Estado, empresa y sociedad

A 50 años del terremoto

Este año, en otro orden de ideas, estamos viendo un terremoto, de otra índole, a cámara lenta, la “madre de todas las batallas”.

Hace 50 años, quien escribe tenía 20 años, empezando el tercer año de la universidad y un año antes había ganado el examen de oposición e ingresado a la Superintendencia de Bancos (SIB). Nunca olvidaré, como estoy seguro de que tampoco podrán hacerlo mis contemporáneos, aquel fatídico miércoles 4 de febrero de 1976, a las 3 de la mañana, que hoy recordamos como uno de los acontecimientos más impactantes de nuestras vidas.

Ojalá nunca volvamos a tener una catástrofe de la magnitud del terremoto de 1976.

El evento tectónico fue de 7.6 grados en la escala Richter, oscilatorio, ondulatorio y superficial, con epicentro en Los Amates, Izabal, marcando una ruptura sobre la falla del Motagua, que en apenas 39 segundos dejó 23 mil muertos, 77 mil heridos, 258 mil casas destruidas y más de un millón de damnificados. Solo en la población de San Martín Jilotepeque, Chimaltenango, por ejemplo, el terremoto dejó 2,920 muertos, 6 mil heridos, en una población de 33 mil habitantes y 6,857 viviendas por los suelos.

Anecdóticamente, el día anterior, un experto suizo en materia de seguros y reaseguros dictó una conferencia a funcionarios de la SIB y, en respuesta a una pregunta, aseguró que, a su criterio, el costo del reaseguro catastrófico para una región como Guatemala era más bajo porque estadísticamente, a nivel mundial, era un país de menor riesgo. Jamás se imaginó que en la madrugada sentiría los embates de la naturaleza con uno de los peores terremotos de nuestra historia y tendría que tragarse sus palabras; por lo que, a primera hora, salió del país rumbo a El Salvador.

Rememorar esta terrible experiencia nos llama a reflexionar si, cinco décadas más tarde, el país está en condiciones de afrontar una situación similar, dado que el riesgo sísmico nos sigue acompañando. En 1976 gobernaba el país el general Kjell Laugerud, que se rumoraba había accedido al poder por un fraude electoral, pero la forma como manejó la crisis fue ejemplar, sin que podamos olvidar su mensaje a la nación diciendo: “Guatemala está herida, pero no de muerte”.

Vino ayuda inmediata de muchos países amigos como Estados Unidos, México, Centroamérica, Reino Unido, entre otros. Después de superar la etapa de emergencia, en que el ejército tuvo un papel ejemplar (quizás porque, como comentaban después algunos testigos de la época, estaba preparándose para invadir y recuperar Belice de las manos inglesas), el presidente Laugerud creó el Comité de Reconstrucción Nacional, en un esfuerzo institucional, público y privado, previsto para diez años pero que con el tiempo fue diluyéndose.

Actualmente, la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (CONRED) es el sistema organizado interinstitucional que abarca a todo el país. En la capital, la Municipalidad de Guatemala creó la dirección de Administración de Vulnerabilidades y Emergencias (AVE), también vinculado a la CONRED, para dar respuesta local ante este tipo de desastres.

Ojalá nunca volvamos a tener una catástrofe de la magnitud del terremoto de 1976, pero la realidad es que siempre debemos estar preparados para encarar este tipo de calamidades; a todo nivel: personal, familiar, empresarial, comunitario, municipal, departamental y nacional. Saber qué hacer, participar y practicar en los simulacros, tener a la mano la “mochila de emergencia de las 72 horas”, estar bien educados y entrenados sobre cómo comportarnos y siempre alertas para lo peor.

Este año, en otro orden de ideas, estamos viendo un terremoto, de otra índole, a cámara lenta, la “madre de todas las batallas”, por la cooptación de la institucionalidad de control, fiscalización y justicia, que comentaré en otra oportunidad.

ESCRITO POR:

José Alejandro Arévalo

Profesional, especialista en banca y finanzas. Profesor universitario. Consultor independiente.