Escenario de Vida
Bad Bunny en el Super Bowl: una sorpresa que habló de unión
Fue un momento histórico marcado por la polarización y la desconfianza, especialmente hacia las comunidades migrantes o latinas.
Debo empezar con honestidad: nunca me ha gustado Bad Bunny. Sus canciones, muchas veces cargadas de palabras vulgares y expresiones soeces, no han sido de mi agrado. Por eso, cuando llegó el momento del medio tiempo del Super Bowl, decidí no verlo. Preferí asistir a una transmisión alternativa dentro de la misma fiesta donde me encontraba, pensando que el espectáculo principal sería político o cargado de ese tipo de lenguaje que no disfruto.
Sin embargo, lo que ocurrió después me sorprendió, pues a pesar de que el show alternativo representaba algo más “americano”, con música country, que me encanta, y una estética tradicional, careció de fuerza, emoción y espectacularidad. Fue entonces cuando decidí ver la presentación de Bad Bunny, y debo admitir que lo que encontré fue muy distinto a lo que esperaba.
Para el público angloparlante probablemente fue más difícil conectar con la presentación, pues la mayoría de las letras estaba en español. Pero, para millones de latinos, dentro y fuera de Estados Unidos, el mensaje fue claro, emotivo y profundo.
En un momento histórico marcado por la polarización y la desconfianza, especialmente hacia las comunidades migrantes o latinas, el espectáculo transmitió algo que rara vez se ve en estos escenarios: un mensaje de amor, unión y empatía hacia los latinos que viven fuera o dentro de Estados Unidos, de todos los países de América Latina.
Más de 135 millones de personas vieron el show, colocándolo entre los más vistos en la historia del Super Bowl y generando miles de millones de interacciones en redes sociales. Eso, por sí solo, habla del impacto que tuvo.
Para millones de latinos, dentro y fuera de Estados Unidos, el mensaje fue claro, emotivo y profundo.
Lo que más me impresionó fue la forma en que el espectáculo retrató la vida cotidiana de los latinos: la milpa, las casas, la música, la familia, las celebraciones, en especial el trabajo arduo del trabajador del campo, que también vemos en Estados Unidos. No fue una exhibición de lujo ni de extravagancia; fue un retrato de identidad. Hubo una clara exaltación de Puerto Rico —algo natural, considerando que Bad Bunny es puertorriqueño—, y la participación de figuras como Ricky Martin y Lady Gaga aportó energía y proyección internacional.
A pesar de algunas controversias, no percibí el show como un discurso político directo. Más bien, fue una expresión cultural con ciertos matices sociales, pero centrada en la música, la familia y la comunidad; nada woke. De hecho, algo que me llamó la atención fue el tono general del espectáculo: no vi elementos explícitos ni escenas provocativas. Todo se sintió limpio, incluso tradicional en ciertos momentos. Hubo una escena de boda tradicional entre un hombre y una mujer, y la familia fue un hilo conductor del espectáculo.
También es importante recordar la historia personal del artista. Hace apenas 10 años, Bad Bunny empacaba bolsas en un supermercado de Puerto Rico. Hoy se convirtió en el primer latino solista en encabezar un medio tiempo del Super Bowl. Esa trayectoria, por sí sola, representa el sueño de millones de jóvenes latinos.
Aunque algunas de sus canciones contienen lenguaje fuerte en sus versiones originales, el show televisado no incluyó palabras vulgares sin censura. Y aunque me costó entender algunas partes por el estilo y el acento, el mensaje general fue claro: unión, amor, identidad y orgullo cultural.
No puedo decir que me gusten Bad Bunny, su música o sus discos. Pero sí puedo decir que su espectáculo me gustó. Fue una celebración de los latinos honestos que viven en este planeta, una proyección cultural que hacía falta desde hace mucho tiempo en uno de los escenarios más vistos del mundo. Vale la pena verlo y sacar sus propias conclusiones.