Liberal sin neo
Desde Yarmuk hasta el yihadismo
El ataque fue un hecho más en una larga cadena de conflicto civilizacional
El ataque que derribó las torres gemelas en el corazón de Nueva York fue hace 25 años, el 11 de septiembre. Para los que nacieron en este siglo puede parecer un evento remoto sobre el que giran diferentes teorías. Un informativo video de Jeremy Boreing, 1400 años de guerra: los teóricos de la conspiración le están mintiendo, discute la evidencia y, además, propone que el ataque fue un hecho más en una larga cadena de conflicto civilizacional.
Teorías alternativas ignoran ese cuerpo documental y carecen de pruebas con sustento.
En la primera parte del video, que trata sobre las teorías conspirativas del 11 de septiembre (11-S), Boreing resalta que veinticinco años después de los atentados, una cuarta parte de los estadounidenses cree que su propio gobierno estuvo detrás del ataque. Se dedica a desmontar esa idea confrontando las afirmaciones de figuras como Alex Jones y Candace Owens con lo que llama “el registro documental”; el Informe de la Comisión del 11-S, la confesión del propio Bin Laden reivindicando la autoría, el rastro financiero que conectó a los secuestradores de los aviones con Al Qaeda y la evidencia de las escuelas de vuelo donde se entrenaron. Su tesis es que la evidencia primaria es extensa, verificable y coherente, y que las teorías alternativas ignoran ese cuerpo documental y carecen de pruebas con sustento.
La segunda parte responde a la teoría de Tucker Carlson y otros influencers, que la respuesta estadounidense al 11-S (Afganistán, Irak, la “guerra contra el terror”) fue el verdadero crimen. Boreing plantea que encuadrar el 11-S como un hecho aislado provocado por la política exterior de EE. UU. ignora un patrón mucho más largo de choque entre Occidente y el islam radical. Propone que hay una guerra civilizacional continua desde la batalla de Yarmuk, en el año 636, que abrió el avance del islam sobre el Levante, pasando por la batalla de Tours (732), las Cruzadas, la caída de Constantinopla (1453) y la marcha de tropas otomanas a las puertas de Viena en 1683.
Trazar una línea directa desde Yarmuk en 636 hasta el yihadismo contemporáneo es un poco estirado, pero el argumento de Boreing, que una serie de ataques en el siglo XX ya mostraban el patrón antes del 11-S, es bastante coherente: Beirut (1983), Lockerbie (1988), el primer atentado al World Trade Center (1993), Khobar Towers (1996), los atentados a las embajadas en Kenia y Tanzania (1998) y el ataque al USS Cole (2000).
La tesis de Boreing, sin necesidad de dibujar una línea histórica tan larga, tiene el mérito de tomar en serio algo que el relativismo prefiere no reconocer: existe una corriente islamista, internamente diversa pero reconocible, que se autodefine en términos de conflicto religioso con Occidente, que ha producido, durante más de un siglo, una sucesión de movimientos —desde el wahabismo hasta Al Qaeda, la teocracia iraní o el Estado Islámico (Isis)— que comparten un vocabulario de guerra santa y un rechazo explícito al orden secular-liberal. Al Qaeda y la República Islámica de Irán se declaran mutuamente herejes y han combatido entre ellos. Sin embargo, ambos invocan la yihad, rechazan el orden secular occidental y se identifican como actores de una lucha religiosa contra la tradición judeocristiana. Esa convergencia es real.
Es innecesario aceptar todos los argumentos que planteó Samuel Huntington en El choque de civilizaciones (1996), para reconocer que existen fuertes tensiones civilizacionales, religiosas e ideológicas entre ciertas corrientes y poderes islámicos y el orden democrático liberal moderno. Con sus contradicciones y excepciones, el conflicto actual con Irán forma parte de esta tensión, no es un evento aislado.