París intenta recuperar la calma, pero los franceses siguen hartos del costo de vida y la crisis política
Comerciantes, estudiantes y trabajadores comparten una sensación de abandono mientras Francia se prepara para nuevas protestas tras los disturbios y saqueos del fin de semana.
París mantiene los toques de queda en sectores como la plaza de la República y Les Halles, tras los disturbios y saqueos del fin de semana. Las autoridades buscan evitar nuevos incidentes ante las próximas manifestaciones. (Foto Prensa Libre: EFE)
PARÍS. Sylvie Calvi, quien lleva más de 46 años al frente de una tienda de productos gourmet con su hermana en París, ha presenciado todo tipo de protestas en la cercana plaza de la República. Aun así, quedó atónita ante los disturbios que se produjeron en el barrio el fin de semana pasado y que eclipsaron la indignación pública por el aumento del costo de vida.
“Cuando volvimos a la mañana siguiente”, dijo Calvi, “todos los vecinos estaban muy disgustados y ansiosos”.
Los comerciantes de este bulevar parisino afirmaron no comprender cómo la noche había degenerado tan rápidamente en caos. Pero muchos sí entendían el lamento común, tanto de quienes participaron en las protestas como de quienes fueron blanco de los disturbios: existe un ras-le-bol, una expresión francesa que alude a un recipiente lleno hasta el borde y significa que todo el mundo está harto.
“Hoy en día, los franceses se sienten abandonados, perdidos. No sabemos hacia dónde nos dirigimos”, dijo Calvi.
“Creo que la gente está harta de que la tomen por tonta”.
Añadió que esperaba que “las cosas mejoraran el próximo sábado”, cuando los sindicatos y activistas han convocado nuevas manifestaciones, mientras el Gobierno despliega más policías en las calles.
Los testigos del caos del fin de semana pasado, como Calvi, distinguieron entre los manifestantes y quienes describieron como agitadores vestidos de negro que llegaron para perturbar la jornada. Afirmaron que la policía parecía estar desbordada ante una multitud que arrastró a algunas personas ajenas a la protesta y ante los saqueadores que aprovecharon la oportunidad para arrasar las tiendas.
El jueves por la noche, en el Ayuntamiento de París, el alcalde Emmanuel Grégoire organizó una reunión con los residentes de la capital francesa para abordar la complejidad del momento.
“Se está acumulando la ira”, dijo Grégoire, quien señaló que semanas de protestas estudiantiles coincidieron con las quejas de otros sectores, como agricultores y empleados públicos.
“Todo esto se está cristalizando en una ira que, en primer lugar, está creando un movimiento social muy importante”.
Una persona tras otra tomó el micrófono para describir la sensación de no ser escuchada o de estar desprotegida. Muchos culparon a los líderes del país por no haber solucionado los problemas que afectan la economía, el debate político, las escuelas y el costo de los alimentos.
Algunos asistentes dijeron que querían participar en las manifestaciones del sábado con sus hijos, pero temían nuevos disturbios y enfrentamientos con la policía.
Grégoire, miembro del Partido Socialista de centroizquierda, dijo comprender “esa sensación de que nada va bien” y trató de transmitir un mensaje de esperanza sobre la participación de los ciudadanos, encabezados por los jóvenes, en el futuro del país.
El dueño de un negocio dijo que no había conseguido paneles de madera para proteger su tienda. Los estudiantes cuestionaron por qué la policía había actuado con tanta dureza frente a las huelgas estudiantiles, pero luego no había logrado contener los disturbios.

El descontento se extiende más allá de las calles
El ambiente de tensión que se respira en París, incluso después de que esta semana regresara cierta calma, refleja la profunda insatisfacción que afronta Francia en un momento crucial, mientras el presidente Emmanuel Macron se acerca al final de su segundo mandato.
Según las encuestas citadas en el reportaje, Marine Le Pen, del partido de ultraderecha Agrupación Nacional, aparece por delante de Jean-Luc Mélenchon, del partido de extrema izquierda Francia Insumisa, de cara a las elecciones presidenciales del próximo año.
Tony Dipietra, estudiante universitario de París, recibió una ovación tras declarar en la reunión del Ayuntamiento que sentía “mucho desprecio por parte del gobierno hacia este movimiento social”.
Dipietra contó que tocaba el trombón con la Orchestre du Nouveau Monde, una orquesta parisina, para entretener a los manifestantes el fin de semana pasado cuando fue alcanzado por gas lacrimógeno, incluso antes de que la jornada degenerara en disturbios nocturnos.
“Literalmente no estábamos haciendo nada, solo tocábamos música, animábamos el ambiente”, declaró a The Washington Post. Dipietra afirmó que no aprobaba los disturbios ni los saqueos de pequeños negocios. Sin embargo, añadió que la gente sentía que había sido “tratada injustamente sin motivo alguno”.
“Creo que esta violencia gratuita que algunas personas sufrieron sin duda ha alimentado mucha más tensión”, dijo Dipietra, “y se produjo una escalada de odio y violencia”.
También lamentó que algunos funcionarios gubernamentales presentaran las protestas como un movimiento organizado por la extrema izquierda. Dipietra afirmó que se sumó a las manifestaciones por el aumento del costo de vida en París.
“Vivo en un apartamento que consume tres cuartas partes de mi salario y lo único que me sobra es para comer, y esta es la vivienda más barata que pude encontrar”, añadió.
Las manifestaciones, que han cobrado fuerza durante semanas, comenzaron como protestas por la falta de recursos en las escuelas de los suburbios de París, pero se han extendido a reclamos más amplios por la desigualdad económica.
Las protestas crecieron con el apoyo de los principales sindicatos, que expresaron su indignación contra el Gobierno de Macron por el aumento de los precios y los recortes presupuestarios propuestos.
Más de medio millón de personas marcharon por todo el país el fin de semana pasado, antes de que estallaran los disturbios y las calles se iluminaran con fogatas de patinetes eléctricos incendiados.
En algunas ciudades, manifestantes enmascarados irrumpieron en los ayuntamientos. En el centro de París, las turbas destrozaron símbolos de riqueza, como las boutiques de lujo de Louis Vuitton y Hermès, pero los saqueadores también dañaron pequeños comercios de barrio y se llevaron artículos como videojuegos y botellas de vino.
Según funcionarios gubernamentales que han prometido ayuda, al menos 3,000 empresas en todo el país resultaron dañadas o afectadas de alguna otra manera.
El descontento también se ha extendido a otros países europeos, como Italia y Bélgica, donde algunas protestas han sido impulsadas por jóvenes y por la preocupación ante el costo de la vivienda.
En Francia, los problemas políticos y financieros de los últimos años han dejado a los ciudadanos agotados por una sensación de crisis persistente. Exigen más de un Estado endeudado y de políticos divididos.

Macron promete restablecer el orden
Tras los disturbios del fin de semana, Macron reconoció los desafíos y prometió restablecer el orden y abordar el descontento, especialmente el de los estudiantes de secundaria y los ciudadanos afectados por el aumento de los precios de la energía.
Afirmó que el Gobierno sigue una hoja de ruta clara para dialogar con los manifestantes sobre sus demandas y evitar que se repita la violencia.
Las autoridades impusieron toques de queda en algunos barrios parisinos y prohibieron las protestas este fin de semana en varios centros urbanos, como Niza, Lyon y Grenoble. El Louvre y otras instituciones culturales de París anunciaron que cerrarían el sábado.
Las autoridades han autorizado algunas manifestaciones encabezadas por sindicatos a lo largo de rutas específicas.
Macron, quien esta semana convocó reuniones con organismos de seguridad y ministros del Gobierno, afirmó que las restricciones eran necesarias para “recuperar la calma” y proteger a las empresas y los edificios públicos. Sin embargo, un tribunal de París anuló el jueves al menos una de las prohibiciones de protestas.
El presidente francés se reunió el viernes con grupos de estudiantes de secundaria y prometió cambios como la contratación de más profesores y la revisión de la plataforma de admisión universitaria.
El primer ministro, Sébastien Lecornu, también mantuvo conversaciones en los últimos días con líderes sindicales y representantes de los partidos políticos del país.
La frustración es profunda. Sophie Binet, líder del sindicato CGT, que ha convocado una huelga para el 5 de noviembre, afirmó que la organización no ha visto ninguna medida concreta.
“Lo que la gente quiere es hablar de nuestras vidas, nuestras condiciones laborales, nuestros salarios, nuestras pensiones, los servicios públicos”, declaró Binet a los periodistas el jueves, durante una concentración de enfermeras en huelga en la ciudad de Tolón, en el sur de Francia.
“Por eso, desde principios de año, las movilizaciones se están multiplicando”.
El Gobierno ha acusado a grupos de “ultraizquierda”, a los que denomina “bloques negros” y que suelen estar vinculados con movimientos anarquistas o anticapitalistas, de perturbar las protestas e incitar a la violencia, junto con saqueadores oportunistas.
Los ministros del Gobierno han reconocido fallas de seguridad que impidieron a la policía contener el caos y han prometido un operativo de seguridad “masivo” para las manifestaciones de este sábado.
Las más de 2,500 personas detenidas durante los disturbios representaban diversos sectores de la sociedad francesa, declaró el ministro de Justicia, Gérald Darmanin. Señaló que el 95% eran hombres y el 70% adultos, incluidos tanto ciudadanos de origen inmigrante como otros franceses.
Macron ha criticado duramente a los políticos extranjeros que afirmaron que la inmigración era la causa de las protestas.
Comerciantes temen nuevos disturbios
Samuel Marcialo, padre de familia y dueño de una tienda en París, tiene grabaciones de cámaras de seguridad que muestran a decenas de saqueadores destrozando y vaciando su tienda de teléfonos el sábado pasado.
Para él, parisino de padres tunecinos e italianos, afectado por los disturbios, resultaba irónico que algunos culparan a la inmigración.
“Eran franceses cuyos padres no habían hecho los deberes”, dijo Samuel Marcialo.
Dijo que costará miles reparar la fachada dañada de la tienda y las vitrinas de vidrio rotas en el interior.
“No sé, no sé, no sé qué pasó ese día… No entiendo cómo pudieron romper tanto… y sin policías cerca”, dijo Marcialo.


