Imagen es percepción

Consejo de Paz vs. Naciones Unidas

El surgimiento del Consejo de Paz marca un quiebre profundo en el orden internacional y cuestiona el papel histórico de la ONU como árbitro global.

Hoy, mientras el Foro Económico Mundial baja el telón en Davos, el mundo no asiste solo al cierre de una cumbre. Presencia el cierre simbólico de una era. No hubo votaciones solemnes ni resoluciones con membrete azul, pero sí algo más profundo, la constatación de que el orden internacional nacido en 1945 ya no manda como antes.

El Consejo de Paz emerge como símbolo de una nueva forma de ejercer poder global.

En una intervención breve, medida y estratégicamente densa, el presidente Donald Trump habló de su iniciativa de la creación del “Consejo de Paz”, cuyo objetivo es crear un nuevo espacio de coordinación para la gestión de conflictos y procesos de estabilización internacional. El proyecto contempla la invitación directa a cerca de 60 países de distintas regiones del mundo.

El Consejo contempla dos niveles de participación. Una membresía temporal, y otra permanente, reservada para los países que deseen un asiento fijo dentro del organismo. Para acceder a esta última, se exige una contribución de US$1 mil millones. Hasta ahora, poco más de una veintena de países ha aceptado la invitación.

Que este mensaje se pronunciara en Davos no es anecdótico. El foro no simboliza normas ni principios; simboliza intereses, capital, energía, seguridad y tecnología. Trump no propuso una reforma del sistema internacional; insinuó su superación. En ese gesto reside la ruptura, el paso de una paz administrada por instituciones a una paz gestionada por quienes todavía pueden imponerla.

Las invitaciones, adhesiones y conversaciones vinculadas al Consejo de Paz no se hicieron desde el podio ni bajo reflectores. Ocurren fuera del escenario, en reuniones paralelas, declaraciones medidas y contactos diplomáticos discretos. Davos fue el mensaje, no el trámite. No se pidió permiso, no se buscó unanimidad; se marcó dirección.

La Junta de Paz encarna esa mutación. No promete consensos amplios ni resoluciones eternas; promete control, ejecución y resultados. Para Trump, la ONU representa un multilateralismo agotado, atrapado en vetos cruzados, misiones que no pacifican y declaraciones que no disuaden. Su propuesta no busca convencer a todos, busca coordinar a los que cuentan.

Europa lo percibe y por eso vacila. Rusia observa y por eso no descarta. China mide y por eso guarda silencio. Porque lo que está en juego no es un conflicto puntual, es la arquitectura misma del orden internacional. Si esta junta prospera, la ONU no desaparecerá, ocurrirá algo más sutil; dejará de ser central.

El mundo entra así en una fase de posmultilateralismo, donde la paz deja de ser un acto jurídico y se convierte en un acto de poder, donde el derecho internacional sigue existiendo, pero ya no dirige, donde la pregunta clave deja de ser qué es legal y pasa a ser qué funciona.

El dato más revelador no fue una cifra ni un anuncio concreto, fue el tono. En pocos minutos, Trump trazó una jerarquía, primero la eficacia y después el protocolo. Su tesis es que la paz no se sostiene con declaraciones universales, sino con capacidad de presión, incentivos y garantías. Esa lógica incomoda porque reduce el idealismo y eleva la realidad, pero también explica por qué muchos, incluso críticos, escucharon con atención. Davos fue el lugar exacto para decirlo, porque ahí se valora lo que se puede ejecutar. Al hacerlo en los Alpes y no en Nueva York, el mensaje sugiere que la gobernanza global ya no se decide en asambleas universales, sino en mesas reducidas con poder real. Esa línea quedó trazada. Y por eso inquieta. Porque funciona.

Este viernes, cuando Davos se despida, quedará una certeza delicada flotando en el aire alpino. El árbitro tradicional sigue en la cancha, pero el partido ya se está jugando en otro estadio. Y el mundo, quizá sin celebrarlo, acaba de aceptarlo.

ESCRITO POR:

Brenda Sanchinelli

MSc. en Relaciones Internacionales e Imagen Pública. Periodista, experta en Etiqueta. Dama de la Estrella de Italia. Foodie, apasionada por la buena mesa, compartiendo mis experiencias en las redes.