Al grano
La política: de la vocación al negocio
Nos formaron creyendo que había dos mundos, uno era el de los ideales, otro el de los negocios.
A los bachilleres y universitarios de mi generación se nos enseñó una cierta idea de la sociedad y el Estado. Una visión, diría yo, “dicotómica” de la realidad. Por un lado, la vida privada y, paralelamente, la pública. De una parte, la esfera personal, familiar, profesional o de negocios y, de la otra, el ámbito político partidario y los poderes del Estado, los servicios públicos. No diré que se nos presentara una visión del tipo “blanco o negro”, pero sí dos dimensiones claramente diferentes con ciertas áreas de intersección.
Y, en esa realidad dicotómica, uno debía intentar ir descubriendo si sus intereses, inquietudes o sus sueños tiraban más por la vida de las profesiones o los negocios o por los afanes del Estado y la política. Por lo general se nos pintaba la vida pública como, digamos, más digna de reconocimiento. En cierto modo —así se nos pintaban las cosas— quienes escogieran la vida de negocios, recogerían frutos materiales, riqueza; en cambio, quienes se entregaran a los afanes de la política y el Estado, recogerían más bien lo que se expresa en la conocida frase: “Si así lo hiciereis, que la patria os lo premie”.
Esa visión de las cosas se confirmaba al ir por alguna de las grandes avenidas o plazas principales y preguntar a los padres o al maestro: “Y ¿quién es el de la estatua?”. La respuesta, las más de las veces, describía a una persona que había hecho algo grande por la nación o, incluso, por la humanidad desde la política o las funciones públicas. En el marco de la cultura popular, la TV o el cine, esa realidad bidimensional se reproducía de diversas maneras, quizá, predominando los matices de Hollywood. Pero, definitivamente, fuera en la pantalla chica o en las grandes salas de cine, la vida pública llevaba a la gloria, para los héroes, o al oprobio, para los villanos.
Es verdad que Hollywood también trajo las vidas de los Rockefeller, Vanderbilt, Morgan y otros, pero su premio, por lo general, era la cima de las riquezas, muchas veces, conquistada con temple de acero y corazón de piedra. En esas películas, en Wall Street no había lugar para sensiblerías ni miramientos, sino para cálculos fríos y maniobras audaces.
Puede que la política sea el arte de negociar, pero, ¿al margen o por encima de cualquier ideal?
En fin, crecimos y nos formamos en un mundo en el que el político era idealista y soñaba con una sociedad más justa y próspera. Un idealista, no un fantasioso. Un soñador, no un utópico. Era un ideólogo que cuidaba con enorme celo el “credo” del partido y procuraba que todos los actos y ejecutorias de sus representantes y dirigentes fueran congruentes con esa ideología. Pero era una ideología abierta a examen en los congresos partidarios donde brillaban sus pensadores emblemáticos que, de cuando en cuando, publicaban obras de alcances históricos.
¿Qué ha pasado? ¿Es esa visión que nos enseñaron lo que el premio Nobel James Buchanan llama la visión romántica de la política? Creo que en todas las épocas ha habido políticos idealistas que han respondido a una vocación en la vida pública del Estado, al igual que muchos otros con su propia agenda e intereses personales. Pero el punto que intento poner de relieve no es eso, sino el hecho de que, vuelta la actividad política otro cauce por el que quien ambiciona el dinero y el poder que da el dinero puede buscarlo, no hay ya lugar para aquellos que respondían a esa vocación a que me refiero arriba.
Ese mundillo en el que se calcula el valor de cambio de cada voto, de cada pacto, de cada nombramiento, al margen o por encima de cualquier ideal político o visión de una polis justa o próspera ha ahuyentado, me parece, a casi todos los que habían recibido esa vocación.