ContrastesDe vacaciones
El excelentisimo señor Presidente de la República, don Alfonso Portillo, su distinguida esposa, doña Evelyn, primera dama, y la dulce y tierna Gabriela, hija menor, viajaron a México. Su intención -por lo menos, la del esposo y padre- es vacacionar durante una semana. Me parece de lo más justo, apropiado y honesto.
Honesto, digo, porque se le ha dado al viaje su nombre propio, el de unas merecidas vacaciones. Derecho, no sé si constitucional, aunque me lo podría decir la honorable corte a la que, sin embargo, no molestaré porque tiene demasiado trabajo, de todo aquel que ha suscrito un contrato de trabajo. Premisa indispensable.
No es la primera vez que sale al exterior. Hace poco viajó a Lima y últimamente a New York.
En Lima debió ser agobiante. Reunirse todos los presidentes de Iberoamérica, escuchar las propuestas de cada uno de ellos en tan sólo tres días, es como para volverse locos. Menos mal que bastó echar una firma a todo el papelerío.
De su ida a New York poco sabemos. Habló en la sede de las Naciones Unidas sobre tópicos de siempre, ya mecanografiados, se acercaría a ver el desastre causado por el desplome de las torres gemelas y, quién sabe, pudo haber degustado la nocturna sopa de cebollas de gratos recuerdos para otro que fue presidente.
Eso es trabajo de Estado. El de ahora es lo que debe ser: descanso vacacional para el deteriorado estado físico y anímico del titular del Gobierno.Y feliz debe sentirse México de su elección, de ser la niña de sus ojos, después de Gabrielita obviamente, y de ser la multivitamina que le inyecte, olvidando pasados, renovado vigor.
Es una pena que, siendo él economista y banquero, pues algo debió aprender de su amigo, el de los bancos gemelos, no haya hecho frente a las fuerzas armadas y aliadas del FMI, BM y BID concentradas hoy contra los reductos de Finanzas y Congreso donde se esconden los últimos talibanes de nuestras economías.
Es igualmente triste que haya dejado sobre el escritorio la ley de colegiación obligatoria para los periodistas sin haber estampado el veto sobre su carátula. Porque también sería ilusorio soñar que el presidente en funciones preste oídos al clamor y no se apresure a darle el pase de ley. Bueno, los sueños sueños son, dijo un clásico.
Sea como sea, y lo que será, congraciémonos con la feliz oportunidad de que nuestro señor Presidente de la República, que no del fondo monetario internacional y de otros similares, pueda gozar de unas merecidas vacaciones. Sin tapujos y sin recovecos, a la brava sinceridad. Me voy de vacaciones, y ¿qué, amado pueblo?.