Comunitario
El incendio que cambió El Paredón: cómo se reconstruyó el destino turístico tras el siniestro del 8 de marzo de 2025
Un año después del incendio en El Paredón, Sipacate, la playa vuelve a llenarse de turistas mientras sus habitantes recuerdan la tragedia y reconstruyen el destino con esfuerzo propio.
Detrás del paraíso de arena negra hay una comunidad que aprendió a reconstruirse desde las cenizas, luego de un siniestro en el que solamente la Municipalidad los apoyó. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)
Era un sábado de marzo y el ambiente transcurría con normalidad. El calor empezaba a hacerse más evidente, pero el entorno era agradable, perfecto para relajarse y descansar. La brisa del mar refrescaba y corría suave; el sol caía con fuerza sobre la arena negra característica del litoral pacífico del país, y las piscinas ofrecían un respiro a los turistas que deseaban disfrutar su fin de semana de descanso.
Pero después del mediodía la calma se rompió de forma abrupta, ya que un incendio de grandes proporciones cambió por completo el panorama.
Era el 8 de marzo. Un terreno baldío con hierba seca, viento fuerte y, según vecinos, basura que alguien quemó sin control fueron los ingredientes de una tragedia que consumió, en menos de dos horas, hoteles, restaurantes, casas y años de trabajo acumulado en las aldeas El Paredón y Milagro de Dios, en Sipacate, Escuintla.
Juan Carlos Batres, instructor de surf, fue de los primeros en intentar detener el fuego. “Vimos un humito, como que era basura que se estaba quemando”, recuerda. Junto a dos voluntarios extranjeros y un joven local comenzó a tirar agua con lo que había. “Pasamos una hora intentando detenerlo, pero la verdad era muy fuerte el viento”. Se quemó los pies. Su escuela de surf, con 112 tablas adentro, desapareció.
Los bomberos tardaron más de 40 minutos en llegar desde Puerto San José. Para entonces, una cuadra entera era ceniza. En total, la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred) reportó que el daño se extendió a ocho viviendas, 14 comercios y cuatro hoteles.
La reconstrucción
Javier Archila recuerda bien las reuniones: las salas de espera, los apretones de mano, las promesas. Estuvo frente a funcionarios de distintas instituciones del país que prometieron ayuda. Había perdido su hotel Macarena —más de US$150,000 en cenizas— y lo que pedían era acceso a crédito para volver a empezar, algo que nunca llegó.
“Nos tuvieron como tres meses. Al final, como todo en Guatemala, a la gente se le olvida y más a los políticos”, dice.
A los dos meses y medio, cansado de esperar, tomó sus propios ahorros y comenzó a construir. Afortunadamente, fue el negocio que más rápido se levantó en toda la zona.
María Aldana vivió una historia distinta, aunque con el mismo final. Ella y su novio perdieron prácticamente todo en Fullmoon Garden: las cabañas de madera, la cocina compartida donde los huéspedes cocinaban juntos, el jardín que habían sembrado con tiempo y cariño. Una habitación sobrevivió, protegida por unas cortinas gruesas que detuvieron las llamas en el último momento. Todo lo demás —unos US$100,000 en construcción e inversión— se fue en minutos.
Aldana reconoce que hubo apoyo municipal, pues se brindó material de construcción a los afectados. “Quedé muy sorprendida, de forma positiva, por la respuesta del gobierno”. Pero los bloques y el cemento solo fueron el inicio. Lo que terminó de sostenerlos fue la comunidad: amigos que abrieron campañas en GoFundMe y vecinos que bajaron ladrillos en fila india hasta las ocho de la noche, cantando a pesar del desastre.
El alcalde de Sipacate, Walter Orlando Nájera, comenta que la inversión municipal ascendió a unos Q250 mil en materiales de construcción repartidos entre los afectados. “Los guatemaltecos fueron solidarios. La municipalidad fue el medio para aportar ese apoyo social”, afirma.
Una comunidad en crecimiento
Si hay una lección que El Paredón grabó a fuego —literalmente— es la de la prevención.
Hoy, la mayoría de negocios instaló aspersores en sus techos de palma, adquirió mangueras de mayor presión y bombas de gasolina para extraer agua de las piscinas en caso de emergencia. Algunos sustituyeron la palma por concreto y bambú tratado, menos inflamable.
“Ahora la mayoría de negocios tiene aspersores de agua en los techos para asegurarse de que se puedan mantener húmedos”, explica Aldana. “Y compraron bombas para meter a la piscina y sacar agua, porque en el incendio, al quemarse los cables de electricidad, nos quedamos sin agua”.
La comunidad también creó grupos de WhatsApp para alertas tempranas y estableció acuerdos informales para reaccionar de forma coordinada ante cualquier alerta de fuego. Incluso terrenos baldíos con maleza seca —como el que originó el incendio— ya se limpian de forma colectiva cuando el propietario no puede hacerlo.
Nájera comentó que desde la municipalidad preparan un acuerdo para exigir extintores obligatorios en construcciones con techo de palma. “Vamos a exigir una cantidad de extintores posicionados en diferentes lugares de esa misma construcción”, aunque la medida aún está en planes.
Un destino turístico
A pesar del siniestro, El Paredón no dejó de crecer. Según Archila, esta área es uno de los destinos de playa con mayor crecimiento turístico en los últimos años, impulsado principalmente por redes sociales.
“Los fines de semana se ve muy llena la playa. Todos los días, más que todo en la tarde, está repleta de personas”, cuenta Batres. Su escuela de surf opera de nuevo, con menos tablas, pero con las puertas abiertas.
La deuda pendiente sigue siendo el abandono estructural: sin bomberos propios, sin agua potable, sin recolección municipal de basura, sin médico permanente y con la estación de bomberos más cercana a más de 40 minutos. Una comunidad turística que, paradójicamente, sostiene su propio crecimiento a pulso privado y comunitario.
“Somos un lugar que está en boom y que tiene mucho potencial, pero todo lo hemos hecho nosotros”, resume Archila.
Esta Semana Santa, miles de visitantes llegarán sin saber esa historia. El Paredón los recibirá, como siempre, con su arena negra, su oleaje y una comunidad que aprendió —a la fuerza— a no esperar que nadie más la salve.

