ContrastesEn nuestras narices

CONRADO ALONSO

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Estoy totalmente de acuerdo con don Enrique Neutze cuando, bajo el tema de ?empresarios indignados?, ha dicho que ?el problema es la corrupción.

Se han robado más de Q7,000 mil millones en nuestras narices?.

Precisamente ahí, no a la vista de todos que podría sufrir miopía o astigmatismo, y presbicia, sino en la mera nariz.

Ha usado correctamente el plural porque, aunque la nariz es una implementada con dos orificios y canales que comunican con la membrana pituitaria, no se trata simplemente de las narices, afectadas por el robo, empresariales, sino que su afirmación abarca las narices de todos los ciudadanos. Cuéntelas usted.

Y ha pegado centro porque su denuncia ha caído en un lamentable ?hacerse la vista gorda? ante tanto atropello. En cambio, si a uno ?se le hinchan las narices?, ya es de pensar seriamente hasta dónde puede llegar el enojo y enfado. Ninguna escapa a este mal trance, ni las aguileñas, ni las respingonas, ni las chatillas.

Acertada igualmente es su cita y alusión al apéndice nasal porque podría ?dejarnos con un palmo de narices? el atrevimiento novedoso de calificar como ?desvío? lo hecho con los 90 millones del ministerio de Gobernación que pasaron a las cuentas particulares de los desviantes.

Nunca había leído en el Código penal esa figura.

No es que trate de ?meter las narices? en la contabilidad de tan prestigioso, y prestidigitador, ministerio, si me animo a elucubrar sobre posibles ramificaciones anímicas de los sujetos activos y programadores del desvío. La naturaleza humana se bifurca en un sinfín de motivaciones que personalizan al individuo concreto.

Digamos que don Axel y don Angel conocían a la perfección el trazado normal por el que fluían los fondos ministeriales hasta el punto final que más les dolía. Y que, en un momento de lucidez traficante (que lo derivo simplemente de tráfico, no de donde usted podría pensar), inventaron dicho desvío hasta sus propias arcas.

Sólo así es aceptable que lo llamen desvío, una obra de ingeniería mental que, sin embargo, y por más que se quiera invocar el paliativo de comprensión para el ladrón que roba a otro de su misma condición, puede y debe ser incluido en la danza de los millones que, de uno u otro modo, han desaparecido en nuestras narices.

Llego al último punto y aparte de la columna y con él llega a motivar mi olfato la fragancia aromática del desayuno dominical. La misma buena suerte deseo a mis carísimos lectores. No le tuerza las narices a tan motivador reencuentro. Y por un momento, olvide, si posible fuera, los detritos contaminantes. Buen provecho.

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