Pluma invitada
Barro, madera y maíz
Toda vida termina pareciéndose al material con que se construye.
Cada mes de septiembre repetimos el mismo ritual de banderas, desfiles, antorchas y altares cívicos. Pero pocas veces nos preguntamos qué significa construir un país. Antes de la República, el Popol Vuh ya planteaba una pregunta vanguardista, centrada en qué clase de seres humanos podían sostener una comunidad. Sus relatos del barro, la madera y el maíz siguen siendo una conjetura que nos obliga a preguntarnos qué clase de personas somos y qué Guatemala heredarán quienes vengan después.
El país que construimos depende de la persona que elegimos ser.
Hay quienes viven como hombres de barro. Cambian de forma según la presión que reciben. Frente a unos hablan con convicción y frente a otros renuncian a todo lo que dijeron. Se acomodan al aplauso ajeno. Hoy defienden una causa y mañana la abandonan porque apareció otra más popular. Nunca toman una decisión desde el fondo de su conciencia. Esperan que alguien más les diga quiénes son. Una vida así parece tranquila al principio, pero termina desmoronándose porque nadie puede sostener una existencia construida con opiniones prestadas. Si cada viento le cambia su dirección, nunca llegará a ningún lugar.
También están quienes se convierten en hombres de madera. Son disciplinados y admirables. Trabajan hasta el cansancio, cumplen metas y levantan proyectos que parecen dar prueba de un triunfo real. El problema aparece cuando el éxito deja de ser una herramienta y se convierte en una prisión. La persona termina creyendo que solo vale por lo que produce. Su oficio ocupa el lugar de su identidad. La madera sirve para techos y puertas, pero ya no crece. Quien deja de aprender y de corregirse puede acumular victorias mientras pierde la capacidad de convertirse en alguien mejor.
Tal vez usted piense que nada de esto tiene que ver con su vida. Que bastante hace con levantarse de madrugada, enfrentar el tráfico, cuidar a sus hijos, buscar clientes, pagar las cuentas y llegar a fin de mes sin rendirse. Precisamente por eso es importante. El carácter se pone a prueba justo ahí, en la manera en que respondemos a las pequeñas batallas de todos los días, en los gestos que nadie aplaude ni fotografía.
El Popol Vuh propone un camino más visionario. Si lo piensa, el maíz nunca crece en aislamiento. Necesita tierra, lluvia y tiempo para crecer. Madura porque acepta ser cuidado. Después alimenta a otros. Esa es la identidad más difícil porque exige humildad para reconocer que nadie llega lejos solo por mérito propio. Cada maestro, cada crítica honesta y cada acto de amor dejan una semilla. La grandeza consiste en transformar todo eso en alimento para quienes vienen detrás.
No espere una vida cómoda; construya una vida que dé fruto. Busque una vida fértil y no permita que la presión decida su carácter, ni que la costumbre paralice su espíritu. Tenga el valor de seguir aprendiendo cuando todos crean que usted ya lo sabe todo. Tenga la fortaleza de agradecer la ayuda recibida y la generosidad de ofrecer su experiencia sin esperar recompensa. Esa clase de personas cambia familias y comunidades enteras porque entiende que crecer nunca es un acto solitario.
Cada mañana plantea la misma pregunta que resonó desde los albores del Popol Vuh. ¿Será barro que toma la forma del último golpe recibido, o madera que dejó de crecer porque confundió el trabajo con la plenitud? ¿Será maíz que acepta ser cultivado para alimentar la esperanza del prójimo? El futuro de Guatemala y los suyos depende de la decisión que tome hoy. Nadie recordará cuánto cedió para agradar ni cuántos trofeos acumuló si su vida dejó de dar fruto. Lo que permanecerá será aquello que sembró en el corazón de los demás.