Al grano

65 cuerpos en bolsas y el presupuesto de la Nación

Seguramente sea difícil negar recursos del presupuesto a programas, instituciones u ONGs que tienen años de recibirlos, pero, no hay otra forma de determinar prioridades.

Sesenta y cinco cuerpos hallados en bolsas en lo que va de 2026. Esa cifra, publicada por Prensa Libre, dice más sobre el Estado guatemalteco que cualquier discurso oficial. Y llega en la misma semana en que el Gobierno entregó al Congreso el Presupuesto General de Ingresos y Egresos de la Nación más grande de nuestra historia: Q192 mil 045.1 millones, 13.8% más que el de 2026, equivalente al 17.6% del producto interno bruto. Nunca habíamos propuesto gastar tanto, ni en términos absolutos ni en términos relativos.

El Presupuesto se ha ido convirtiendo en una enorme cornucopia de buscarrentas y parásitos. Queda poco para las prioridades.

Conviene decirlo de entrada: un presupuesto grande no es, en sí mismo, un mérito ni un yerro. Si la economía creciera con vigor, si la calidad del gasto estuviera acreditada y si las circunstancias internas y externas fueran propicias, un incremento de esta magnitud podría defenderse sin sonrojo. El problema no es el tamaño: es el destino. Y el destino, entre nosotros, tiene una historia.

En el último medio siglo, con un pico de más o de menos, Guatemala ha atravesado tres escenarios. El primero fue el del conservadurismo de la Hacienda Pública: un establishment refractario a cualquier desequilibrio fiscal, por modesto que fuera, acompañado —paradójicamente— de una crónica incapacidad de recaudación. El segundo fue una era breve, pero bien recordada, de inflación de estilo keynesiano, alentada por una ideología que invocaba la “justicia social” como salvoconducto para todo. El tercero es el que vivimos, y que bien podría llamarse la era de la cornucopia.

La cornucopia es aquel cuerno mitológico del que mana, sin agotarse, toda suerte de bienes. Algunos diputados distritales, gobiernos locales y un elenco inagotable de contratistas, asesores y proveedores de la más diversa condición han descubierto cómo hacerlo manar. No producen nada; extraen rentas, enchufan contratistas o asesores. Es el rent seeking y caza de contratos elevado a método de gobierno, con su cauda de negocios turbios y de credibilidad perdida. El resultado es que ya casi nadie cree que un quetzal presupuestado sea un quetzal invertido.

El síntoma más elocuente de la enfermedad es que, para lo esencial, nunca alcanza. Sostener el funcionamiento de las administraciones públicas consume alrededor del ochenta por ciento del Presupuesto. Lo poco que resta se diluye en una impresionante pléyade de asignaciones que, examinadas una a una, no cambian absolutamente nada. Se reparte mucho y se transforma poco.

Las cifras del proyecto ilustran el punto sin necesidad de adjetivos. Al Ministerio de Gobernación se le asignan Q10 mil 490 millones, mientras la ampliación de un solo muelle en Puerto Quetzal absorbe unos Q4 mil 800 millones y las llamadas asignaciones estratégicas y extraordinarias rondan los Q24 mil millones. Todo ello con un déficit fiscal proyectado de 4.4% del PIB y una carga tributaria que apenas alcanzaría el 12.1%. Es decir: gastaremos como país rico, recaudaremos como país pobre y nos endeudaremos como país imprudente.

Entretanto, las bolsas aparecen en la vía pública. La carnicería se atribuye a las mafias y pandillas que integran ese fenómeno que, con eufemismo cortés, llamamos “crimen organizado”. Sea para ajustar cuentas o para enviar mensajes, algo queda claro: quienes cometen esos actos de barbarie han hecho un cálculo, y el cálculo es que quedarán impunes. No es un cálculo temerario. Es una lectura fría del presupuesto del Estado.

Porque un presupuesto es, antes que una hoja de cálculo, una declaración de prioridades. Cuando se dispersa en cientos de destinos que privan de recursos a la seguridad ciudadana, a la justicia, a la salud y a la educación, esa declaración se vuelve inequívoca: lo urgente puede esperar; lo rentable, no. Es la cornucopia otra vez, ahora con mejor retórica y más ceros. Y mientras tanto, seguiremos contando bolsas.

ESCRITO POR:

Eduardo Mayora

Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Barcelona y por la UFM; LLM por la Georgetown University. Abogado. Ha sido profesor universitario en Guatemala y en el extranjero, y periodista de opinión.

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