Pluma invitada

¿Estamos dispuestos a soltar?

Las oportunidades están por todos lados, pero no se materializan por sí solas.

Hay un refrán que dice que, para que algo nuevo entre en tu vida, primero debes soltar una parte importante de lo viejo y hacerle espacio. Parece una frase sencilla, pero encierra una gran verdad: los cambios importantes casi nunca consisten únicamente en agregar algo nuevo; muchas veces exigen abandonar algo conocido, algo cómodo y nuestra zona de confort.

Cada vez que aceptamos lo mediocre como normal, estamos eligiendo, sin decirlo, seguir igual.

De joven es relativamente fácil. Hay poco equipaje y pocas cosas que hagan bulto. Con los años se vuelve más difícil. Acumulamos costumbres, compromisos y certezas. Y muchas veces terminamos defendiendo lo conocido, no porque sea lo mejor, sino simplemente porque es nuestro. Nos aferramos a lo que ya sabemos hacer, a lo que ya nos funciona, aunque en el fondo sospechemos que ese mismo apego es lo que nos impide avanzar.

Creo que a Guatemala le pasa algo parecido. Somos un país que ha logrado conservar durante décadas algunas fortalezas importantes. Tenemos estabilidad macroeconómica, baja deuda pública y una economía que ha demostrado ser extraordinariamente resistente. Pero estabilidad no es lo mismo que prosperidad. Guatemala sigue teniendo enormes brechas en educación, infraestructura y productividad, mientras una gran parte de nuestra población trabaja en la informalidad. Esa combinación de solidez y atraso es, quizá, una de las paradojas más incómodas de nuestra realidad. Nos acostumbramos a celebrar lo que hemos resistido y olvidamos preguntarnos por lo que hemos dejado de construir.

Quizá el siguiente gran salto del país no dependa solamente de preguntarnos qué debemos construir, sino también qué estamos dispuestos a soltar.

Tenemos que soltar la idea de que cualquier cambio es una amenaza. Soltar trámites que existen porque siempre han existido. Soltar la tolerancia hacia la corrupción, pero también nuestra tolerancia hacia la ineficiencia. Soltar la costumbre de mirar el pasado con nostalgia y el futuro con desconfianza. Soltar, incluso, la comodidad de culpar siempre a otros de lo que no hemos logrado como sociedad.

El gobierno tendrá que soltar burocracia, clientelismo y la incapacidad de ejecutar. Y como ciudadanos tendremos que soltar una cultura en la que exigimos un país distinto siempre que el cambio lo pague alguien más. Porque la transformación no es solo una tarea de quienes gobiernan; también es una decisión cotidiana de quienes habitamos este país. Cada vez que toleramos un atajo, cada vez que aceptamos lo mediocre como normal, estamos eligiendo, sin decirlo, seguir igual.

Guatemala siempre ha tenido una oportunidad extraordinaria. Tenemos una población joven, cercanía con el mercado más grande del mundo, estabilidad económica y una posición geográfica privilegiada. Pero ninguna ventaja garantiza prosperidad por sí sola. Las oportunidades están por todos lados, pero no se materializan por sí solas, necesitan una población dispuesta, tiempo, preparación y una decisión firme de aprovecharlas. Y esa decisión, tarde o temprano, pasa por reconocer qué debemos dejar atrás.

Los países, igual que las personas, pueden pasar décadas acumulando cosas que alguna vez tuvieron sentido y que, eventualmente, comienzan a hacer bulto. El problema no es haberlas adoptado en su momento; el problema es no atrevernos a revisarlas cuando el mundo cambia.

La pregunta para Guatemala no debería ser únicamente qué necesitamos hacer para convertirnos en un país más próspero.

También deberíamos tener el valor de preguntarnos: ¿qué estamos dispuestos a soltar para hacerle espacio?

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