Escenario de Vida

¿Puede Amsa recuperar el lago de Amatitlán?

Las floraciones de algas no son vida, son señales de alarma.

Hubo un tiempo en que Amatitlán fue espejo del cielo. Un lago sereno, rodeado de montañas, que guardaba la memoria de generaciones. A los pies de volcanes antiguos y bajo el susurro de cielos que atesoran secretos de siglos dormía un lago vivo, azul, generoso. Fue espejo de nubes, guardián de historias, testigo de amores, tristezas, plegarias y promesas no cumplidas.


Sus aguas claras reflejaron risas infantiles, trenes silbando junto a la orilla, balsas hechas a mano, pescadores al alba. Hoy, ese azul está manchado. Su aliento, envenenado… pero aún hay esperanza.


Durante décadas ha recibido el peso del crecimiento urbano desordenado, el desecho industrial y el abandono estatal. Más de 14 ríos descargan aguas contaminadas directamente en él. La basura, los drenajes sin tratamiento y la falta de conciencia lo han llevado al borde del colapso. A diario, especialmente a través del río Villalobos, llegan aguas residuales domésticas, industriales y agrícolas que actúan como un canal permanente de contaminación.


Aunque cueste creerlo, el lago está vivo. Lo expresa a través del color de su agua. Cuando es azul, respira salud. Cuando se torna verde, está enfermo. Las floraciones de algas —muchas de ellas cianobacterias altamente tóxicas— no son vida, son señales de alarma. A esto se suma la sedimentación causada por la deforestación, la erosión y las lluvias que arrastran toneladas de tierra y desechos, reduciendo su profundidad y extensión.


Imaginemos que el lago fuera nuestro hogar: lo limpiamos cada día, pero alguien llega constantemente a tirar basura dentro. Esa es la realidad que enfrenta la Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca del Lago de Amatitlán (Amsa), institución que hoy asume un rol clave: rescatar, restaurar y reeducar.

Cuando es azul, respira salud. Cuando se torna verde, está enfermo.


Hablando con un lugareño me expresó lo siguiente: “Cuando era niño, yo venía a pescar con mi abuelo. Hoy traigo a mis nietos a ver el lago. Quiero que ellos también tengan recuerdos felices aquí”.


Amsa trabaja en la recolección y clasificación de desechos, el tratamiento de aguas, la educación ambiental y la reforestación de la cuenca. Impulsa campañas de concientización y proyectos para rehabilitar más de 55 plantas de tratamiento junto a la Mancomunidad Gran Ciudad del Sur. Pero hay un hito que marca un antes y un después: el Laboratorio de Biología Molecular de Amsa, el primero estatal en Guatemala con enfoque medioambiental.


Este laboratorio funciona como el “doctor del lago”. Con tecnología como la PCR, analiza el agua para detectar virus, bacterias y microorganismos contaminantes, monitorea la biodiversidad y aporta datos científicos que permiten tomar decisiones basadas en evidencia, proteger la salud pública y diseñar soluciones reales.


Pero la ciencia no basta si caminamos solos. El rescate del lago de Amatitlán es tarea de todos. De las fábricas que deben tratar sus aguas. De hoteles, chaleteros e industrias que viven de su entorno. De alcaldes que deben priorizar infraestructura y ordenamiento. De ciudadanos que deben dejar de contaminar. De escuelas que deben educar. No dejemos sola a Amsa. Me pregunto por qué las universidades no se han acercado a Amsa para ofrecer estudiantes que quieran ser voluntarios.


Amatitlán no necesita milagros. Necesita acción, unidad y compromiso. En sus aguas aún reposa la memoria de quienes lo amaron y la esperanza de quienes vendrán. El lago puede renacer. Y hoy, tú también puedes ser parte de esa historia.


Si mis lectores tienen sugerencias de como podemos recuperar todos juntos el lago, escríbanme. Sus ideas las puedo plasmar en un siguiente artículo.

ESCRITO POR:

Vida Amor de Paz

Presidenta de la Fundación del Bosque Tropical. Directora general de Planeta Verde Televisión. Presentadora de Los secretos mejor guardados, de Guatevisión. Recorre el mundo filmando en cinco continentes. Es graduada de la Universidad Panamericana, en Periodismo.