EDITORIAL

Las dádivas nunca son desinteresadas

La más sencilla lógica indica que los regalos a los políticos, especialmente a los candidatos a cualquier puesto, no pueden ser acciones honradas ni puras. Y la más elemental deducción señala que esas dádivas en realidad constituyen inversiones que después deben ser compensadas con todo tipo de granjerías, contratos o simples y llanas ilegalidades a favor de quienes las han entregado. No cabe hablar de candor ni de inocencia, porque si quien los recibe posee estas cualidades, difícilmente tiene cabida en una confrontación electoral y menos en la conducción de un cargo público.

Esta reflexión viene al caso con motivo de la respuesta del presidente Jimmy Morales a los cuestionamientos periodísticos acerca del muy alto costo de los casi tres meses que vivió en un hotel cuyo propietario sintió la necesidad de protegerlo porque había recibido amenazas, según expresó el mandatario. Parece como si a su criterio ese lugar era el único donde su vida estaría a buen resguardo.

Las colaboraciones en especie a los candidatos siempre se compensan, sin importar si constituyen donativos de gasolina, uso de vehículos terrestres y aéreos, tiempo de propaganda en televisión y radio, impresión de camisetas, locales para la realización de mítines, etcétera. Esa ha sido una de las realidades más evidentes de la política nacional desde hace muchas elecciones, y se conoce por evidencias claras como los excesos que están aflorando con el caso Cooptación del Estado.

Analistas políticos han comentado que esta actitud se debe a la mezcla, por un lado, de la oportunidad descubierta por gente interesada para lograr beneficios en caso de una victoria electoral, y también porque en todos los candidatos se desarrolla un sentimiento triunfalista casi rayano en lo absurdo, así como la creencia de que tales ayudas solo comprueban la solidez de su posición y, por tanto, de su éxito, que casi siempre consideran abrumador.

Pero también en los aspirantes hay oportunismo político, gracias al cual llega el convencimiento de que el fin de ganar una elección justifica hacerlo gracias a cualquier tipo de componenda, tácita o a las claras.

Por aparte, cada vez se afianza más el criterio de que la corrupción no solamente es el robo descarado y abierto, sino se matiza con acciones incorrectas, aunque tal vez no específicamente prohibidas por la ley, que posteriormente abran el camino a la antes mencionada corrupción monda y lironda. Es entonces cuando un mensaje electoral que señala específicamente la ausencia de corrupción y de latrocinio se convierte en un certero búmeran político.

En esas circunstancias, las preguntas periodísticas a los políticos les causan el problema de no poder responderlas y tener que salir con evasivas, ironías y gesticulaciones. Resulta incómodo darse cuenta de que cada vez se dificulta más ocultar acciones politiqueras, pero es el resultado de que la afirmación de no ser parte de la vieja política solo es una frase sin fundamento real y sobre todo sin el convencimiento personal, que aún no ha llegado a afianzarse en el inconsciente y que en este momento únicamente ornamenta el discurso.

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