Catalejo

Palabras antiguas para insultar con elegancia

Las palabras en sí no son malas. Se vuelven a causa del uso otorgado.

Actualmente, la falta de argumentos para un intercambio de criterios personales se esconde en el insulto, un término cuyo significado en el Diccionario de la Lengua Española lo define como “una expresión para ofender, molestar o humillar a alguien”. Se identifica ahora como una expresión con palabras vulgares, propias de quien carece de finura, buenos modales y educación. Pero le ocurre como al término discutir o discusión, reducido a utilizar violencia verbal entre dos o más personas, no a intercambiar con calma y respeto puntos de vista diversos, contrarios o contradictorios. Hace poco vi un video de Bernardo Jurado, novelista y culto empresario venezolano, quien señala siete palabras antiguas para lograr los efectos de un insulto sin enojar al injuriado.

Muchos califican el insulto como el empleo de palabras vulgares, pero se puede hacer con léxico distinguido.

Algunas de las muchas de esas palabras son: Mequetrefe: Persona de escaso provecho y de ninguna importancia que intenta aparentar lo que no es. Mentecato: alguien con escaso juicio y sin sustancia. Carece de argumentos. Bribón: alguien que vive del engaño, y la holgazanería. Palurdo: tosco, rústico y con total falta de modales. Zancarrón: torpe, pesado y sin gracia para desenvolverse o comunicarse. Pusilánime: falto de ánimo, miedoso, y que carece absolutamente de valentía para tomar decisiones. La séptima es “perflapas”, pero esta última ya fue dada de baja en el Diccionario de la Lengua Española. En mi caso personal, conocía el significado de todas, menos de zancarrón y de perflapas, pero sin duda son vocablos de un uso muy poco común.

Enterarnos o recordar el significado de esas palabras con el fin de guardar las normas de cierta cortesía, nos sugiere hacer algunos ejercicios de aplicación en gente cuya personalidad, características propias, nivel de cultura, intención de sus acciones y estupidez, demás, nos permite hacer el ejercicio intelectual de aplicarlas en la realidad actual política y /o politiquera y en quienes integran algunos de los organismos de Estado. En algunos casos no serán uno, sino varios, los vocablos útiles para este fin. Conocer el significado de estas palabras permite usarlos en nuestro lenguaje personal para impresionar a nuestros interlocutores, llenar algo de nuestra vanidad humana, y dejar perplejos y asombrados a quienes insultan de manera burda, grosera y sin modales.

En el Legislativo, por ejemplo, es fácil encontrar a personas sin provecho ni importancia, juicio, sustancia o argumentos, vividoras de engaños y haraganas, toscas, rústicas, y sin modales, torpes, pesadas para desenvolverse o comunicarse. En el caso del Ejecutivo y sus integrantes, hay falta de ánimo, miedo, y sin valor para tomar decisiones. que carece absolutamente de valentía para tomarlas. Debo advertir algo: las palabras en sí no son malas. Se vuelven a causa del uso otorgado, por costumbre, por ganas de enojar a quien se refieren. Mencionarlas como características de la personalidad de alguien no necesariamente es ofensivo, sino más bien explican el porqué algunas acciones resultan ser ya sea positivas, negativas, convenientes o también oportunas. Lo contrario del lenguaje rebuscado es el chabacán, maleducado, vulgar y grosero. Este es usado por algunos como prueba de un lenguaje sencillo para todos los oyentes. No es así porque entre sus sinónimos está fácil, elemental, entendible, ingenuo y franco. En el mundo actual se cae con demasiada frecuencia entre los jóvenes en eliminar la dureza de significado de las palabras. Siempre es bueno para afianzar el nivel de cultura individual tener en cuenta estas características. Por razones de edad y de costumbre desde la infancia, para mí es chocante esta ausencia de refinamiento idiomático, así como el uso de innecesarios anglicismos, en especial cuando se hace por darle a un lenguaje extranjero una importancia inexistente y muchas veces mal empleada.

ESCRITO POR:

Mario Antonio Sandoval

Periodista desde 1966. Presidente de Guatevisión. Catedrático de Ética y de Redacción Periodística en las universidades Landívar, San Carlos de Guatemala y Francisco Marroquín. Exdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua.