Fundamentos
El año que América Latina deja atrás
La interrogante es si 2026 será un año de oportunidades o de riesgos para una región que ha cobrado un particular interés.
2025 fue para el hemisferio occidental un año de grandes cambios. La consabida afirmación de que América Latina no estaba en el radar de los Estados Unidos parece haber quedado atrás con todo lo que sucedió en los ámbitos comercial, diplomático y geopolítico. Queda aún por ver, por supuesto, cuál será el resultado de estos cambios en el largo plazo.
La segunda versión de la administración Trump tenía claro que debía vencer dos factores que condicionarían su estrategia, y que en su primer mandato fueron obstáculos importantes. El primero era asegurar cambios profundos en la administración, de manera que las resistencias no se registraran primero en casa. Hay que recordar que en su primer mandato los puestos claves tardaron en ocuparse y que una buena parte de la segunda línea de funcionarios permaneció de la administración anterior. Luego, teniendo presente el calendario político en Estados Unidos, quedaba claro que el mandato emanado en 2023 tendría una fecha de caducidad en las elecciones de medio término, que están por ocurrir en noviembre de 2026. Así que, dotado de un sentido de misión y de urgencia, el presidente y su círculo se abocaron a provocar un cambio estructural del tablero.
Para América Latina, estos cambios se han sentido en varios planos. Obviamente, en el frente comercial —el primero de ellos— los anuncios de cambios en la política arancelaria provocaron que los países tuvieran que reaccionar rápido para evitar ser afectados o incluso ser los últimos en tocar la puerta de Washington. Amigos y adversarios tuvieron que sentarse a la mesa a convenir un nuevo esquema comercial. El segundo gran impacto se dejó sentir en el ámbito de la cooperación. Con el argumento de una realineación de prioridades, intereses y hasta de un manejo más racional de los recursos de los contribuyentes norteamericanos, se acordó la disolución de la histórica agencia estadounidense para el desarrollo (AID), habiendo provocado un sismo en la agenda y las redes de influencia que desde esa institución se tejían. Con este jaque institucional, el soft power estadounidense ha cambiado significativamente de área de operación.
Está claro que la región se ha convertido en el escenario de los grandes juegos de poder.
La remoción de embajadores de carrera y diplomáticos en varias sedes también es señal de cambios importantes. En el más reciente anuncio, solamente para dos países de América —Surinam y Guatemala—, se han previsto cambios, pero ello no es un dato menor, dada la dinámica que en 2026 ocurrirá al menos en nuestro caso.
Estados Unidos también ha movilizado una importante flota al mar Caribe. El mensaje es claro. Con una reafirmación de lo que los mismos norteamericanos han dado en llamar el corolario a la Doctrina Monroe, se reclama con ese despliegue de fuerza esa especie de mare nostrum que ha sido el signo de los últimos dos siglos. Queda pendiente saber si esta costosa movilización provocará cambios en países abiertamente hostiles a sus intereses, como es el caso de Venezuela o Cuba, o cambiará la correlación de fuerzas que ejerce el cerrojo México-Colombia en la política regional. Por último, los giros de signo ideológico de los gobiernos de varios países parecen favorecer a la política estadounidense. El último de ellos, vaticinado con base en un mensaje en redes.
Los analistas han concluido que todos estos cambios tienen que ver con los grandes juegos de poder, que ya han llegado a nuestras vecindades. El año 2025 que dejamos atrás fue uno de noticias para la región. Veremos si 2026 trae oportunidades o riesgos para nuestros países, a partir del interés que como enclave geográfico hemos provocado.