dios no era un tema de conversación en mi casa. Mi papá me inscribió en esa institución porque estaba convencido de que los curas enseñaban bien. Además, me dio la libertad de decidir si quería convertirme al catolicismo o participar de esa creencia. Lo que me dejó claro fue esto: “Al terminar el bachillerato, mira qué quieres hacer con tu vida; si te vas a hacer sacerdote, ese es tu asunto; lo único que quiero es que seas un buen sacerdote o lo que fueres”.

¿Qué decidió hacer al terminar el bachillerato?

Mi propósito siempre fue irme del país. Al principio quise estudiar cine, pero no había becas. Por eso me decidí a estudiar una licenciatura en Psicología. En ese lapso me di cuenta de que a esos cursos les faltaba abarcar el aspecto social, así que, al graduarme —de la Universidad Rafael Landívar—, aproveché una beca de Psicología Social en París, Francia. Ahí me quedé una década; luego conseguí un contrato de trabajo en la antigua República Democrática Alemana —también se le conoció como Alemania del Este u Oriental—, donde viví nueve años.

Esa parte de Alemania llegó a ser calificada de “infierno” por la historia occidental. ¿Usted qué dice?

Descubrí una realidad que pocos conocían o sospechaban. La parte oriental era una especie de vitrina del socialismo, y por lo tanto, no se percibía escasez de productos ni tampoco se observaba otro tipo de limitaciones, excepto cruzar a la Alemania Occidental. Por lo demás, la gente vivía superbien.

Si tenían una buena calidad de vida, ¿por qué muchos estaban dispuestos a morir con tal de cruzar el Muro de Berlín?

No puedo juzgar por qué fulano pudo haber decidido saltar el muro. Lo que pasa es que la sensación de privación de libertad o de locomoción puede llegar a ser muy grande. Lo que querían los alemanes orientales era tener más libertad de desplazamiento y de pensamiento. Muchos de ellos iban de vacaciones a Hungría, Bulgaria, Cuba o la extinta Unión Soviética —de filosofía comunista—, pero eso no bastaba; ellos añoraban conocer Occidente.

También hubo gente que quería cruzar el muro por cuestiones económicas, pues no podían desarrollar sus capacidades creativas; en la Alemania del Este todo era burocrático. Lo cierto es que entre los alemanes orientales había malestar ante esa situación, no es que vivieran infelices. Allá se disfrutaba y se vivía de una manera que en la Guatemala actual nos parecería imposible. Considero, por ejemplo, que ni en cien o 200 años alcanzaremos el grado de desarrollo y de libertad que tenían las mujeres.

Ellas no dependían ni de la familia ni de la religión ni del marido para vivir, porque el Estado les garantizaba poder ser madres —solteras, si querían—, y tener cuantos hijos quisieran. Tenían, además, derecho al trabajo y disponían de una guardería para sus niños con atención especializada. Factores como esos, inexistentes en Occidente, hacía que las alemanas orientales fueran las mujeres menos dependientes que se pudieran encontrar.

¿Usted podía expresarse con libertad en ese país?

Sí. Lo que no podía hacer era publicar en periódicos lo que pensaba. De ahí, nunca tuve problemas. No tenía miedo a que me pegaran un tiro si decía cosas que no eran del agrado del gobierno. En cambio, si usted en Guatemala habla mal de un banco, y dice que ciertos directivos son corruptos...

¿Lo acusarían de terrorismo financiero?

Exacto. Aquí es cierto que ya se puede hablar de cuestiones políticas, pero no se puede criticar a un banco.

¿Qué significó para usted la caída del Muro de Berlín?

Que perdí mi trabajo —fue profesor de español en la Universidad de Leipzig y corrector de textos en una editorial berlinesa— y que se acabó la buena vida. En realidad, tuve una etapa bastante holgada y sabrosa en el Este, como todos sus ciudadanos. Iba todos los días a los cafés, a bares, restaurantes o actividades culturales, ya que todo era baratísimo.

Allá me casé con una alemana, y luego de la caída del muro, nos trasladamos a Múnich, donde trabajé como psicoterapeuta para víctimas de guerra. Entre 1990 y 1996 viví otra vez en Francia, donde ejercí mi profesión para tratar casos de mujeres maltratadas y jóvenes delincuentes. Después, por razones diversas, me ofrecieron una cátedra en la Universidad de Cali. Acepté y me mudé solo, pues tenía problemas con mi pareja. Allá“me empaté” con una colombiana. En el 2001 decidí regresar a Guatemala.

Pasó 28 años fuera de Guatemala. ¿Hubo cambios?

Cuando me fui era una aldea; cuando regresé me encontré con una aldea más grande. Hay más “estupidización” general. En la época cuando me fui, por lo menos, había algunos gremios organizados y líderes intelectuales que tenían cierta presencia en la vida social. La Universidad de San Carlos de Guatemala era una entidad importante. Ahora no hay líderes ni intelectuales. Lo que existe es una robotización y aplastamiento del pensamiento.

¿Quiere decir que, aparte de los problemas económicos, existe una fuerte crisis social?

Sí. Los guatemaltecos llevan la vida con resignación y con una especie de venda en la mente para no complicarse la vida.

¿Cómo se puede superar la crisis?

¡Suicidándose! —bromea—. No hay recomendaciones. Todo esto se superará dentro de dos o tres generaciones. En este país, por desgracia, la masa crítica necesaria para crear condiciones que propicien una transformación real puede llevar mucho tiempo. Los guatemaltecos, hasta ahora, seguimos siendo pueriles, infantiles, ingenuos y tonticos.

Sé que usted es ateo, pero le haré una pregunta que resulta necia: ¿cree en Dios?

¿Usted cree en Chupra?

No sé quién es Chupra.

Bueno, es la misma respuesta que le doy. No sé quién o qué es Dios; no tengo la menor idea y tampoco me interesa. Aclaro que respeto la religiosidad de la gente, no así a las iglesias, porque estas cumplen una función de tapón hacia cualquier reivindicación social y de lucha política.

¿Cree entonces que las iglesias están en contra de cambios sociales?

Si se trata de cambios sociales sustanciales, sí; toda la vida. A las instituciones religiosas nunca les ha interesado que haya una masa crítica, de gente pensante, porque en ese momento pierden sustento. Al pensar es difícil mantener toda esa mitología sobre la cual se basa la religión. Las estructuras de las iglesias viven de los feligreses. Si la gente deja de creer en algo, ¿de qué van a vivir?

Tiene una gran colección de libros en su consultorio. ¿Qué lee?

La Biblia, porque es libro que sustenta mi ateísmo. Además, leo bastante acerca de mi profesión, aunque cada vez lo hago menos, porque ahora pierdo el tiempo en Facebook —tiene alrededor de dos mil contactos—.

Respecto de su faceta como autor de libros, ¿sigue escribiendo?

Mi reputación crece con cada novela no escrita.

¿Cómo entró la magia a ocupar un espacio en la vida de un psicoterapeuta?

Soy un buscador de magia y de tesoros. Usted sabe, la magia asombra y por eso la admiro. Es el lado infantil al cual nunca he querido renunciar. Trato de no abandonar el espíritu de juego, de picardía y de sorpresa. No soy un buen mago, pero puedo hacer un par de trucos interesantes. Además, me gusta desde el punto de vista psicológico, porque me permite entender los mecanismos de manipulación de la mente humana.

¿Se arrepiente de algo de su vida?

En el fondo no me arrepiento de nada, pero me harto de ciertas cosas. Por ejemplo, al poco tiempo de haber regresado a Guatemala, me empecé a saturar de una situación que veo que no tiene salida. La ideología política de derecha sufre de un troglodismo galopante y es de las peores del mundo; la izquierda es miope, torpe e incapaz de crear alternativas seductoras y realistas.

¿Se ha ganado enemistades por expresar lo que piensa?

Sí. Cada vez tengo más enemistades. Pero me llevo bien con cualquiera, siempre y cuando sea sensato, inteligente y humano.

PERFIL

Raúl De La Horra nació en la Ciudad de Guatemala en noviembre de 1950.

Obtuvo el título de psicólogo en la Universidad Rafael Landívar.

Entre 1974 y el 2001 vivió en países como Francia, la antigua Alemania del Este y Colombia.

También es escritor y mago aficionado.

Su libro se acabó la fiesta ganó el Premio de Novela de la Fundación Mario Monteforte Toledo (1995).

Correo electrónico: rauldelahorra@gmail.com


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