ContrastesMujeres divinas
Dice un sano principio que ?no hay mujeres feas, sino mal arregladas?.
Basándome en tal afirmación propedéutica no encuentro impedimento alguno para llamarlas divinas. Primero, porque su venida mereció una reflexión especial del creador hasta encontrar la mejor costilla de Adán, que ahí apareció solo y aburrido.
Y segundo, porque hasta el paraíso parece que fue un tanto desabrido hasta que Eva llegó a darle el toque femenino. Primer invento de la tanga con una minúscula hoja de parra, coqueteos con la manzana prohibida porque Adán no despertaba a los encantos de la compañera, y aparición de su estilo para hacerse notar.
Que armó la gorda en el paraíso es cierto. El otro cayó de imbécil. ?La mujer que me diste por compañera me dio de él (el fruto del árbol prohibido) y comí?, fue la única excusa que pudo alegar al ver enojado a Yavé Dios, ?como la gran diabla?, dicho a lo chapín con todo respeto y no para que el diablo trate de sacar ventaja.
Dejo a los analistas y científicos la notable tarea de ahondar en el porqué cambiaron las tornas al momento de ser notificados del desahucio y lanzamiento fuera del paraíso, y la mujer pasa a tomar un papel segundón. El Génesis desdice la figura del macho. Aparece el hombre, en su primer retrato hablado, como un paniaguado.
Me gustó oír de la boca de una bella dama, al atardecer del domingo último dedicado internacionalmente a la ?No violencia contra la mujer?, una sugerencia interesante. ?Papa, me dijo (ya saben, pues, por qué la veo bella), yo creo que esa violencia se debe a la liberación femenina. Hoy no es la cocina nuestro único destino?.
Tiene razón y, cuanto más espacios se les abran, mayor claridad brillará en el cerrado mundo.
Otros habrá que coman más sabroso. Ahora bien, si la mujer moderna es -además de seguir siendo bella- respondona y levantisca por sus derechos, ¿de dónde saca fuerzas el macho para imponerse a golpes y no amilanarse?
Yo diría que las saca de su flaqueza. Vuelve a ser el mismo Adán de los viejos tiempos. Razona sin fundamento y, como no ve a Yavé Dios presente, recurre a los puños cuyo lenguaje, por muy convincente que parezca, es la expresión más meridiana de su incapacidad para dialogar y para entender a su compañera.
También se dice que ?a la mujer no hay que entenderla, sólo quererla?.
Otra solución. La que sea, menos la de recurrir a la violencia. Y ¡ojo! que usted, aficionado a dar golpes bajos, y a la mandíbula, puede, y debería, ser añadido a la inagotable lista de terroristas. ¿O no es terrorismo el que usted impone en su hogar?.