Comunitario
Gabriela Gil y Colectiva Enjambre: cómo el juego y la ciencia acompañan a 165 niñas en Guatemala
Desde el 2024, Colectiva Enjambre ha organizado alrededor de 20 encuentros donde niñas y adolescentes exploran la ciencia, el movimiento y sus emociones.
Alejandra y Cristina Quiroa, junto con Gabriela Gil, integran Colectiva Enjambre, que acompaña a niñas mediante actividades de juego, educación y participación comunitaria. (Foto Prensa Libre: Cortesía Colectivo Enjambre).
Unos binoculares apuntan hacia las montañas de San Cristóbal El Alto. En otra actividad, pequeñas lupas digitales pasan sobre flores, insectos y alas de mariposas. Hay niñas que pintan, otras hacen girar hula hula y algunas llenan papeles con dibujos.
Son distintas maneras de aprender y ocupar el espacio.
Las actividades forman parte de las “festivalitas” que impulsa Colectiva Enjambre. En abril del 2026, durante Haz Ciencia como Niña, las participantes identificaron plantas e insectos y observaron aves. El 11 de octubre, en La alegría de ser niñas, participaron en talleres de pintura y movimiento en el marco del Día de la Niña.
Gabriela Gil está detrás de parte de esa metodología. Tiene 29 años, nació el 25 de marzo de 1997 en Antigua Guatemala y es terapeuta ocupacional y recreativa, con técnico universitario. Actualmente trabaja con niños y niñas desde la integración sensorial.
Pero su trabajo profesional no quedó limitado al ámbito clínico.
Desde antes le interesaban la psicología social, la educación popular y el trabajo comunitario. Se preguntaba, entre otras cosas, cómo hacer que la información que circulaba en reuniones de adultos también pudiera llegar a los niños y las niñas.
Una formación organizada por Colectiva Actoras de Cambio terminó acercándola a otras dos mujeres que compartían esas inquietudes.
Allí conoció a las hermanas Alejandra y Cristina Quiroa, originarias también de Antigua Guatemala, Sacatepéquez. Gabriela se integró a Colectiva Enjambre en el 2021.
“Fue muy importante saber que no estábamos solas, que había otras compañeras dentro del territorio que también les interesaba el tema”, recuerda Cristina sobre aquel encuentro. Después de compartir durante un tiempo, ella y Alejandra invitaron a Gabriela a incorporarse.
Hoy las tres tienen tareas distintas: Alejandra Quiroa, de 29 años, es coordinadora educativa; Cristina, de 35, es enlace comunitario, y Gabriela es promotora de salud mental y ocupacional.
Para Cristina, uno de los aportes de Gil ha sido acercar la salud mental de una manera menos clínica y “más popular, más colectiva, más accesible” para las niñas. También ha contribuido a adaptar juegos y materiales para considerar la discapacidad y las neurodivergencias.

Un enjambre que migra
Colectiva Enjambre existía antes de la llegada de Gabriela.
Nació en 2018. Su nombre corresponde a las siglas de Escuelita Feminista de Jóvenas, Adolescentas y Niñas que Migran en Busca de su Reexistencia y Emancipación.
El trabajo comenzó acompañando a 35 niñas y adolescentes de las aldeas Copal AA La Esperanza y Gancho Caoba, en Cobán, Alta Verapaz. Quince provenían de la primera comunidad y 20 de la segunda. Migraban internamente para poder continuar sus estudios.
El nombre guarda relación con esa experiencia.
Un enjambre es un grupo de abejas que abandona el panal original para buscar otro lugar donde establecerse. Como aquellas niñas, también migra.
Años después, esa imagen adquirió otro significado.
Durante una de las festivalitas preguntaron a las participantes qué significaba Enjambre para ellas.
Una niña respondió: “Para mí Enjambre es como que yo soy una florecita. Y si ustedes son Enjambre y son abejas, ustedes vienen a buscarme”.
Para Gabriela, la respuesta resumió el vínculo que las niñas habían comenzado a construir con ellas.

Aprender jugando
La primera Festivalita Hazlo como niña se realizó en agosto del 2024, en la aldea Santa Ana, Antigua Guatemala.
Desde entonces han efectuado alrededor de 20 y calculan que unas 165 niñas y adolescentes han participado. El rango principal es de 7 a 12 años, aunque también llegan menores y participantes de mayor edad.
En San Cristóbal El Alto, donde han logrado mantener mayor continuidad, participan aproximadamente 25 niñas en cada encuentro.
Las actividades cambian.
Puede haber baile, escritura, cuentos, pintura, juegos corporales, observación de aves o identificación de plantas e insectos.
Durante Haz Ciencia como Niña, en abril pasado, llevaron actividades para que las participantes conocieran la biodiversidad de su propia comunidad. Gabriela explicó durante la entrevista que algunas comenzaron a relacionar el conocimiento de plantas, aves e insectos con la posibilidad de comprender y cuidar mejor el territorio donde viven.
En La alegría de ser niñas, realizada el 11 de octubre, hubo pintura y juegos con hula hula. La jornada también incluyó un ejercicio en memoria de Madelin Adelaida Chacach Balán, niña víctima de feminicidio en Zaragoza, Chimaltenango: las participantes dibujaron colibríes.
Para Enjambre, el juego no es únicamente entretenimiento.
Gabriela explica que desde su profesión trabaja con ocho sistemas sensoriales. Además de vista, oído, olfato, gusto y tacto, están el vestibular —relacionado con equilibrio y orientación—, el propioceptivo —posición y movimiento corporal— y el interoceptivo, que permite reconocer señales internas como hambre, sed, ritmo cardíaco o dolor.
Ese conocimiento aparece en algunas actividades.
Reconocer lo que ocurre en el propio cuerpo, explica, puede ayudar a identificar una situación incómoda, colocar límites y comunicarla.
“Esto que está pasando no me está gustando”, ejemplifica al explicar cómo una niña puede comenzar a nombrar aquello que siente.

Una red que sostiene
Las propias participantes han ayudado a que el grupo crezca.
Gabriela cuenta que al principio llegaban pocas niñas. Después comenzaron a invitar a amigas, hermanas o conocidas.
“Si yo me siento segura con lo que estoy haciendo y diciendo que este espacio es ameno, probablemente piense en alguien que quiero y lo incluya”, explica.
No siempre es sencillo regresar.
Las festivalitas son gratuitas y comenzaron como trabajo voluntario. Transporte, materiales y movilización hacia las comunidades implican gastos. Parte del financiamiento se ha obtenido mediante convocatorias de organizaciones.
A Gabriela le preocupa especialmente cuando durante una actividad conocen una situación que necesita acompañamiento y después no pueden darle continuidad.
“Lo triste para mí es conocer los casos y luego no poder darles seguimiento”, afirma.
Por eso su definición de ayuda no se limita a entregar algo.
“Para mí ayudar a alguien significa habilitar más posibilidades”, dice. Habla de posibilidades que pueden surgir mediante educación, información y herramientas para tomar decisiones.
Hay también una motivación que la remite a su propia infancia.
“Creo que a mí me hubiera gustado tener una maestra o alguien, una mujer, que me hubiera explicado qué es lo que está pasando en el mundo”, recuerda. Que esa información hubiera llegado “con respeto, con mucha ternura” y jugando.

Ahora espera que las niñas que participan en las festivalitas conserven algo parecido cuando crezcan.
“Que recuerden que su voz es importante, que sus sueños son importantes y que siempre pueden ir creando una red”, expresa.
Gabriela también se lleva algo de ellas.
“Me quedaría con lo fuerte que es poder jugar juntas, con la fuerza que tiene su voz y también con las ocurrencias”, dice.
Quizá aquella niña que se describió como una flor ya había encontrado una forma más sencilla de explicarlo: cuando las abejas de Enjambre aparecen en su comunidad, sabe que fueron a buscarla.

