Carolina Escobar Sarti

Doctora en Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad de Salamanca. Escritora, profesora universitaria, defensora de DDHH por la niñez, adolescencia y juventud, especialmente por las niñas

NOTAS DE Carolina Escobar Sarti

“Los guatemaltecos necesitamos unirnos y concentrarnos en atender la crisis. Frente a las necesidades de los afectados, ¿dónde estaban y dónde están los grupos que hoy bloquean las calles?”, fue el mensaje en Twitter de @CACIFnoticias. Despertó una respuesta inmediata de muchísimas personas, de la jauría sin argumentos de siempre, de los “netcenteneros” de oficio, y también de ciudadanía de diversos sectores. La mayoría de respuestas eran contra el mensaje, incluso de otros empresarios que en WhatsApp se manifestaban en ese sentido.
En un primer momento, abrazo el dolor inenarrable de quienes lo perdieron todo. Quienes perdieron a sus familiares, a sus vecinos, su perro, su casa, su comunidad, su lugar en el mundo. Inclino mi cabeza ante lo que no puede describirse pero se siente. Debajo de lo que ahora será un cementerio, quedan cientos de historias que sólo seguirán contándose en las vidas de quienes les sobrevivieron.
A Claudia Patricia Gómez la comenzó a matar Guatemala desde antes de nacer. Como a uno de cada dos niños y niñas menores de 5 años que hoy padecen desnutrición crónica; como a las más de 90 mil niñas y adolescentes de entre 10 y 18 años que cada año quedan embarazadas; como a los  mil 600 niños, niñas y adolescentes que están fuera del sistema educativo; como a los 15 mil jóvenes que han encontrado en las maras y pandillas la única opción para sentirse integrados y reconocidos.
Emma Molina Theissen nunca debió haber sido violada y torturada como lo fue. El niño Marco Antonio Molina Theissen nunca debió haber sido secuestrado y desaparecido por miembros del Ejército, en venganza porque su hermana había escapado del cautiverio. Las torturas y muertes nunca debieron darse, como nunca debimos vivir una guerra y un genocidio. Y en la guerra nunca debieron pasar los horrores que sucedieron, porque no es cierto que en la guerra todo se vale y allí debieron regir el Ius in Bellum y el Ius ad Bellum que norman toda guerra. Pero todo sucedió y Guatemala se rompió en pedazos.
Guatemala está en la encrucijada. En medio de esta tensión, algunos quieren volver a la “normalidad”. Recuperar la tacita de plata, el país de la eterna primavera, la Guatelinda de las postales. Pero, ¿qué ha significado esa normalidad en Guatemala? ¿Qué hay debajo de esa nostálgica epidermis de paisajes, silencio y folclore que algunos añoran? Al rascar la superficie de esa “normalidad”, no solo aparecen nuestras bondades, hay sobre todo dictaduras, relaciones incestuosas entre sectores de poder, históricas complicidades y pactos de corruptos, relaciones delincuenciales entre elites políticas, militares, económicas y académicas.
“Es fácil entender el por qué ciertos sectores políticos, sociales, económicos (y militares/el paréntesis es mío), se oponen al trabajo del MP y CICIG. Este es el resumen de los procesados hasta el día de hoy: 2 Presidentes, 1 Vicepresidenta, 1 Presidente con antejuicio, 3 candidatos presidenciales o vicepresidenciales, 19 altos funcionarios de gabinete, 3  secretarios de la presidencia, 4 jefes de la Superintendencia de Administración Tributaria (SAT), 1 presidente del Banco Nacional, 1 Directorio del Seguro Social, 25 diputados, 4 magistrados de la Corte Suprema de Justicia, 3 magistrados de apelaciones, 6 jueces, 12 militares, 155 empresarios incluidos líderes de negocios de renombre, 9 miembros de directorios bancarios, 3 propietarios o representantes de emporios mediáticos, 182 oficiales y servidores públicos, con procesos penales por corrupción, algo sin precedente en Guatemala, en la región o en el hemisferio”.
Cuando abría los ojos, aún estaba oscuro. A mi lado, una mujer me acercaba la leche para que no me fuera al colegio con el estómago vacío. Se llamaba Fidelia. Inmediatamente se iba a la cocina, a ayudar a mi mamá a hacer “lo que las mujeres hacen” al iniciar el día. Luego de un café, mi madre y mi padre se iban al trabajo, mi hermano y hermanas comían algo muy rápido antes de ir a estudiar, nos íbamos todos al colegio y la Fidelia volvía a lo “suyo”.
Cuando el juicio por genocidio llegó a su punto más álgido en el 2013, el tema ya no solo se debatía en los medios de comunicación. Meses antes de aquella memorable portada de Prensa Libre el 11 de mayo del mismo año, en la cual Ríos Montt aparecía siendo conducido por policías a la cárcel, luego de la sentencia de 80 años por genocidio, habíamos comenzado a escuchar y hablar sobre el tema en tiendas de barrio, reuniones familiares, universidades, espacios públicos y privados.
Otra semana de pulsos intensos en una Guatemala. La elección de fiscal general, que el año pasado era apenas una alerta amarilla, ya está aquí. Y la luz intermitente ha cambiado de color a un rojo intenso; la cuestionada Comisión Postuladora ha dado signos de falta de autonomía y vicios de origen, además de estarle fallando claramente a la historia de Guatemala, que sabe juzgar mejor que nadie cuando el tiempo llega.
Hay gente que nunca se va, aunque se vaya. Gente que se queda en las palabras, en los abrazos, en nuestra memoria, en las paredes de su casa, en la vida de otra gente o en las hojas amarillentas de los libros que escribió y leyó (y aún en los que jamás siquiera abrió pero tenía allí, al lado de su cama, para recordar la angustia).  Hay gente así, que nunca muere, aunque muera. Como Margarita Carrera.