Catalejo
Un crimen para causar terror en la ciudadanía
El asesinato de Juan Francisco Solórzano Foppa es advertencia para el reinicio de la guerra interna 1960- 1996.
El abominable asesinato de Juan Francisco Solórzano Foppa debe ser analizado desde muchos puntos de vista para ayudar a conocer los motivos, planes, así como los actores intelectuales y materiales, pero también hacerse preguntas y escudriñar con cuidado, atención y profundidad. Comienzo con dirigirme a sus familiares, especialmente a su compañera de vida, su hijo, y a la familia de Gustavo Aguilar. Se convirtieron en víctimas inocentes de la libre emisión del pensamiento. Se une al absurdo e irracional convencimiento de la validez de la eliminación física de quien piensa distinto y lo expresa, un riesgo para la vida de quien lo ejerce pensando en tener la protección constitucional, algo sin valor para quienes dan órdenes a sicarios irracionales.
No conocí personalmente al licenciado Solórzano, con cuyos criterios —como es lógico— a veces coincidía o difería parcial o totalmente. Varias veces hice votos porque no le pasara nada, pues su asesinato puede ser considerado como el reinicio de la poco recordada guerra interna. Su carrera política lo llevó a crearse enemigos gratuitos, por un lado, pero por otro a demostrar su convencimiento de la necesidad de borrar del país al menos algunas de sus lacras, producidas por una enorme cantidad de razones. El hecho de haber tenido elementos de seguridad desde hace varios años, demuestra su conciencia del peligro pero también la inconsciencia de la larga memoria de los afectados por sus decisiones, quienes juraron venganza o deseo por silenciarlo para siempre.
Las declaraciones policiales, las acciones no realizadas se han convertido en otra fuente de crítica a Bernardo Arévalo.
No creo posible esclarecer el hecho, ni lograr castigo para nadie, pero al escuchar sus numerosos videos, sí encontrar motivos por pura lógica de la muerte. Tampoco tiene sentido hablar de “izquierda” o “derecha”, porque este crimen alevoso pasa por encima de los criterios ideológicos, pero además coloca cualquiera de los dos pensamientos en los extremos. Eso elimina el pensamiento ciudadano de la posición intermedia, por la cual se le otorga algún tipo de razón a cada una de las posiciones. Se afianza el maniqueísmo, esa creencia de calificar todo como bueno-malo, o más bien óptimo–peor. La búsqueda de acuerdos se vuelve una esperanza o expectativa, así como analizar la realidad, factor independiente del pensamiento humano individual.
El sábado mismo el conocimiento multitudinario público fue local e internacional. Los videos con declaraciones de los dos indígenas q’eqchi’ capturados permitían sospechar una burda manipulación policial, lo cual se comprobó cuando el análisis mínimo verificó ser ajenos al crimen. Las declaraciones policiales, las acciones no realizadas se han convertido en otra fuente de crítica a Bernardo Arévalo, cuyas palabras de “no dejarse amedrentar” pueden ser consideradas inútiles a causa de la falta de resultados de sus declaraciones anteriores. Las sospechas alcanzan también a personajes oscuros de procesos electorales anteriores, y por eso, a mi juicio, los efectos reales de este asesinato se irán incrementando conforme pase el tiempo, entre ellos infundir miedo a quienes confían en contribuir al avance de la sociedad por medio de expresar su pensamiento.
En esta etapa pre-pre-comicial, debe enfrentarse la proliferación de partidos de cartón, con financiamiento desconocido y relacionados con parentela de viejos políticos. Es negativa. Los integrantes de cortes jurídicas, entidades electorales, y de investigación, necesitan acciones legales, correctas y en corto tiempo. Sobresalen el TSE y el Ministerio Público, actualmente derrumbándose a causa del tortuguismo, sobre todo este último. Un evidente fin del asesinato de Juan Francisco Solórzano Foppa es provocar miedo en la sociedad, y al volverla temerosa la hace pusilánime y cobarde. Esa es la meta principal de estas acciones a las cuales no debemos acostumbrarnos, sobre todo quienes tienen menos de 50 años, alrededor de un 60% de los adultos de hoy.