Catalejo
Mareo de los demócratas y desánimo republicano
Es adecuado considerar la importancia de esta primera semana posterior a la elección y a los resultados.
La derrota de los republicanos y la victoria de los demócratas en el Senado y el Congreso causante de depresión y de entusiasmo, ambos peligrosos cuando provocan mareo por el triunfo y desánimo por la derrota, respectivamente, es una posibilidad en el laberinto de la política, especialmente en las elecciones. El objetivo principal debe centrarse en aceptarlo y darse cuenta del inicio de una nueva época, lo cual se facilita desde el momento de buscar las causas tanto de errores como de aciertos. A partir de la noche del martes, la conducción de Estados Unidos debe ser realizada en forma diferente, en base a la búsqueda de lo posible, como reza una máxima muy antigua. El riesgo de errores contraproducentes aumenta con los políticos bisoños.
Una victoria solo significa un éxito temporal, y causa efectos contraproducentes si se mantiene el fanatismo.
Son lógicas las confrontaciones, pero no la sed de aniquilamiento ni la destrucción del contrario o adversario, quien no es el enemigo. Hacerlo con esa meta significa una guerra civil, de hecho, como la sufrida por el Norte y el Sur durante la Guerra de Secesión, de 1861 a 1865 —hace 165 años—, cuyos efectos aún se mantienen. Se debe prever una nueva batalla de ese tipo y admitir la dura realidad de posibles movimientos actuales secesionistas. Al aplicar el refrán “entender un problema es llegar a la mitad de la solución” se pueden encontrar los errores de cada partido y sus factores. Lo peor es culpar de todo a los integrantes del otro grupo y apoyar en todo al partido de la propia preferencia personal, rodeada de una aceptación fanática e irracional.
Es adecuado considerar la importancia de esta primera semana posterior a la elección y a los resultados, cuando se debe masticar la derrota. Hace dos elecciones, a los demócratas les pasó lo mismo a lo sufrido por los republicanos el martes pasado. El electorado republicano también pasó la cuenta a Donald Trump, a quien se le afianzó el mareo y actuó como si la diferencia porcentual de votos a su favor fuera una avalancha eterna. Se rodeó de amigos incapaces y sin experiencia, benefició a mega-multi-millonarios, a lo cual agregó sus defectos personales inaceptables y silenciosamente rechazados por la población no trumpista. El resultado, hoy, dos años de una presidencia sometida a controles legales y políticos y sujeta a negociaciones para él molestísimas.
Los demócratas deben buscar acuerdos imposibles de rechazar por los republicanos, y viceversa. Muchas investigaciones legales deben ser realizadas por decisiones inconvenientes para el país y la disminución de la importancia estadounidense en el complejo escenario internacional. Esta necesidad se debe a las tiránicas y/o absurdas decisiones de sus dos períodos, sobre todo del segundo, pero ocurrirá lo mismo si hay una epidemia de mal de montaña en los actuales ganadores. Negociar, acordar, ceder no equivalen a debilidad o cobardía. Todo lo contrario. Y quienes apoyan a cualquier partido, fuera o dentro de Estados Unidos, necesitan también apoyar una posición intermedia, pues de ello dependerá la supervivencia de la democracia liberal occidental.
En los dos años faltantes la fuerza personal del Trump-monarca disminuirá en la medida de la posición asumida por los demócratas y por los países cuya amistad anterior ya es menor y sin fuerza. Por aparte, el inicio oficial de la campaña por la presidencia entre los nuevos aspirantes llamará más la atención del electorado. La única arma a su disposición es el uso del desprestigio, pero aun así los demócratas del Congreso podrán decidir expulsar al presidente, una posibilidad legal y constitucional desde 1787. Son dos adversarios con una pistola apuntando a la frente del otro, dicho en sentido figurado. Por esas razones, no es exagerado considerar a un poder ejecutivo en semejantes circunstancias como un tigre de Bengala, pero hecho de papel.