La buena noticia

90 años de relaciones entre Guatemala y el Vaticano: memoria crítica

Un país que conoce el horror del genocidio debería levantar la voz cuando otro pueblo experimenta un sufrimiento semejante.

Noventa años de relaciones diplomáticas entre Guatemala y la Santa Sede son motivo de memoria, pero no de una celebración acrítica. Más importante que conmemorar la permanencia de un vínculo diplomático es preguntarnos qué revelan estas nueve décadas sobre la autoridad moral de ambos Estados cuando la historia los enfrentó con algunas de las mayores tragedias humanitarias de nuestro tiempo.

Jesús no contempla la tormenta desde la distancia; entra en ella y dice: “¡Ánimo, soy yo; no tengan miedo!”.

Durante la guerra de los 70-80, el Estado guatemalteco ejecutó una política de exterminio que la Comisión para el Esclarecimiento Histórico calificó como actos de genocidio contra comunidades mayas. Mientras la cooperación militar entre Guatemala e Israel se fortalecía, miles de indígenas fueron asesinados, desaparecidos o desplazados. El Vaticano mantuvo sus relaciones diplomáticas con Guatemala, fiel a su tradición de diálogo con los Estados. Sin embargo, la mayor autoridad moral de la Iglesia no surgió de la diplomacia, sino del testimonio de obispos, sacerdotes, religiosas, catequistas y laicos que acompañaron al pueblo perseguido. El martirio de tantos agentes pastorales y el legado de monseñor Juan Gerardi recuerdan que la paz solo puede edificarse sobre la verdad y la justicia. La visita de san Juan Pablo II reforzó ese llamado profético. Décadas después, esa tensión entre diplomacia y profecía volvió a hacerse evidente durante los gobiernos de Jimmy Morales y Alejandro Giammattei. La expulsión de la Cicig, la persecución de operadores de justicia, periodistas y defensores de derechos humanos, así como el progresivo deterioro del Estado de derecho, marcaron uno de los momentos más oscuros de la democracia guatemalteca desde la firma de la paz.

Frente a esa realidad, la representación diplomática del Vaticano privilegió la prudencia institucional y la continuidad de las relaciones con el Estado. Muchos creyentes esperaban una palabra más clara en defensa de la justicia. La diplomacia es necesaria, pero cuando el silencio se prolonga frente a la corrupción, la impunidad y el abuso del poder, corre el riesgo de ser percibida como una renuncia al testimonio profético que exige el Evangelio.

Hoy otra tragedia interpela la conciencia del mundo. Mientras organismos internacionales denuncian gravísimas violaciones al derecho internacional humanitario en Gaza e investigan actos de genocidio, Guatemala mantiene un firme alineamiento diplomático con el Estado de Israel, simbolizado por el traslado de su embajada a Jerusalén en 2018. Esa decisión se apartó de la posición histórica de la Santa Sede, que ha defendido la protección de la población civil, el respeto al derecho internacional y una paz fundada en la justicia. No se trata de equiparar mecánicamente dos procesos históricos distintos, sino de defender la coherencia de la memoria. Un pueblo que reclama justicia por el genocidio sufrido pierde autoridad moral cuando guarda silencio ante el sufrimiento masivo de otro pueblo. La memoria deja de ser ética cuando selecciona a las víctimas según intereses políticos o geopolíticos. El Evangelio de este domingo, Mateo, 14, 22-33, presenta a Jesús caminando sobre las aguas para encontrarse con quienes luchan contra la tormenta. No permanece como un espectador prudente; entra en el sufrimiento y extiende la mano: “¡Ánimo, soy yo; no tengan miedo!”. Esa imagen también interpela a la política y a la diplomacia. Ninguna razón de Estado, ningún cálculo estratégico ni ningún protocolo pueden justificar la indiferencia frente al dolor humano.

Al cumplirse 90 años de relaciones entre Guatemala y el Vaticano, la verdadera pregunta no es si la diplomacia preservó vínculos institucionales, sino si esos vínculos estuvieron siempre al servicio de la verdad, la justicia y las víctimas. Porque la historia no juzgará a los Estados por la duración de sus relaciones diplomáticas ni a la Iglesia por la prudencia de sus protocolos, sino por el valor de ponerse, sin ambigüedades, del lado de quienes clamaban por justicia cuando hacerlo tenía un costo.

ESCRITO POR:

Víctor Manuel Ruano

Presbítero de la Diócesis de Jutiapa. Licenciado en Sociología por la Pontificia Universidad Gregoriana, Roma. Fue rector y profesor del Seminario Nacional de la Asunción, Guatemala, y vicerrector académico Cebitepal, Colombia.