Pluma invitada

El problema de aprender a pensar

Más tecnología no siempre significa más aprendizaje.

Guatemala participó nuevamente en Pisa, la evaluación mundial de estudiantes de 15 años que mide razonamiento crítico y capacidad para aplicar el conocimiento, no inteligencia como tal. Los resultados fueron malos. Guatemala quedó en los últimos lugares de América Latina en lectura, matemáticas y ciencias, y apenas el 8% de los estudiantes alcanzó el nivel básico en matemática. Es fácil empezar a señalar las deficiencias conocidas. Que si los celulares, que si los recursos, que si los maestros, que si el covid. Algo de razón puede haber en cada una de esas explicaciones, pero quedarse ahí sería perder de vista algunos datos que resultan bastante más interesantes.

Pisa mide lo que hacemos con 45 minutos de clase.

En los últimos años, Guatemala aumentó la cobertura educativa y también la cobertura de la propia evaluación, que pasó de 47.7% a 54.5%. Eso significa que Pisa está evaluando a más alumnos guatemaltecos que antes quedaban fuera de la medición, especialmente estudiantes de contextos rurales y vulnerables. Incorporar a una población que antes no estaba dentro del sistema puede bajar el promedio. Y eso no convierte el resultado en bueno, pero sí cambia la manera de interpretarlo. La inclusión tiene un costo estadístico que no deberíamos confundir automáticamente con un deterioro equivalente del sistema.

Hay otro dato que me llama la atención. El 78% de los estudiantes guatemaltecos manifestó curiosidad por aprender cosas nuevas. También aparecen indicadores favorables en la relación con los docentes. Entonces, la pregunta cambia. Si existe interés por aprender y los alumnos sienten que sus maestros se preocupan por ellos, ¿qué está pasando para que el razonamiento crítico en lectura, matemáticas y ciencias siga siendo tan precario? Tal vez la clave no sea cuántos días pasan los alumnos en el aula, sino en qué ocurre durante esos 45 minutos de clase. Podemos tener estudiantes atentos y maestros comprometidos, pero eso no garantiza un “aprendizaje de calidad”. ¿Estamos enseñando a pensar y cuestionar lo que se aprende, o simplemente cumpliendo con los contenidos del día?

Me llamaron la atención los casos de Costa Rica y El Salvador. Costa Rica obtuvo mejores resultados aun cuando el 68% de sus escuelas reportó falta de libros, computadoras y laboratorios. El Salvador, por su parte, subió 12 puntos en ciencias. Tal vez la falta de tecnología y materiales obligó a algunas aulas costarricenses a depender más de la interacción directa con el maestro. Tal vez la reducción de la violencia en El Salvador permitió que muchos estudiantes llegaran a clase con menos estrés y mayor capacidad de concentración. No sabemos cuánto explica cada factor, pero ambos casos cuestionan la idea de que más recursos o más tecnología producen automáticamente mejor aprendizaje.

También me llama la atención lo ocurrido en el sector privado guatemalteco. Los resultados fueron peores que en el público, lo que debería hacernos cuestionar una idea que damos por sentada. Pagar una mensualidad, tener mejores instalaciones o contar con más tecnología no garantiza que dentro del aula se esté enseñando a pensar mejor. Quizá el error está en seguir viendo la educación principalmente desde los recursos. Todo eso ayuda, por supuesto, pero Pisa parece recordarnos algo más básico. El aprendizaje ocurre cuando alguien aprende a utilizar lo que sabe para comprender, cuestionar, relacionar información y resolver. El reto de Guatemala parece estar en transformar el deseo de aprender, que abunda, en aprendizaje significativo. Tal vez el reto sea asegurarnos de que durante esos 45 minutos realmente les estemos enseñando a pensar.

ESCRITO POR:

Ana María Sánchez

Licenciada en Pedagogía