Catalejo

Lecciones derivadas de comicios en Brasil

Las elecciones dominicales de Brasil demostraron los problemas provocados por el pluri-pseudo-partidismo.

Antes de comentar sobre este tema, creo necesario señalar las cifras relacionadas con esas elecciones, sin comentar los nombres de los clasificados para la segunda vuelta. Bolsonaro hijo, de 45 años, con ninguna experiencia política, 47.03%; Lula, de 80 años, 45.16%. Diferencia: 2.8%, lo cual es un empate técnico. Todos los demás, los minipartidos sin ideología y con cero experiencia, juntos sumaron 9.22%. El primero participa por primera vez y es el heredero de su padre, Jair Bolsonaro, quien cumple una condena de 25 años. Inscritos, 148 millones; no votó el 20%, o sea unos 33 millones. Si ellos lo hubieran hecho, sin duda habría habido un ganador, pero de todos modos ello no elimina la evidente división casi igual entre derechistas y oficialistas.


El tema de la edad aparece con mayor importancia. Un hombre de 45 años tiene tanto ventajas como problemas relacionados con su inexperiencia y a eso se agrega la indudable influencia de su padre, ya sea desde prisión o la calle, si es liberado por razones políticas antes de su sentencia. Los 80 años de Lula ya son suficientes para reducir en algo su capacidad de gobernar, así como la ola de reducción de regímenes de izquierda moderada o profunda en Latinoamérica, donde once de los países están entre la derecha moderada hasta la ultra, con presidentes sin experiencia política alguna, o muy poca, en varios casos. El caso de Centroamérica es claro: de los seis presidentes, solo uno es fundamentalista de izquierda, Nicaragua, y el de Guatemala anda flotando.

Merece ese galardón académico y por eso aplaudí con sincero entusiasmo.


Sacando conclusiones para Guatemala, la Ley Electoral y de Partidos Políticos debe ser cambiada por el Tribunal Supremo Electoral, porque puede, debe hacerlo y buscar también una decisión derivada del criterio no solamente de sus miembros, sino de grupos sociales con experiencia y, sobre todo, con la buena intención para tomar decisiones urgentes. Los zánganos politiqueros, comerciantes de todo lo relacionado con elecciones, compradores u organizadores de “almacenes” especializados en venta de votos, compra de voluntades de personas cuyo desconocimiento les impide reconocer el engaño —baboseo, decimos en este país— por ser soñadores, sin organización alguna y dependientes de donaciones ahora sospechosas por lo difícil de conocer su origen.


La historia de las elecciones de Guatemala está llena de ejemplos parecidos, sobre todo a partir del nacimiento de la Constitución de 1985, ahora amenazada por quienes desean hacerle cambios peligrosos. Un ejercicio necesario es tratar de recordar siquiera un caso del apellido y los símbolos y denominaciones de los minipartidos. Primero comenzaron personas pintorescas e ilusas, pero ahora se ha unido gente para quien el objetivo es el de aumentar o crear una fortuna súbita. El resultado indudable y explicable es el aburrimiento acompañado de rechazo de los ciudadanos, convencidos de ser imposible encontrar a alguien siquiera medianamente alejado de las dulces, primero, pero amargas, después, mieles de la corrupción, sobre todo en la forma de mordidas descaradas.


NOTA PARA GUILLERMINA. Felicito fraternalmente a Guillermina Herrera, a quien la Universidad Rafael Landívar le otorgó con toda justicia, tal vez algo tarde, el doctorado honoris causa, por su valiosa y larga trayectoria académica y humanística, tanto en Guatemala como Estados Unidos y España, donde obtuvo varios doctorados. La conozco desde 1966 y compartí clases de Humanidades con otros ocho estudiantes de la primera promoción de Letras y Filosofía. Desde entonces destacó por su seriedad personal, su amistad con el resto y su entrega en los estudios. Merece ese galardón académico y por eso aplaudí con sincero entusiasmo. Lo merecía desde hace décadas y siempre consideré una injusticia esa falta, ahora reparada como debía ser, para la única mujer exrectora de alguna universidad en Guatemala.

ESCRITO POR:

Mario Antonio Sandoval

Periodista desde 1966. Presidente de Guatevisión. Catedrático de Ética y de Redacción Periodística en las universidades Landívar, San Carlos de Guatemala y Francisco Marroquín. Exdirector de la Academia Guatemalteca de la Lengua.