Catalejo

El amargo resultado de la inacción política

Arévalo, con el terrible último puesto en el apoyo popular a los presidentes latinoamericanos, tiene cerrada la salida de renunciar, como de seguro quisiera.

Bernardo Arévalo se encuentra en una encrucijada porque evidentemente no sabe qué decisión tomar, ante una inacción y la aplicación del viejo dicho de “quien mucho se agacha, enseña la estrella”, como picaronamente solía decir mi madre. Decidió no tomar decisiones o hacerlo mal, tarde y sin convicción, en apariencia, al menos. Las críticas publicadas en la prensa escrita independiente por comentaristas serios e identificados van en esa línea e incluso directa o indirectamente señalan una actitud pusilánime, carente de capacidad y disciplina para confrontar dificultades. Esto le minimiza el apoyo popular y lo convierte en el centro de las críticas, sobre todo entre quienes lo llevaron al puesto presidencial y defendieron los resultados en su momento.

La decisión política de no tomar decisiones es doblemente contraproducente al afianzar a adversarios y borrar simpatizantes.

El caso de las interrupciones del paso de vehículos de todo tipo, y de las amenazas vía redes sociales por desconocidos y supuestos representantes gremiales de los transportistas, por ejemplo, evidencian una actitud malintencionada y derivada de esa exagerada tolerancia de personajes políticos nefastos, como es el caso —a mi criterio— de los pintorescos y chocantes Allan Rodríguez, exdiputado; Neto Bran, alcalde de Mixco, con pretensiones presidenciales, y una abierta relación con una personaje nefasta dentro de la política nacional, la señora Sandra Torres, colocadora de buena parte de su parentela en puestos oficiales, con la habilidad de tirar piedras y esconder la mano. Impedir el paso del tránsito vehicular en todo el país está fuera del derecho de manifestar.

Arévalo, con el terrible último puesto en el apoyo popular a los presidentes latinoamericanos, tiene cerrada la salida de renunciar, como de seguro quisiera, debido a otro error derivado de confiar en amigos para hacer gobierno, en vez de personas capaces. Escogió como vicepresidenta a Karin Herrera, con quien ya hay una división clarísima, por sus evidentes inclinaciones izquierdistas dentro de la Universidad de San Carlos, ahora capturada por otro personaje de dudosa capacidad académica pero sí mafiosidad electorera universitaria, como lo es Walter Mazariegos. El mandatario olvidó sus promesas de reducir los gastos superfluos estatales, no elevar sueldos de diputados, y demás. Por la geopolítica trumpista, tiene algún apoyo del Norte, pero con vigilancia cercana.

El mayor efecto contrario a Arévalo no proviene de sus adversarios, sino de quienes votaron por él y participaron en la lucha por impedir las acciones del pacto de corruptos, cuyas actitudes se manifiestan con la hemorragia de pseudopartidos y aspirantes. La meta es clara para quien hace un breve análisis: vía este tipo de “partidos” y “aspirantes”, y redes sociales, pódcast y demás, establecer y sobre todo afianzar la desconfianza en el sistema. Al no creer en nada, por razones justificadas, los votantes disminuyen y así facilitan la victoria de esta gentuza, prima de la chusma, afianzan la corrupción de todo, incluyendo medicinas, por ejemplo, cuyo efecto es el atraso nacional en todos los órdenes, aunque en alguna élite económica miope no hay conciencia de nacionalidad.

Aferrarse a leyes malas u organizaciones políticas capturadas, esperando cambios legales, es en realidad convertirse en cómplice, aunque no se despierte la conciencia en esto. No constituye un respeto ni mucho menos una obligación. Se pueden aplicar frases “llora como mujer por lo que no quisiste defender como hombre”, dicha a Boabdil por su madre cuando los Reyes Católicos lo expulsaron de Granada en 1492, o como cuando el temeroso Chamberlain firmó un pacto con Hitler, y Churchill dijo: “Eligió el deshonor para evitar la guerra y ahora tendrá la guerra”. Arévalo está siendo víctima de una conspiración, pero sus actitudes sin valor lo han dejado a la deriva. El juicio de la Historia tarda o no, pero es implacable. Se quedó sin capacidad de actuar.

ESCRITO POR:

Mario Antonio Sandoval

Periodista desde 1966. Presidente de Guatevisión. Catedrático de Ética y de Redacción Periodística en las universidades Landívar, San Carlos de Guatemala y Francisco Marroquín. Exdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua.