Fundamentos
Enseñanzas del 3 de enero
El multilateralismo y la llamada seguridad colectiva están en sus horas más bajas.
Todo el mundo despertó el día 3 de enero con sorpresa y conmoción. Se anunciaba un operativo militar efectuado por los Estados Unidos, cuyo propósito era la captura y extracción del territorio venezolano de Nicolás Maduro y de su esposa. En las primeras horas de este evento comenzó una febril actividad por parte de los analistas para entender qué implicaciones tendría aquello y por qué se hizo o se dejó de hacer de esta o de aquella manera. Habrá, por supuesto, todavía mucha tela que cortar en próximos días, pero independientemente de lo acertado o no de los análisis que se efectúen, sí hay ciertas cuestiones que este evento dejó en claro, y que de alguna manera constituye un aprendizaje en tiempos de reconfiguración del poder global.
Está claro que se trocó el idealismo político por el realismo práctico.
La primera, y quizá lo que constituyó la mayor sorpresa del día, fue la naturaleza de la operación. En tiempos en que estamos acostumbrados a ver líderes militares o políticos eliminados con drones, misiles y hasta bíperes explosivos, lo de Venezuela fue una operación de extracción efectuada con hombres en el terreno. Quién podría imaginar que la intención inicial fuera realizar una operación quirúrgica para capturar al presidente de un país altamente militarizado, y que en dicha operación no se presentaran bajas en el comando a cargo de la extracción. Esto nos habla claramente no solo del éxito de las llamadas “operaciones especiales”, sino del gran fracaso de las fuerzas armadas del país afectado, un país donde, por cierto, el alto grado de militarización se presenta como un gran logro de la revolución bolivariana. Ni los gestos bravucones ni la tan temida presencia del círculo de asesores cubanos en el entorno presidencial de Maduro pudieron evitar el logro de la misión.
Una segunda enseñanza es el ocaso evidente de los organismos multilaterales en respuesta a una acción de esta naturaleza. En otros tiempos, estos foros hubieran creado una atmósfera irrespirable para el país que ejecutó la misión. En este caso, fuera por las maniobras diplomáticas realizadas, la presión ejercida desde Washington o la división misma en el seno de estas organizaciones, la reacción fue casi inexistente. Incluso los espacios donde los países amigos del Gobierno venezolano tienen mayor audiencia, se limitaron a tener un zum para expresar su condena, algo que pasó totalmente desapercibido. Está claro que el multilateralismo y la llamada seguridad colectiva están en sus horas más bajas. En lenguaje diplomático, el evento fue un fait accompli.
Por último, una lección de realismo puro. Las expectativas sociales y políticas generadas en la oposición por la acción militar se enfriaron un tanto luego de la conferencia de prensa del presidente Trump. No hubo cambio de régimen, ni decapitación del liderazgo corrupto de ese país, ni operaciones sicológicas que se trocaran en movilizaciones sociales importantes dentro de Venezuela. Lo que hubo fue un golpe a una figura símbolo y un anuncio de transiciones acordadas. Esto último parecía haber sido un faux pas, si no es porque empieza ya a haber señales de rápido acomodo a estas nuevas realidades por los que fueran, hasta hace poco, las voces hostiles del régimen. Está claro que se trocó el idealismo político por el realismo práctico.
Este tema es como un hilo suelto que sale de una camisa. Seguramente, continuar jalándolo traerá nuevas consecuencias y, por supuesto, nuevos aprendizajes. El 3 de enero dejará huellas en el ejercicio del poder real, las alianzas y las causas políticas y hasta la forma de administrar la justicia internacional.