Florescencia

Guatemala, sin dueños

Cuando la gente decide el rumbo, el poder deja de estar al servicio de unos pocos.

Guatemala cumple 205 años de Independencia. Llegamos a esta fecha con una fuerza que ninguna crisis ha podido destruir: su gente. Está en las comunidades, en las ciudades, en el campo, en las empresas y entre quienes migraron.


Construir un Estado que reconozca el talento guatemalteco y ponga el bienestar común en el centro de cada decisión no está fuera de nuestro alcance. He tenido la dicha de trabajar hombro a hombro con jóvenes guatemaltecos capaces de competir a nivel mundial. Por eso sé que, si nos unimos, podemos levantar una gran nación.


Pero para lograrlo debemos hablar con verdad. La Independencia de 1821 no significó libertad e igualdad para todos. Los pueblos indígenas sufrimos despojo de tierras, trabajo forzado, racismo, violencia y exclusión política. Esa historia no es una opinión ni una herida imaginada. Sus consecuencias están presentes en la pobreza y en el acceso limitado de nuestros hijos a las herramientas necesarias para desarrollarse plenamente.


Más de la mitad de los guatemaltecos tienen sangre indígena en sus venas. Son indígenas. Esa presencia no se refleja donde se toman las grandes decisiones. Aún no hemos tenido un presidente indígena y nuestra representación en el Congreso sigue siendo mínima. Hay líderes indígenas, pero el camino no está distribuido de igual manera. Aunque el nombre Guatemala —«lugar de muchos árboles»— nació de voz indígena, al Estado le falta representar a toda su gente.


Reconocerlo no significa buscar venganza. Los guatemaltecos no queremos cambiar quién domina Guatemala. Queremos que nadie vuelva a dominarla. No buscamos quitar un grupo para colocar otro. Queremos un país donde indígenas y ladinos podamos decidir juntos.


Quienes buscan gobernarnos deben responder por las ideas que defienden y por el pasado que pretenden justificar. La hija de un dictador sangriento es un ejemplo. Se perfila nuevamente para gobernar y ha defendido públicamente el legado de su padre, Efraín Ríos Montt. Durante esa dictadura se cometieron actos de genocidio. Los guatemaltecos debemos cerrar el paso a cualquier proyecto que niegue el dolor de las víctimas y entienda el poder como dominio.

El poder debe servir a la gente, no servirse del país.


Mientras seguimos divididos, una amenaza que pretende quitarnos a Guatemala avanza. El narcotráfico y el crimen organizado aprovechan instituciones débiles, compran voluntades y buscan controlar territorios. No pregunta si somos indígenas, ladinos, empresarios, campesinos o migrantes.


Nuestro vecino El Salvador demuestra que un gobierno puede responder con firmeza a una necesidad urgente de su población. Ahí, la seguridad cambió la vida cotidiana y abrió la puerta a inversiones antes reservadas para países del primer mundo. Anuncian que destinarán a la educación una inversión superior al ocho por ciento de su economía: más tecnología y miles de becas. Mientras en Guatemala hay escuelas que no tienen electricidad. La mayoría no cuenta con internet ni computadoras. Hay niños que ni siquiera tienen un camino digno para llegar a clases. Escuelas sin maestros.


La lección no es copiar a otro país. Es comprender que el liderazgo debe escuchar lo que la gente necesita y actuar con claridad. Seguridad, educación, salud, justicia, empleo y desarrollo rural no son favores del gobierno. Son las bases para que una familia pueda vivir con dignidad y para que un joven no tenga que migrar forzadamente.


En comunidades mayas, la autoridad sirve, escucha y rinde cuentas: principios democráticos. Construyamos una Guatemala mejor con esas lecciones. Muchos indígenas y ladinos defendieron sus comunidades, educaron, emprendieron, enviaron remesas, exigieron democracia y dieron la vida por Guatemala —sacrificios que debemos honrar.


A 205 años de Independencia, los guatemaltecos tenemos una responsabilidad compartida. Guatemala no necesita nuevos dueños. Por eso debemos unirnos para que seamos el centro de cada decisión. El poder debe servir y nuestra diversidad debe ser el principal abono para que el país florezca.

ESCRITO POR:

Marcos Andrés Antil

Emprendedor tecnológico, maya q’anjob’al y migrante guatemalteco. Impulsor de la educación y la transformación digital. Fundador y CEO de la compañía XumaK durante 18 años, con clientes en más de 25 países.