Liberal sin neo
El agotado orden de la vieja Europa
Grupos “oprimidos y desposeídos” hacen causa común.
Vándalos decapitaron una estatua de Jesús crucificado en un monumento conmemorativo en la iglesia de St. Alban, en Warrington, Cheshire, Reino Unido. Imágenes muestran la estatua blanca sin cabeza, pintarrajeada con verde y negro, en un monumento que conmemora a los caídos en las dos guerras mundiales. La nota bajo el titular en el diario The Telegraph relata que el grafiti con lenguaje “ofensivo” contra la iglesia y Jesús ya había sido removido y no asocia las pintas a algún grupo o bandera particular. Es un misterio; simboliza lo que las élites políticas europeas se rehúsan a reconocer mientras sus sociedades se tambalean bajo el peso de la acumulación de sus errores.
La insatisfacción y rechazo cultural y sistémico es propio de la juventud.
En pasadas semanas han surgido manifestaciones en diferentes países europeos; las imágenes y videos que más han captado la atención son las ocurridas en Francia, Italia, Bélgica, Alemania y España, pero hasta los suizos se lanzaron a las calles. Hay variaciones, pero el libreto y la cobertura guardan grandes similitudes. Las manifestaciones son inicialmente encabezadas mayormente por jóvenes, particularmente de la generación Z, en protesta por el alto costo de vida, la calidad de los servicios públicos y el sistema educativo, así como rechazo al régimen. Otros “sectores” se unen a las manifestaciones; sindicalistas, activistas de ONG, organizaciones políticas, revolucionarios, anarquistas, feministas, palestinos y otros grupos “oprimidos y desposeídos” hacen causa común. Levantan barricadas, arrojan piedras y bombas molotov, provocan incendios, destruyen monumentos históricos y edificios públicos. Son infiltrados por pandillas, delincuentes y oportunistas que destruyen tiendas, joyerías y otros negocios y saquean toda la mercadería. En Lyon, cerca de 200 comercios fueron saqueados durante una noche de disturbios; se replica en Roma, Milán y Frankfurt.
La policía y fuerzas antimotines tratan de contener a la masa que los provoca y la imagen de algún joven que reciba un garrotazo saldrá en los titulares el próximo día. Los medios acusan a las fuerzas de seguridad de uso excesivo de la fuerza y denuncian a la extrema derecha de aprovechar el desorden para desinformar, hacer falsas acusaciones e inventar culpables. Analistas graban video con llamas, humo y destrucción de fondo, para informar sobre la manifestación mayormente pacífica.
Los intelectuales, medios tradicionales y replicadores insisten en que sus sociedades europeas son fracasadas y malvadas, a pesar de que decenas de millones de personas han buscado y siguen intentando migrar a ellas desde países árabes, asiáticos y africanos. Es una contradicción monumental. El rechazo generacional es contra algunas de las sociedades más abiertas, tolerantes, prósperas y generosas que hay ahora o ha habido en la historia de la civilización.
La insatisfacción y rechazo cultural y sistémico es propio de la juventud, especialmente de la más consentida y acomodada. Los países europeos más avanzados parecen estar llegando al final de su cordel económico, cultural y político. Quizás lo que está ocurriendo confirma lo que advertía Douglas Murray en La extraña muerte de Europa (2017); su población está siendo reemplazada, ha perdido la fe en sus creencias, historia, tradiciones y legitimidad, descarta sus valores y se autoflagela por sus supuestos pecados. En su libro más reciente, el psicólogo Gaad Saad tipifica el fenómeno en occidente como empatía suicida. La psicología social que describen Murray y Saad se da en una coyuntura geopolítica y económica que amenaza con acentuar el decaimiento del agotado orden de la vieja Europa.