Florescencia

Cincuenta años en un parpadeo

Me detengo a reconocer lo recibido y lo que todavía queda por dar.

El domingo —en un parpadear de ojos— cumplí 50 años. En un impulso de ver qué pasó —cómo pasó—, cierro los ojos: llego a los 7 años y vuelvo a mi aldea, Cocolá Grande, al café, al cardamomo, a la dulzura de los bananos que podíamos comer libremente. Quiero ser el mejor campesino —como mi papá—. Sueño con sembrar banano, porque crece rápido. A esa edad, el mundo cabe en la tierra que uno conoce.


Vuelvo a cerrar los ojos y, cuando los abro, tengo 14 años y estoy en una escuela de Los Ángeles, California. Las palabras en inglés de la maestra pasan sin que pueda entenderlas. Lejos —lejísimos— quedó mi pueblo. Quiero aprender, pero me asusta no poder. Con mi primo Maco practico inglés y nos reímos de nuestros acentos. Poco a poco, aquel idioma cobra sentido.


En otro abrir de ojos, mis manos trabajan un jardín mientras sigo estudiando. Aquel niño que soñaba entre bananos ahora —a los 17 años— sueña con ir a la universidad. Aprendo que los sueños piden paciencia: hay días de cansancio y pasos que nadie puede dar por uno. En la vida no hay atajos.


Cierro los ojos con la alegría de entrar a la universidad. Los abro y estoy a punto de terminar con mi vida. He reprobado matemáticas dos veces. Temo perder la beca, fallarle a mi familia. El miedo me impide ver mis sueños. Son los siete segundos que cuento en Migrante. Me detengo. Veo otros caminos: reprogramar mi forma de pensar y vivir, enfrentar los desafíos sin miedo a pedir ayuda.

Hoy caben en mí la tristeza de aquellas ausencias y la felicidad de ver crecer a mis hijos.


Sigo —y cierro los ojos—. Cuando vuelvo a abrirlos —tengo 23 años—, camino hacia mi título universitario y siento que camino en nubes. Mis padres y mis hermanos están ahí. Es un triunfo de familia y comunidad.


En otro parpadeo tengo 28 años y veo mi oportunidad en marcha: XumaK, la empresa que armé. Al extenderla a Guatemala abrió camino a muchos jóvenes. De los 30 a los 40 viajo de oficina en oficina, de país en país. Estoy construyendo.
Cierro los ojos y hablo con mi mamá: ”Chach wochej txutx”. Los abro —tengo 39 años—. Mi mamá ya no está. Veo su cuerpo pálido frente a mí. Se fue; compartíamos el cumpleaños. Después se fueron mi papá, luego Victoriano, que me cuidó cuando mi familia estaba lejos, y tantos seres amados —uno por uno—.


Pero la vida también trae alegría —llegan nuevas voces—. A los 41, llega el amor de mi vida —Yana—, mi esposa. De ahí nace Yanushka Lucía. Luego llega Miroslav Muwan. Hoy caben en mí la tristeza de aquellas ausencias y la felicidad de ver crecer a mis hijos, mi vida entera.


A los 50 miro lo vivido con gratitud. Con humildad. Mi vida lleva los hilos del güipil que mi mamá le dio a la curandera para que me salvara la vida de niño. Está tejida con ese amor —y con el de mi padre, mi familia y mis amigos—. He cometido errores, pero he procurado dar lo mejor de mí. Me siento feliz. Solo Dios sabe cuándo terminará mi camino; recordarlo me enseña a valorar cada día.


Querido lector, a los 7 años, el mundo me cabía en la tierra de Cocolá. A los 50 me cabe en los hijos que crecen y en las personas que ya no están. Si Dios me concede otros años, quiero abrazar a Lucía y a Muwan, seguir aprendiendo y contribuir a transformar la realidad de quienes viven en carencia en la tierra donde nací. Habrá días difíciles. Aun así, se sigue adelante, porque mientras no sueltes tus raíces, te lo digo con toda certeza: en esta vida, nada, absolutamente nada te será imposible alcanzar.

ESCRITO POR:

Marcos Andrés Antil

Emprendedor tecnológico, maya q’anjob’al y migrante guatemalteco. Impulsor de la educación y la transformación digital. Fundador y CEO de la compañía XumaK durante 18 años, con clientes en más de 25 países.