Color, identidad y tradición se funden en Carrera de las Ánimas

Como todos los años, Leonel Pablo Gerónimo, viajó de Los Ángeles California, Estados Unidos, a su natal Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango, para participar este Día de Todos los Santos en la Carrera de las Ánimas, una tradición en la que jinetes ebrios desafían a la muerte.

A todo galope jinetes montan en la Carrera de las Ánimas, Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango. (Foto Prensa Libre: Mike Castillo)
A todo galope jinetes montan en la Carrera de las Ánimas, Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango. (Foto Prensa Libre: Mike Castillo)

Gerónimo, quien es uno de los jinetes que participa en evidente estado de ebriedad, apenas se sostiene sobre su  cabalgadura. Asegura que desde hace 15 años llega a su pueblo para participar en esta tradición; sin embargo, es la primera vez que se atreve a montar un caballo alquilado, el cual tuvo un costo de Q1 mil 500.


Manifestó que el evento implica sacrificio, por eso se preparó física y espiritualmente para, no solo montar, sino pedir salud para sus seres queridos y demostrar que el jinete y el caballo son uno solo.

Agrega que sin importar el costo económico, cada año disfruta del evento y mientras tenga vida y salud seguirá montando su caballo Satanás.

Al igual que Gerónimo, el jinete Faustino Mendoza Carrillo asegura que le llena de emoción participar en esa tradición, para la cual alquila dos caballos por Q2 mil 500.

“El sacrificio vale la pena, por eso durante el año ahorro lo necesario para contar con los recursos suficientes”, expresó.


Mendoza considera que participar en la Carrera de las Ánimas es un desafío que no cualquiera toma, pues algunos caballos son desconocidos para el jinete, quien no sabe la reacción que podría tener el animal.

Agregó que para ellos es felicidad embriagarse, estar en las ceremonias mayas y montar un caballo, pues es símbolo de su valentía y destreza. “Estamos de fiesta en el pueblo y lo disfrutamos cuando vivimos nuestra corrida de cinta”, detalló.

De acuerdo con el cronista Fermín Herrera, cada año asisten cerca de 20 mil espectadores procedentes de distintos lugares de Guatemala y otros países del mundo como Estados Unidos, Europa y Asia.

“Se trata de una tradición milenaria que constituye una de las más importantes muestras de identidad cultural”, expresó.

El cronista asegura que no se trata de una competencia sino un ritual espiritual que se hace en honor a los difuntos y quienes participan en este tienen una preparación física y espiritual la noche del 31 de octubre.

La víspera de la carrera se realizan varias ceremonias, en las cuales se sacrifican aves para ofrecer su sangre como ofrenda y pedir permiso a la madre tierra para participar en el ritual, explicó.

Vistoso traje

La tradicional carrera se efectúa en una pista improvisada en una calle de terracería que mide unos 800 metros de largo por ocho de ancho. El grupo de cofrades y auxiliares son los encargados de mantener el orden y permitir el paso para los jinetes que participan con un vistoso traje adornado con cintas y plumas en el sombrero.

“El estado de embriaguez de los jinetes provoca constantes caídas durante las 10 horas que tarda la carrera. Para algunos pobladores el año en el que hay una persona fallecida durante la actividad es presagio de abundancia, pues marca buen año de buenas cosechas, mejoras económicas y fertilidad, aunque son creencias que se han transmitido de generación en generación”, detalló el cronista.

Los encargados de los animales explican que deben pagar por todo el día Q1 mil 800, por una hora Q400, entre Q25 y Q50 por una vuelta, y son alrededor de 300 caballos los que se utilizan en la carrera.