La buena noticia

Cuando el autoritarismo clerical criminaliza y no salva

Hay una diferencia abismal entre la Iglesia que corrige para salvar al hermano y aquella que corrige para criminalizarlo.

Hay una diferencia abismal entre la Iglesia que corrige para salvar al hermano y aquella que corrige para criminalizarlo y someterlo. El evangelio de este domingo, Mateo 18,15-20, no entrega a la autoridad eclesial un mecanismo para imponer silencio, proteger privilegios, criminalizar al que pecó o castigar la disidencia. Jesús propone un camino progresivo de encuentro, escucha, discernimiento y reconciliación, cuyo horizonte es inequívoco: “has salvado a tu hermano”. La finalidad no es derrotarlo, humillarlo, sino recuperarlo. Se debe actuar desde la preocupación por los pequeños, los extraviados, la comunión y el perdón.

¿Cómo podemos ganar al hermano sin perder la verdad, y defender la verdad sin perder al hermano?

Por eso resulta preocupante cuando, dentro de la Iglesia, el autoritarismo sustituye la corrección fraterna por la intimidación, la escucha por la obediencia ciega y el discernimiento comunitario por decisiones verticales. Cuando una persona cuestiona una práctica injusta, denuncia un abuso, pide transparencia o simplemente piensa de manera diferente o reconoce el mal cometido, la respuesta de una Iglesia evangélica debería ser escuchar, discernir y dialogar. Pero cuando el poder se siente amenazado, puede aparecer una tentación mucho más peligrosa: convertir al que cuestiona en problema, al que se ha convertido continuar humillándolo y criminalizándolo, al crítico en enemigo y al denunciante en culpable. Es entonces cuando la Iglesia corre el riesgo de pasar de la corrección a la criminalización. 

Criminalizar no significa solamente llevar a alguien ante los tribunales. Existe también una criminalización moral y eclesial: presentar al hermano como peligroso, desleal, rebelde, enemigo de la institución o enemigo de la fe. Se le despoja de credibilidad antes de escuchar sus razones. Se cuestionan sus intenciones antes de examinar los hechos. Se utiliza la autoridad para desacreditar a la persona en lugar de investigar aquello que está denunciando. Eso contradice el espíritu del evangelio de mañana.

Jesús establece un procedimiento que protege la dignidad de la persona. Primero habla en privado. Después incorpora testigos. Finalmente recurre a la comunidad. No comienza con la condena pública ni con la humillación. No repite procesos ya juzgados por autoridades competentes. Incluso cuando la persona persiste en su conducta, el proceso aparece inserto dentro de un capítulo cuyo horizonte inmediato es recuperar al que se ha perdido y cuyo desenlace será la enseñanza sobre el perdón.

La autoridad cristiana no puede convertirse en una fortaleza que se defiende de quienes preguntan. Su legitimidad nace del servicio. “Atar y desatar” no significa que quienes poseen autoridad puedan hacer cualquier cosa; significa que la comunidad tiene una responsabilidad grave de discernir ante Dios. El evangelio llega incluso a afirmar que Jesús está presente allí donde dos o tres se reúnen en su nombre. Esto debería estremecer a cualquier autoridad eclesial.

Porque significa que Cristo no está de parte del poder simplemente porque sea poder. Está en medio de una comunidad que busca humildemente la verdad, protege a los pequeños, recupera al extraviado, escucha al hermano y practica el perdón. Una Iglesia madura no tiene miedo de ser cuestionada. Sabe que la verdad no necesita amenazas para sostenerse. Una Iglesia verdaderamente evangélica tampoco confunde unidad con uniformidad ni comunión con sometimiento.

Cuando el autoritarismo no consigue salvar al hermano mediante el diálogo, puede sentirse tentado a etiquetarlo, desacreditarlo y finalmente criminalizarlo. Pero entonces ya no está actuando desde el Evangelio. Está abandonando la lógica de Jesús. Porque el Evangelio no pregunta primero: ¿Cómo podemos castigar al que se equivoca? Pregunta algo mucho más exigente: ¿Cómo podemos salvar al hermano sin perder la verdad, y defender la verdad sin perder al hermano? Esa es la frontera entre una Iglesia que ejerce autoridad evangélicamente y una Iglesia que simplemente ejerce poder.

ESCRITO POR:

Víctor Manuel Ruano

Presbítero de la Diócesis de Jutiapa. Licenciado en Sociología por la Pontificia Universidad Gregoriana, Roma. Fue rector y profesor del Seminario Nacional de la Asunción, Guatemala, y vicerrector académico Cebitepal, Colombia.