La buena noticia
¿Absurdas o transformadoras?
La pobreza como ponerse en dependencia de la voluntad de Dios es la clave del Reino.
Sí: se trata de las famosas “bienaventuranzas” sometidas a juicio: o absurdas, es decir “disonantes” (absurdo, del latín ab = apegado a…., y surdus o disonante, difícil de captar, de donde viene “sordo”), o bien, como las definía el Papa Francisco, “la cédula de identidad del Reino” porque realmente “transformadoras” desde dentro, del corazón, de la sociedad, del mundo. Él las llamaba “camino para la alegría”, pero no la de la fiesta mundanal, sino la propia de quien ha encontrado la vía de la transformación más sublime, aunque uno sea “signo de contradicción” a la lógica del poder, del tener y del placer, se es feliz, al estilo de San Francisco de Asís en su “verdadera alegría”: la de poner a Dios por sobre todo y fijar en Él el summum bonum o “bien supremo”.
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.
En este sentido, al igual que el poverello o “pobrecito de Asís”, cuya muerte hace 800 años se celebra en el 2026, algo cambia, mucho se transforma cuando se asume al “tesoro mayor y bien más precioso”, Dios mismo, en medio de ambientes que privilegian equivocadamente los ya mencionados poder, tener y placer. Estos, por cierto, mueven al mundo hoy como nunca en los mecanismos del “nuevo orden mundial” al que se asiste con temor e incertidumbre de si todavía valen los derechos humanos y la dignidad de las personas y naciones, o todo es la ley del más fuerte.
En sí mismas, las famosas bienaventuranzas o “macarismos” ( = en griego makarios se traduce como “feliz o dichoso”) dibujan a la misma persona del Maestro, que las proclama como nuevo Moisés en el monte. Sin que sea posible detenerse en todas y cada una de ellas, la primera bien las resume todas: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”: 1) es la pobreza “desde el corazón” (literalmente “en kardía” en el texto griego) es decir, quienes “eligen libremente tener a Dios por rey, por orientador de la vida, por valor supremo. Si San Lucas en su Evangelio las remite a los “pobres socialmente hablando”, San Mateo sienta con claridad que la “pobreza espiritual” implica ante todo una opción: la de aquellos que “se doblegaban libremente” ante la voluntad del Señor, los pobres o anawin del Antiguo Testamento. Es decir, la pobreza como ponerse en dependencia de la voluntad de Dios es la clave del Reino, tanto que el mismo Maestro dirá en el Huerto de los Olivos: “Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya”; 2) es la “pobreza” que enriquece, en cuanto valor espiritual y no precio material, pues invita a vencer la tentación original de “ser como dioses”, es decir, decidir sin Dios lo que es bueno y es malo (Génesis 3,5); 3) la pobreza de espíritu o la elección de la voluntad de Dios por sobre los interese y conveniencias en clave de felicidad —decía Papa Francisco— en cuanto los bienes y poderes desaparecen tarde o temprano y cuando se convierten en la idolatría que gobierna opciones cotidianas en familia, en Estado, crimen organizado. Así: el amor al dinero termina siendo “la causa de todos los males” (1 Timoteo 6,10); 4) en una aplicación actualísima del mensaje de Cristo y su Iglesia, la muy posible beatificación del franciscano P. Augusto Monasterio aprobada por Papa León XIV es tan elocuente: asesinado solo por “reconciliar” guerrilla y Ejército en los años 80 y pagó con su ingenuidad evangélica el ser “pobre de espíritu” proponiendo el perdón y no la violencia.
Que el reciente Mensaje de la Conferencia Episcopal ante la corrupción política y administrativa que provoca la fortaleza del crimen organizado y proyecta un panorama sombrío en las elecciones de instancias importantes en el 2026 resuene en quienes en verdad quieren “ser pobres de corazón, de espíritu y privilegien el bien común, la solidaridad, la justicia y el amor en los tan ansiados cargos públicos, y sigan más bien una “recta conciencia” o “pobreza de espíritu” ante Dios.