CATALEJO
Este día de difuntos será mucho más triste
Este segundo año del covid-19 será, para mí, mucho más triste. Sin el fiambre, sin la visita a donde reposan los seres queridos, para ponerles flores. El dolor de la ausencia es sobre todo marcado en quienes lloran la decisión de sus seres queridos y amigos por no vacunarse voluntariamente. Algunos murieron, otros sufrieron el ataque implacable de la enfermedad pero sobrevivieron, y en cuanto al resto su cuerpo pudo defenderse, por milagro y/o constitución física. Y existe una larga serie de víctimas solo conocidas para su círculo familiar y de amigos. A ellos no les interesan las discusiones sobre las vacunas, muchas con intenciones ocultas, porque ya confirman su inutilidad. Se confirma: las muertes de los no vacunados superan a las de los vacunados.
No son estadísticas, sino casos humanos. Tuve dos dolores muy cercanos: mi hermana María Inés y mi viejo amigo Mario Roberto Morales. Ella, compañera de juegos infantiles. Con él compartí aventuras juveniles universitarias, estudios y pertenencia a la Academia Guatemalteca de la Lengua. Conforme pasa el tiempo, paso a paso va desapareciendo la inicial irritación y dolor porque murieron innecesariamente, y se va convirtiendo en un telón gris de fría tarde nublada. Luego de su partida recibí dos fotos de ella, con una expresión de deseos de vivir. Pocos días antes de partir, Mario Roberto envió un video de agradecimiento de poco más de un minuto, pero su mirada y el triste saludo con la mano eran evidentes gestos de despedida. La Parca se asomaba…
' El dolor por la ausencia de quienes murieron por covid marcará las celebraciones religiosas de estos dos primeros días de noviembre.
Mario Antonio Sandoval
Los muchísimos otros casos fatales de covid-19 afianzaron mi convencimiento de la necesidad de vacunarse y de la irresponsabilidad científica y económica de la compra gubernativa secreta de vacunas sobrevaloradas, de lo cual ya no es necesario hablar más, por estar claro y comprobado. Este día se seguirán conmemorando las festividades tradicionales, pero con cambios causados por la pandemia. Me preocupan los niños pequeños, a quienes le fue cercenado su derecho de convivir los primeros años en la escuela, hacer amigos y fabricar recuerdos para toda la vida. Perderán la costumbre ya amenazada de las tradiciones guatemaltecas e internacionales, sustituidas por espectáculos e ideas anticulturales y aberrantes a través, sobre todo, de las redes sociales.
No puedo dejar pasar la ocasión de enviar mi solidaridad a los miles de guatemaltecos hoy apesadumbrados por sus familiares. Como todos moriremos algún día, la mejor manera de rendirles homenaje a los que ya no están es recordar sus aciertos y sus amores o cariños. Brindar con una copa de vino por ellos, sobre todo quienes pagaron el más alto precio por estar al frente de la batalla contra el virus, en hospitales —y con esto me refiero a todo su personal—. Su sacrificio, aceptado por tener plena conciencia de los riesgos, los hace héroes anónimos porque no se conocen los nombres de todos, pero cuya vida perdurará mientras en las familias se mantenga el recuerdo, la valoración y el agradecimiento. A sus familiares, sobre todo sus hijos, se les debe repetir siempre la silenciosa pero real admiración popular.
Todos aquellos líderes religiosos no católicos y empecinados en desprestigiar a las vacunas deben escoger con cuidado las palabras debido al desafortunado éxito de su engañosa, exitosa, torcida y mortal evangelización. Es un imperativo cristiano, sin duda alguna, y esta festividad claramente lo es. Lo peor, creo, es la fácil deducción de más años con cementerios cerrados, con tradiciones navideñas sin las familias reunidas físicamente para poderse abrazar, besar, juntar las manos para sentir el calor humano. Nada sustituye a ese contacto único, al abrazo como manifestación filial, fraternal o paternal y sus derivados, la alegría de estar unos junto a otros, y cercanos para ver y sentir esa presencia.