Catalejo

Derecho electoral inútil por su ejercicio mínimo

La actual ley obliga al voto presencial y la teoría considera positivo el voto por medios electrónicos, pero en la práctica tiene resultados negativos.

Cuando hace algunos años se decidió permitir el derecho al voto a los guatemaltecos residentes en Estados Unidos, la primera reacción fue positiva y ese derecho se ha mantenido durante las últimas dos elecciones generales, las de 2019 y 2023. En la primera, se empadronaron 62,267 ciudadanos, pero votaron 734 en Los Ángeles, New York, Houston y Silver Springs, Maryland, es decir una abstención del 98.8%. Al haber gastado Q47 millones para organizarla, cada voto costó Q64,032. En el 2023 las ciudades donde se podía votar subieron a 15 y se presupuestó Q19.5 millones: votaron 1,443, a un costo individual de Q28,138.380. Algo parecido ocurrirá también entre los inmigrantes legales en los comicios estadounidenses de 2028, la participación será menor, a mi juicio. (Datos del antropólogo Ricardo Sáenz de Tejada).

Permitir el voto fuera del país suena bien, pero es caro y está condenado a ser minoritario, por variadas razones.

El factor principal de la ausencia de los inmigrantes será el llamado “factor Trump”. Entonces, no había temor por las redadas inmisericordes y generalizadas actuales, no existía la ICE, se mantenía el viejo criterio de recepción a quienes emigraban hacia el norte para realizar trabajos duros y mal pagados, pero importantes, en la agricultura, construcción de casas, limpieza de edificios, transporte pesado. Esto se convirtió en un importante factor económico en varios estados y por razones distintas. Pero ahora el sueño americano se ha convertido en un recuerdo de mejores tiempos para este segmento social, convertido en blanco de mentiras, exageraciones y esto, a la vez, vuelto una imitación y a veces una superación de acciones cometidas históricamente por dictadores.

Aunque este nuevo factor no existiera, hay otras razones distintas para alejar a los guatemaltecos de las urnas en la fecha electoral: la distancia a donde se encuentran, el desapego a las condiciones políticas de Guatemala, el convencimiento de no tener utilidad su voto para lograr cambios. Un emigrado nacido aquí me admitió estar interesado en su familia directa, sobre todo padres y madres, muchas veces hermanos y sobrinos. Están en un limbo: ya no se sienten guatemaltecos porque eso se va perdiendo. Como dice la canción de hace unas décadas: la distancia es el olvido, y cuando visitan Guatemala se dan cuenta de no ser el país de donde se fueron, no solo en lo físico sino en el empeoramiento de sus problemas. Al morir los padres, termina la motivación de visitar.

La actual ley obliga al voto presencial y la teoría considera positivo el voto por medios electrónicos, pero en la práctica tiene resultados negativos a causa de la facilidad de alteraciones de resultados si el conteo es realizado por expertos mal intencionados. La tecnología en sí no es mala, pero sí lo pueden ser quienes la manejan. Entonces, la única manera aceptable es el conteo realizado por miles de voluntarios, como se ha hecho con éxito desde el inicio de la época democrática en 1984, con la Constitución inicial, posteriormente reformada en una consulta popular en la cual los ciudadanos, participantes en muy poco porcentaje, así lo decidieron. Los voluntarios para contar los votos provinieron de prácticamente todos los sectores sociales y diferencias de edad.

El derecho de los emigrantes a ejercer el voto en las elecciones constituye una buena idea, en teoría un avance defendible en aquellas sociedades políticamente avanzadas, pero imposible de realizar en nuestro país por las razones antes indicadas. No se justificaría eliminarlo, pero al ver el costo en dinero de cada sufragio, solamente queda aceptarlo como una realidad derivada de un derecho adicional valioso: el de no ser obligatorio ir a depositar el sufragio. Esto constituye una manera de manifestar un criterio válido: el de no aceptar como contendientes adecuados a todos los participantes y sus partidos, además de permitir los votos en blanco, una manifestación aún más dura de rechazo al sistema y una repetición de votar por el aspirante “menos peor”.

ESCRITO POR:

Mario Antonio Sandoval

Periodista desde 1966. Presidente de Guatevisión. Catedrático de Ética y de Redacción Periodística en las universidades Landívar, San Carlos de Guatemala y Francisco Marroquín. Exdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua.