La buena noticia

Beato Augusto Rafael

Un sacerdote sabe que lo que una persona le revele en conciencia en la confesión o en una consulta espiritual es asunto sagrado.

Hoy, 7 de noviembre, tendrá lugar en la finca Florencia, Santa Lucía Milpas Altas, Sacatepéquez, la beatificación de fray Augusto Rafael Ramírez Monasterio. Fue religioso perteneciente a la Orden de los Franciscanos Menores. Murió asesinado a balazos en la Ciudad de Guatemala, en el cruce de la avenida Elena y la entrada al Periférico, el 7 de noviembre de 1983. El asesinato nunca fue esclarecido. No hay responsables personales identificados. Pero el decurso de los hechos señala claramente de dónde procedió el delito. La Iglesia considera que su muerte merece el calificativo de martirio por causa de la fe.

La Iglesia considera que su muerte merece el calificativo de martirio por causa de la fe.

Había nacido en la Ciudad de Guatemala el 5 noviembre de 1937. Era el menor de nueve hermanos, de una familia católica, piadosa. A los 16 años entró en el seminario menor franciscano en Nicaragua para cursar los estudios de bachillerato. Enseguida prosiguió su formación religiosa y sacerdotal en España. A los 29 años recibió la ordenación sacerdotal y por cinco años trabajó como formador de seminaristas en la misma casa donde él había estudiado su bachillerato en Nicaragua. Volvió a España para realizar estudios de lenguas clásicas en Salamanca. Regresó de allá en 1975, a los 38 años, y desde entonces desarrolló su ministerio sacerdotal en Guatemala, principalmente, en Antigua, en la Iglesia de San Francisco El Grande.

Su biografía describe a un sacerdote piadoso, espiritual, de carácter jovial y muy tratable. Se ocupa de atender pastoralmente grupos juveniles. Se le ve ocupado en la en la docencia y en educación musical. Como párroco de San Francisco El Grande es un pastor atento a todos, en el templo y en las áreas rurales bajo su jurisdicción ministerial. Por los cargos de autoridad que entonces desempeñaba tuvo especial participación la preparación de la celebración de la beatificación del santo Hermano Pedro de Betancur en 1980. Al conocer su biografía queda la imagen de un sacerdote dedicado y entregado como muchos otros más. Nada excepcional.

Lo extraordinario vino al final. En junio de 1983 el gobierno decretó la Ley de Amnistía, a la que podían acogerse militantes en la guerrilla que deseaban reintegrarse a la vida civil, según las estipulaciones de la misma ley. Un hombre de Parramos llegó a solicitar el auxilio de fray Augusto. Parece que incluso se confesó con él. El religioso acompañó al hombre a realizar las primeras gestiones, pero no tenía cédula de vecindad y debía obtenerla en su municipalidad de origen. Ese acto aparentemente inocente, caritativo, solidario acaba en una noche de cautiverio y tortura. Entró una tarde en la Municipalidad de Parramos y salió al día siguiente del destacamento militar en Chimaltenango. Desde entonces comenzaron acosos, amenazas, persecuciones a lo largo de cinco meses. Se le aconsejó salir del país, pero decidió permanecer; no había cometido ningún delito. Se le exigía revelar la información que el hombre que había buscado su apoyo sacerdotal para acogerse a la amnistía pudiera haberle suministrado en confesión o simplemente en el curso de una conversación. Pero un sacerdote sabe que lo que una persona le revele en conciencia en la confesión o en una consulta espiritual es asunto sagrado, que se debe custodiar con el silencio hasta la muerte. Fray Augusto fue capturado el 6 de noviembre; sus conocidos lo vieron ese día por última vez. El 7, mientras era trasladado en vehículo, aprovechó un alto en la avenida Elena para escapar del carro en que viajaba. Surgió un tiroteo que acabó con su vida. Sus familiares lo encontraron a punto de ser enterrado como XX en La Verbena. Su entierro multitudinario fue el primer reconocimiento del significado especial de su vida.

ESCRITO POR:

Mario Alberto Molina

Arzobispo emérito de Los Altos. Reside en Quetzaltenango. Fue también obispo de Quiché. Es doctor en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico. Ha sido docente en diversos centros teológicos en Guatemala y decano de la facultad de teología de la Universidad Rafael Landívar.